REI­NA DE FES­TI­VA­LES.

Lor­de lle­ga a Bar­ce­lo­na.

Marie Claire España - - MAYO SUMARIO - por Ja­co­bo de Ar­ce

Son mu­chas las ra­zo­nes pa­ra que Lor­de nos cai­ga bien. Una fue des­cu­brir que, en una era de qui­noa al va­por y bo­ba­das die­té­ti­cas de Gwy­neth Pal­trow, la neo­ze­lan­de­sa es­tu­vie­ra de­trás de una cuen­ta de ins­ta­gram en la que po­nía no­ta a los aros de ce­bo­lla que se iba en­con­tran­do por el mun­do. Otra, que con el sin­gle que disparó su ca­rre­ra en 2013, Ro­yals, le es­tam­pa­ra en la ca­ra a esa reale­za mu­si­cal de oro y li­mu­si­nas que lo del bling bling no iba con ella, pul­ve­ri­zan­do ré­cords con la can­ción. Te­nía so­lo 17 años y muy po­cas ga­nas de es­tar­se ca­lla­da. Lue­go vi­nie­ron los úl­ti­mos Grammys, cuan­do fue la úni­ca de los no­mi­na­dos a ál­bum del año a la que no se in­vi­tó a can­tar sus can­cio­nes, sino so­lo en el ho­me­na­je a Tom Petty. Po­de­mos ima­gi­nar el cor­te de man­gas. Por­que Lor­de –na­ci­da Ella Ye­lich-O’Con­nor– no es­tá pa­ra ton­te­rías. Ya lo de­cía Lilly Allen en Shee­zus: "Lor­de hue­le a san­gre, es­tá a pun­to de ma­tar­te/me­jor no jo­das a es­ta

ni­ña, aun­que so­lo es­té em­pe­zan­do". Lor­de des­em­bar­ca en Bar­ce­lo­na el 2 de ju­nio (y des­pués en Oporto) pa­ra ac­tuar en el Pri­ma­ve­ra Sound con­ver­ti­da en una de las reinas del pop mun­dial. Pe­ro el he­cho de es­tar en su car­tel es un buen re­fle­jo de su con­di­ción: la de una ar­tis­ta que, pe­se a su éxi­to ma­si­vo, si­gue des­ti­lan­do la au­ten­ti­ci­dad y el dis­cur­so pro­pio que nor­mal­men­te se en­cuen­tra en es­fe­ras más al­ter­na­ti­vas. Ex­cén­tri­ca en su jus­ta me­di­da. Pe­ri­fé­ri­ca, por­que si­gue vi­vien­do en Auc­kland cuan­do lo nor­mal se­ría que ya se hu­bie­se ins­ta­la­do en Nue­va York o Los Án­ge­les. Ca­paz de mi­rar­se a sí

UN DI­VER­TI­DO MELODRAMA

Tras el éxi­to de su pri­mer ál­bum y su con­si­guien­te gi­ra, 2015 fue el año en que Lor­de lo de­jó to­do. A su no­vio, la ca­sa en la que vi­vía con sus pa­dres y al que has­ta en­ton­ces ha­bía si­do su prin­ci­pal co­la­bo­ra­dor ar­tís­ti­co. De aquel pe­río­do de rup­tu­ra y fiestas, so­le­dad y mu­cho al­cohol, sur­gió Melodrama, pu­bli­ca­do el año pa­sa­do. Un ál­bum so­bre los do­lo­res re­cién des­cu­bier­tos por una mu­jer to­da­vía muy jo­ven que se re­vis­ten con pia­nos de al­to vol­ta­je dra­má­ti­co y la ma­qui­na­ria bai­la­ble del elec­tro­pop ma­xi­ma­lis­ta. Un dis­co que pu­lió en Nue­va York, en ese apar­ta­men­to neo­yor­quino de Le­na Dun­ham don­de vi­ve su ac­tual com­pa­ñe­ro de ar­mas mu­si­ca­les, Jack An­to­noff, pa­re­ja de la ac­triz e ilus­tre co­la­bo­ra­dor de su­per­he­roí­nas del pop co­mo Tay­lor Swift, St. Vin­cent o Carly Rae Jep­sen. El re­sul­ta­do fue un dis­co que ha rep­ta­do por to­das las lis­tas de lo me­jor del año 2017, y que en Bar­ce­lo­na re­so­na­rá ca­si en el cie­rre de un fes­ti­val in­fi­ni­to en el que to­ca­rá re­ser­var fuer­zas has­ta el fi­nal. Lor­de y su tra­ge­dia grie­ga mu­si­cal lo me­re­cen.

La can­tan­te Lor­de, du­ran­te un con­cier­to en Mel­bour­ne.

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