MIS SEIS PIES.

Pe­rros que ayu­dan a ni­ños con au­tis­mo.

Marie Claire España - - SUMARIO - por Cha­ro La­ga­res fo­tos Hu­liet y Ge­ma Ló­pez

Du­ran­te dos inviernos, los pa­net­to­ni de los Torreblanca tu­vie­ron ca­ra de pe­rro. En la ca­ja que los guar­da­ba, un la­bra­dor re­trie­ver es­pe­ra­ba tum­ba­do jun­to a un ni­ño. Ca­da pa­net­to­ne que pa­sa­ba del horno de los re­pos­te­ros a una des­pen­sa aje­na bus­ca­ba que la es­ce­na del car­tón se re­pi­tie­ra. Los 24 eu­ros del pan dul­ce se ase­gu­ra­ban de que otros ni­ños con au­tis­mo, a tra­vés de la Fun­da­ción Bocalán, pu­die­ran te­ner su pe­rro de asis­ten­cia. En la ins­ti­tu­ción con­fían. El ni­ño de la fo­to­gra­fía era Da­vid, nie­to e hi­jo de los re­pos­te­ros. Han vis­to en él el efec­to tem­pla­dor del pe­rro. An­tes de que cum­plie­ra los tres años des­cu­brie­ron que era au­tis­ta. Su­fría un tras­torno neu­ro­ló­gi­co que afec­ta­ba (y afec­ta y afec­ta­rá) al de­sa­rro­llo de las ca­pa­ci­da­des co­mu­ni­ca­ti­vas, las re­la­cio­nes so­cia­les y el com­por­ta­mien­to. Ju­dith, su ma­dre, in­tuía que el ni­ño era "di­fe­ren­te. Ves que no se duer­me en el ca­rri­to, que an­da de pun­ti­llas, que no tie­ne un jue­go tí­pi­co. Tus ami­gos te di­cen que ya se le pa­sa­rá. Te ven su­per­pro­tec­to­ra". El pe­dia­tra tam­po­co vio in­di­cios pa­ra la alar­ma. Has­ta que no acu­dió a un neu­ró­lo­go, los sín­to­mas no en­ca­ja­ron con el diag­nós­ti­co. "Pa­ra mí fue un ali­vio por­que por fin su­pe qué su­ce­día y de­jé de ser la ma­dre ma­niá­ti­ca". Al prin­ci­pio, cuen­ta Ju­dith, no sa­bían qué ha­cer. Se ofre­cie­ron a res­pon­sa­bi­li­zar­se de una pro­fe­so­ra de apo­yo que per­ma­ne­cie­ra pen­dien­te de Da­vid en las ho­ras de co­le­gio. El cen­tro se ne­gó. Pi­dió que re­pi­tie­ra un cur­so de in­fan­til pa­ra que su pro­gre­so en­ca­ja­ra con el de sus com­pa­ñe­ros. Re­cha­za­ron la pe­ti­ción. Era un co­le­gio pú­bli­co. No iba a te­ner Da­vid fa­ci­li­da­des dis­tin­tas al res­to. "El re­fuer­zo lo he­mos en­con­tra­do con la Fun­da­ción No­va y la te­ra­pia ABA, un aná­li­sis con­duc­tual, que he­mos asu­mi­do no­so­tros. An­tes, lo que un ni­ño apren­día en quin­ce días a él le cos­ta­ba diez me­ses. Tras un año, lo he­mos re­du­ci­do a un mes. Aun­que ex­tra­ña­men­te ha em­pe­za­do a leer so­lo, a re­co­no­cer las pa­la­bras es­cri­tas, aho­ra es­pe­ra­mos que desa­rro­lle la ver­ba­li­dad y em­pie­ce a ela­bo­rar fra­ses com­ple­tas".

AJUS­TAR EL RIT­MO

Char­co le ha ayu­da­do a cam­biar de mar­cha. Le ayu­da a dor­mir, a ca­mi­nar por la ca­lle sin per­der la cal­ma y a do­mi­nar la con­cen­tra­ción. Du­ran­te las tardes de te­ra­pia en ca­sa, el pe­rro le vi­gi­la. "A ve­ces", re­cuer­da Ju­dith, "in­clu­so le gol­pea con la pa­ta cuan­do se dis­trae. Pe­ro en la fu­ga, el im­pul­so de los ni­ños con au­tis­mo de sa­lir co­rrien­do en mi­tad de la ca­lle de­trás de, por ejem­plo, una mo­to, es don­de más no­ta­mos el efec­to. Aho­ra po­de­mos ir de la mano por la ca­lle. Él se aga­rra a Char­co y si in­ten­ta es­ca­par, el pe­rro ha­ce de ancla. Es nues­tra ma­yor tran­qui­li­dad. Ha lo­gra­do que no nos ju­gue­mos la vi­da de Da­vid al sa­lir a la ca­lle".

Eli­gie­ron Bocalán por la som­bri­lla en la que se con­vier­te el cer­ti­fi­ca­do de la Aso­cia­ción de Pe­rros de Asis­ten­cia in­ter­na­cio­nal con el que cuen­tan. Con su se­llo en el pe­to ca­nino, el animal pue­de pa­sear in­clu­so por el in­te­rior de los hos­pi­ta­les ex­cep­to el qui­ró­fano. Pe­ro de acuer­do con Ruth Vi­dria­les, di­rec­to­ra téc­ni­ca de la Con­fe­de­ra­ción de Au­tis­mo de Es­pa­ña, que las ex­pe­rien­cias con pe­rros de asis­ten­cia sean sa­tis­fac­to­rias pa­ra los ni­ños no sig­ni­fi­ca que "las ma­ni­fes­ta­cio­nes nu­clea­res del tras­torno del es­pec­tro del au­tis­mo se mo­di­fi­quen sus­tan­cial­men­te". La evi­den­cia cien­tí­fi­ca, ex­pli­ca, no es "só­li­da". Los es­tu­dios que han exa­mi­na­do la efec­ti­vi­dad pe­rru­na no con­ta­ron con su­fi­cien­tes par­ti­ci­pan­tes. Los re­sul­ta­dos, se­gún la re­vis­ta Ad­van­ces in Mind-Body Me­di­ci­ne, son li­mi­ta­dos.

DE PRI­ME­RA MANO

Lo que en el año 2014 mi­dió la pro­fe­so­ra Gret­chen Car­lis­le, de la Uni­ver­si­dad de Mis­sou­ri, fue el gra­do de me­jo­ra en el de­sa­rro­llo de las ha­bi­li­da­des so­cia­les de los ni­ños con pe­rros de asis­ten­cia. La ca­pa­ci­dad pa­ra so­cia­li­zar de los ni­ños con ani­ma­les cre­cía. Se­gún los pa­dres de Marc, tam­bién. La pri­me­ra vez que la fa­mi­lia Pé­rez al com­ple­to pu­do pa­sear por un cen­tro co­mer­cial, Marc te­nía seis años. An­tes de oc­tu­bre de 2018, al­guien te­nía que sa­lir co­rrien­do. De­trás del ni­ño o fue­ra del edi­fi­cio, don­de no hu­bie­ra lu­ces de co­lo­res ni rui­dos. La cal­ma

"EL PE­TO QUE LLE­VAN LOS PE­RROS DE BOCALÁN HA­CE QUE PUE­DAN IR A TO­DAS PAR­TES"

lle­gó con Ro­ma. "Lle­ga­mos el sá­ba­do y en una se­ma­na con la pe­rra ya ca­mi­na tran­qui­lo. Po­der ha­cer vi­da nor­mal", di­ce Pe­dro, su pa­dre, "es el pri­mer be­ne­fi­cio".

En los es­pa­cios pú­bli­cos, el ni­ño se ata al pe­rro con un cin­tu­rón y pa­sea aga­rra­do de un asa del ar­nés. Su pa­dre, su ma­dre o su abue­la lo di­ri­ge con la co­rrea y lo pre­mia con bo­li­tas de pien­so. El con­duc­tor ca­nino ne­ce­si­ta una for­ma­ción pre­via. Se re­quie­re, ex­pli­ca Al­ba Dor­da, psi­có­lo­ga de Bocalán, "mu­cha sol­tu­ra y ca­pa­ci­dad de to­mar de­ci­sio­nes pa­ra po­der lle­var­lo". En la se­ma­na de en­tre­ga, cuan­do la fa­mi­lia y el pe­rro en­tran por pri­me­ra vez en con­tac­to, se con­so­li­da par­te del fu­tu­ro de la re­la­ción. "Si ha­cen un buen apren­di­za­je en es­te mo­men­to", con­ti­núa Dor­da, "no de­be­ría ha­ber pro­ble­mas. Se de­be con­ti­nuar tra­ba­jan­do en ca­sa, co­mo los hu­ma­nos". Fue­ra de ella, so­se­gar el rit­mo y frus­trar la fu­ga son, co­mo se­ña­lan Pe­dro y Ju­dith, los pri­me­ros re­sul­ta­dos. Con el sis­te­ma del an­cla­je, el pe­rro fre­na e im­pi­de que el ni­ño co­rra. Pro­por­cio­na unos se­gun­dos de mar­gen pa­ra que los pa­dres pue­dan re­to­mar el con­trol de la si­tua­ción. "Por­que si sa­les tú co­rrien­do de­trás de él", acla­ra la psi­có­lo­ga, "el ni­ño pue­de creer que es­tás ju­gan­do e in­ten­ta­rá co­rrer más. Con el pe­rro al la­do se re­du­cen las con­duc­tas".

NI IDIO­MAS NI ANI­MA­LES

Tam­bién lo ha­cen de no­che. La res­pi­ra­ción del pe­rro, dor­mi­do a lo lar­go del ni­ño, atem­pe­ra. Es par­te de lo que los Pé­rez es­pe­ran en ca­sa. Una te­ra­pia pre­via con pe­rros ayu­dó a dis­mi­nuir sus mie­dos. Le ab­sol­vió la fo­bia a los ani­ma­les y a que le cor­ta­ran el pe­lo. An­tes, Au­ro­ra, su ma­dre, se lo te­nía que re­to­car cuan­do no es­ta­ba aten­to. "Nos ha­bían ad­ver­ti­do de que con el mie­do a los ani­ma­les se iban otros. Los ni­ños con au­tis­mo ha­cen aso­cia­cio­nes erró­neas. Qui­zá ha­bía de­ci­di­do que un pe­rro era un león. Les te­nía pá­ni-

co. Des­pués de aque­lla te­ra­pia, los to­le­ra. Eso y que le cor­ten el pe­lo. Es­te ve­rano em­pe­zó a ir a la pe­lu­que­ría".

La animal no es la úni­ca te­ra­pia que ha re­ci­bi­do Marc. Cuan­do en su co­le­gio de Ho­lan­da, don­de vi­ven, de­tec­ta­ron en él al­go fue­ra de lo co­mún, lo re­di­ri­gie­ron a otro cen­tro. En el nue­vo, ca­da au­la aco­ge a ocho alum­nos y dos pro­fe­so­res. Los co­le­gios pú­bli­cos ho­lan­de­ses, en lu­gar de aña­dir un re­fuer­zo es­co­lar, se es­pe­cia­li­zan. La lo­go­pe­dia, fi­sio­te­ra­pia, los jue­gos y la mú­si­ca se com­bi­nan. Lle­gar a ellas les lle­vó tiem­po. Marc, cuen­ta Au­ro­ra, tu­vo un diag­nós­ti­co tar­dío. "Por ser ex­tran­je­ros y por el lío de idio­mas que pen­sa­mos que te­nía, no nos hi­cie­ron ca­so. No­so­tros creía­mos, has­ta pa­sa­dos los dos años, que era nor­mal. Su her­ma­na tam­bién tar­dó en ha­blar. Pe­ro sa­bía­mos que al­go le pa­sa­ba". A Marc le ob­se­sio­na­ban las co­sas que gi­ra­ban. Se sen­ta­ba de­lan­te de la la­va­do­ra y mi­ra­ba la ro­pa dar vuel­tas tras el cris­tal. "Pa­re­ce gra­cio­so", re­co­no­ce Pe­dro, "pe­ro es uno de los sín­to­mas. Ves que tie­ne una obsesión con los nú­me­ros, que no te aguan­ta la mi­ra­da, que no res­pon­de a su nom­bre. En su ca­so, la re­gre­sión se hi­zo más pal­pa­ble en­tre los tres y cua­tro años". Que so­lo be­ba de un va­so de cris­tal por­que re­pe­le el plás­ti­co es na­tu­ral. La aver­sión a de­ter­mi­na­das tex­tu­ras es lo ha­bi­tual. Pa­só tres años con el mis­mo mo­de­lo de de­por­ti­vas por­que se ne­ga­ba a ves­tir otros za­pa­tos. Pe­ro la re­gre­sión, la pér­di­da en los pri­me­ros años de vi­da de "ha­bi­li­da­des so­cia­les, co­mu­ni­ca­ti­vas o mo­to­ras", se­gún los pro­fe­so­res Víc­tor Rug­gie­ri y Clau­dia Ar­be­ras, so­lo afec­ta a un 30 por cien­to de los ni­ños con au­tis­mo. Con la coor­di­na­ción de te­ra­pias, aho­ra Marc tie­ne el ni­vel de ma­te­má­ti­cas de un ni­ño de sie­te años; en lec­tu­ra y es­cri­tu­ra, de uno de tres. "Pe­ro ha co­men­za­do a pe­dir ayu­da pa­ra al­gu­nas co­sas. An­tes era im­po­si­ble sa­ber dón­de se ha­bía he­cho da­ño. El año pa­sa­do, tras un ve­rano de va­ca­cio­nes y guar­de­ría, lo­gra­mos que nos mi­ra­ra a la ca­ra". Su pa­dre le pre­pa­ra­ba el desa­yuno y, sen­ta­do a la me­sa, Marc ha­bló. Ese no. Que­ría el va­so azul. Em­pe­za­ron a re­cu­pe­rar­lo. "En Ho­lan­da hay muchísimos re­cur­sos. Nos han sa­bi­do guiar. Aho­ra, con suer­te, en el co­le­gio po­drá apren­der a leer". Y fue­ra, con Ro­ma, a pa­sear por la ca­lle. Y por un pa­seo ma­rí­ti­mo. Y por un cen­tro co­mer­cial.

Da­vid, con su pe­rro Char­co. El gol­den re­trie­ver ha ayu­da­do a Da­vid a cam­biar de mar­cha. Char­co le tem­pla.

Arri­ba, Ju­dith y Da­vid, con su hi­jo y Char­co en pri­mer plano. A la dcha., Da­vid, con su in­se­pa­ra­ble com­pa­ñe­ro.

A la iz­da., Au­ro­ra y Pe­dro, jun­to a sus hi­jos Marc y Elizabeth y Ro­ma, la pe­rra que com­par­te con ellos el día a día de Marc. Arri­ba, Al­ba Dor­da (iz­da.), psi­có­lo­ga de la Fun­da­ción Bocalán, jun­to a Ro­ma e Isa­bel, su en­tre­na­do­ra.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.