RISKY WO­MAN.

Dia­ne Kruger nun­ca se­rá la tí­pi­ca ru­bia de Holly­wood. Ha­bla­mos con la es­tre­lla de la se­rie «The Bridge».

Marie Claire España - - NEWS - por San­jiv Bhat­ta­char­ya fo­tos Da­vid Roe­mer es­ti­lis­mo Ara­be­lla Green­hill

De com­pras. Cuan­do Dia­ne Kruger es­tá en su pi­so de Pa­rís –tan di­fe­ren­te a su man­sión de Holly­wood o a la del de­sier­to a las afue­ras de Los Án­ge­les– le en­can­ta ha­cer la com­pra. «Sal­go y voy a la car­ni­ce­ría con chán­dal, co­mo dan­do un pa­seo. re­pen­te, un Hummer do­ra­do apa­re­ce en la es­qui­na. La ven­ta­ni­lla se ba­ja y es Karl (Lagerfeld) di­cien­do: “¡Ho­la, Dia­ne! ¿Qué ce­na­mos hoy?”. Es tan su­rrea­lis­ta, me en­can­ta.»

HUI­DA HA­CIA ADE­LAN­TE

Lar­ger­feld es un vie­jo ami­go de Kruger y des­de ha­ce po­co son tam­bién ve­ci­nos. «Vi­ve li­te­ral­men­te en la puer­ta de al la­do», di­ce. Por eso no nos sor­pren­dió cuan­do la mo­de­lo y ac­triz se con­vir­tió en la nue­va ima­gen de Cha­nel des­de el pa­sa­do abril. Lo cuen­ta sen­ta­da en una tum­bo­na - ma de mo­da pa­ra ella, «es mi fa­mi­lia». «Em­pe­cé a tra­ba­jar de mo­de­lo pa­ra ellos cuan­do te­nía quin­ce años –cuen­ta–. Fue­ron los pri­me­ros en en­viar­me ro­pa cuan­do em­pe­cé co­mo ac­triz. ¡Y la leal­tad es tan ra­ra en es­te mun­do!» A sus 36 años, Kruger tie­ne mu­cha ener­gía, va al grano y da la sen­sa­ción de que no so­por­ta a los im­bé­ci­les. Cuan­do su­gie­ro que la mo­da, co­mo Holly­wood, po­dría ser un mun­do ca­pri­cho­so, co­no­ci­do por sus egos y oca­sio­nal ton­te­ría, res­pon­de: «Son cli­chés, pue­des ser cí­ni­co, que las mu­je­res es­tén gua­pas y pue­de ser una ma­ra­vi­llo­sa y crea­ti­va vál­vu­la de es­ca­pe. Cla­ro, Los Án­ge­les pue­de ser un lu­gar ab­sur­do si tú eres ab­sur­do o si sa­les con gen­te ab­sur­da». La his­to­ria de Dia­ne pa­re­ce un cuen­to de ha­das: una jo­ven sue­ña con huir de su pue­ble­ci­to na­tal de 2.000 ha­bi­tan­tes en Al­ger­mis­sen, Ale­ma­nia. No so­lo se va –es el pri­mer miem­bro de su fa­mi­lia que lo ha­ce–, sino que se va a Nue­va York, Pa­rís y Los Án­ge­les y con­si­gue es­tar en las va­llas pu­bli­ci­ta­rias de to­do el mun­do.

sPuo­prues­to,

su ni­ñez en Ale­ma­nia no fue fá­cil. Su pa­dre era al­cohó­li­co y su madre ter­mi­nó por ir­se de ca­sa, lle­ván­do­se a Kruger y a su her­mano pe­que­ño con ella. El ba­llet fue du­ran­te un tiem­po un re­fu­gio has­ta que su­frió una le­sión en la ro­di­lla. Las puer­tas se le abrie­ron cuan­do el en­ton­ces no­vio de Dia­ne man­dó su fo­to­gra­fía a Eli­te y le lla­ma­ron. «No soy una de esas chi­cas que ves por la ca­lle y pien­sas: “Oh, se­gu­ro que es mo­de­lo”. Mi madre que­ría que fue­ra con­ta­ble.»

LA PER­CHA DEL ABRI­GO

Fue una épo­ca emo­cio­nan­te. Kruger te­nía quin­ce años, y to­do era nue­vo. Al prin­ci­pio, Eli­te la man­dó a Ham­bur­go –«Pen­sé: “Sí, cla­ro, Ham­bur­go. ¡Su­per­emo­cio­nan­te!”»–. Des­pués le pu­sie­ron en un avión rum­bo a Pa­rís pa­ra ha­cer una prue­ba. «Des­de que ate­rri­cé, su­pe que era el lu­gar don­de que­ría es­tar.» Fue con­tra­ta­da pa­ra una cam­pa­ña de un per­fu­me, un co­mien­zo bri­llan­te pa­ra una mo­de­lo no­va­ta. Kruger iba a bai­lar con sus ami­gos has­ta las tres de la ma­ña­na –pe­ro no be­bía, da­do el pro­ble­ma de al­coho­lis­mo de su pa­dre–, y vi­vía en una ca­sa lle­na de mo­de­los. «Apa­re­cían chi­cos con sus co­ches por la no­che, era una locura.» To­do ocu­rrió rá­pi­da­men­te. Aun sien­do quin­cea­ñe­ra, te­nía un apar­ta­men­to en Nue­va York y otro en Pa­rís, y vo­la­ba de una ciu­dad a otra ca­si ca­da se­ma­na. Era una vida de lu­jo, a prin­ci­pios de los no­ven­ta, y el di­ne­ro no de­ja­ba de cir­cu­lar. Pe­ro se can­só pron­to. «Es al­go que tie­ne que ver con el cre­ci­mien­to y la ma­du­rez, quie­res de­cir lo que pien­sas y na­die pre­gun­ta a una mo­de­lo, to­do se lo di­cen. Tú eres la per­cha del abri­go.» En 1998 es­ta­ba pre­pa­ra­da. De­ci­dió es­tu­diar in­ter­pre­ta­ción en su que­ri­do Pa­rís y pro­bar en cas­tings. De re­pen­te, da el gol­pe y su pa­pel en « Tro­ya » le ha­ce fa­mo­sa mun­dial­men­te. De la no­che a la ma­ña- na pa­só de ser mo­de­lo a la ca­ra que lan­zó mi­les de bar­cos. Eso fue ha­ce una dé­ca­da. Kruger es­ta­ba ca­sa­da con el ac­tor y di­rec­tor Gui­llau­me Ca­net, y co­mo ac­triz aún es­ta­ba « muy ver­de » , ad­mi­te. Hoy es una ac­triz ex­pe­ri­men­ta­da con una ca­rre­ra trans­atlán­ti­ca en ci­ne y te­le­vi­sión y bi­lin­güe. Y tan ver­sá­til que pue­de ser par­te de una fan­ta­sía ta­ran­ti­nia­na en «Mal­di­tos bas­tar­dos» o el per­so­na­je ro­mán­ti­co de una co­me­dia fran­ce­sa co­mo «Llé­va­me a la Lu­na». Su úl­ti­mo desafío co­mo pro­ta­go­nis­ta de la se­rie de mo­da, «The Bridge», pro­me­te. Y des­de que ella y Ca­net se di­vor­cia­ron, en 2006 (él aho­ra es­tá ca­sa­do con Ma­rion Co­ti­llard), for­ma una de las pa­re­jas más só­li­das de Holly­wood al la­do de Jos­hua Jackson, es­tre­lla de las te­le­se­ries «Daw­son cre­ce» y «Frin­ge». «To­das las re­la­cio­nes son di­fí­ci­les –di­ce–. Da igual lo fa­mo­so o po­bre que seas. Lo im­por­tan­te es el com­pro­mi­so y lo di­fí­cil es la elec­ción del mo­men­to opor­tuno.»

mEor­maes­nu­to.

Una eta­pa de la vida. Atri­bu­ye la fuer­za de su re­la­ción al he­cho de que los dos han lle­ga­do al en­ten­di­mien­to mu­tuo. «No va a ha­ber nun­ca un pa­pel más in­tere­san­te que el de mi pro­pia vida –di­ce–. Agra­dez­co ha­ber co­no­ci­do a una per­so­na que sien­te lo mis­mo no so­lo so­bre mí, sino tam­bién so­bre nues­tra re­la­ción.»

NO LO SA­BE TO­DO

El amor, muy bien, pe­ro la te­ra­pia tam­bién ayu­da. Ha­ce cua­tro años que se psi­coa­na­li­za. Hay mu­cho de qué ha­blar. La re­la­ción con su pa­dre, por ejem­plo, o la fal­ta de re­la­ción. No le ha vis­to des­de que te­nía die­ci­séis años. El úl­ti­mo in­ten­to de co­ne­xión se ter­mi­nó cuan­do se es­tre­nó «Tro­ya» y él ven­dió fo­tos su­yas de be­bé a la pren­sa ale­ma­na. Con el ries­go de pa­re­cer te­ra­peu­ta, ten­go que pre­gun­tar: ¿La re­la­ción ro­ta con tu pa- en ge­ne­ral? Son­ríe. «Oh, se­gu­ro que castigué - ter­na –co­men­ta–. Y estoy se­gu­ra de que, por él, sa­lí con mu­chos hom­bres que eran mu­cho amar­gu­ra. Me gus­tan los hom­bres. Quie­ro te­ner una fa­mi­lia. No si­go en­fa­da­da con él.». Otro cam­bio fun­da­men­tal en su vida: Kruger ya no pien­sa que lo sa­be to­do. Por­que so­lía ha­cer­lo. «Du­ran­te mu­cho tiem­po pen­sa­ba que ha­bía al­can­za­do to­dos mis ob­je­ti­vos –di­ce–. Oh, ha­blo tres idio­mas, via­jo por el mun­do, he vis­to tan­tas co­sas. Pe­ro cuan­do cum­plí trein­ta me di cuen­ta de que era ton­ta. No sa­bía na­da de na­da. Así que es­te es el ob­je­ti­vo aho­ra: ser más in­te­li­gen­te, o sen­tir­me más ple­na.» Por la ma­ne­ra de ex­pli­car­lo, tie­ne que ver me­nos con el tra­ba­jo y más con sus re­la­cio­nes per­so­na­les y con su de­seo de ser madre y vi­vir una vida ho­nes­ta. «Sé que no voy a cu­rar el cán­cer, pe­ro no quie­ro ser una chi­ca lo­ca a la que le fue bien en la vida por suer­te o, no sé, por las cir­cuns­tan­cias», ex­pli­ca.

DES­NU­DOS EN ME­DIO DE LA NA­DA

Di­ce que­rer con­ver­tir­se en una mu­jer ple­na, no so­lo en una bue­na ac­triz, in­clu­so si es­to su­po­ne des­per­tar­se un día y de­cir: «A la mier­da to­do, me voy a vi­vir a Chi­le». Se emo­cio­na cuan­do men­cio­na Chi­le. Fue de via­je con Jackson el año pa­sa­do, y tam­bién a Ar­gen­ti­na. Hi­cie­ron mon­ta­ñis­mo. Son las co­sas sen­ci­llas las que más le gus­tan. El ai­re li­bre. La ca­sa en la que vi­ve con Jackson es­tá de Los Án­ge­les. «Es­tá en me­dio de la na­da; es in­creí­ble­men­te co­ol –co­men­ta–. Vi­vi­mos en la ci­ma de una mon­ta­ña, bá­si­ca­men­te, y no hay na­die al­re­de­dor. Na­die.» Cuan­do Kruger re­ve­ló ha­ce po­co que ella y Jackson na­da­ban des­nu­dos en la pis­ci­na por la no­che, pa­re­ce que a él le dio ver­güen­za que se su­pie­ra. Pe­ro es cier­to. «Mi­ra, ha­ce tan­to ca­lor en ve­rano, co­mo 30 gra­dos por la no­che, y es­tás en me­dio de la na­tu­ra­le­za…» Se ríe. «¿No lo ha­rías tú?»

«SA­LÍ CON HOM­BRES MA­YO­RES QUE YO Y CASTIGUÉ A MU­CHOS CHI­COS POR LA FAL­TA DE UNA FI­GU­RA PA­TER­NA.»

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