DI­VA ELÉC­TRI­CA

CON SU NUE­VO ÁL­BUM, JA­NE­LLE MO­NÁE VUEL­VE A SUB­VER­TIR LOS CÓ­DI­GOS DE LA «BLACK MU­SIC».

Marie Claire España - - PLACERES - Por J. de Arce

«LA CIENCIA FIC­CIÓN ES UNA FOR­MA ES­TU­PEN­DA DE HA­BLAR DEL FU­TU­RO. CO­MO NO TRA­TAS CO­SAS AC­TUA­LES, LA GEN­TE NO SIEN­TE QUE LA ES­TÁS ALEC­CIO­NAN­DO.»

Hay que ser muy es­tra­fa­la­ria, o te­ner las co­sas muy cla­ras –qui­zá las dos co­sas–, pa­ra ser mu­jer y for­jar­te una ca­rre­ra en el uni­ver­so del soul y el r’n’b sin en­se­ñar un cen­tí­me­tro de piel de más y fac­tu­rar ví­deos mu­si­ca­les de dos rom­bos. Ja­ne­lle Mo­náe lo ha he­cho. Y sin qui­tar­se un es­mo­quin con los bo­to­nes bien abro­cha­dos. Un de­ta­lle ex­tra­mu­si­cal, pe­ro no me­nor. Otra prue­ba de su ori­gi­na­li­dad y del com­pro­mi­so con su ar­te. An­tí­te­sis de Be­yon­cé o de Rihan­na, Mo­náe es un ca­so ra­ro de éxi­to sin tra­gar con mu­chos de los cli­chés que la in­dus­tria ha im­pues­to so­bre la música ne­gra.

AU­DI­CIO­NES Y DIS­TO­PÍAS

Co­mo la Do­rothy de «El Ma­go de Oz», Mo­náe vino al mun­do en la pro­sai­ca Kan­sas pa­ra aca­bar in­mer­sa en reali­da­des de fan­ta­sía, dis­cos con­cep­tua­les po­bla­dos por an­droi­des y supermujer­es fu­tu­ris­tas que son su ál­ter ego. En me­dio, 27 años de una vida que no siem­pre ha si­do fá­cil. Na­ci­da en el seno de una fa­mi­lia hu­mil­de con cier­tos pro­ble­mas con las dro­gas, sus pa­dres tra­ba­ja­ban día y no­che pa­ra po­der sa­car­les ade­lan­te. Las be­cas y el em­pleo que con­si­guió en una em­pre­sa de lim­pie­za le ayu­da­ron a mu­dar­se a Nue­va York pa­ra es­tu­diar en una es­cue­la de música y ar­te dra­má­ti­co don­de era la cas­tings pa­ra mu­si­ca­les y con­cur­sos de ta­len­tos, sin mu­cho éxi­to. Has­ta que se har­tó. Co­mo ha con­ta­do, no que­ría se­guir yen­do de au­di­ción en au­di­ción y que su éxi­to de­pen­die­ra de qué pin­ta te­nía o si era ade­cua­da pa­ra el pa­pel. «Em­pe­cé a pla­near mi fu­tu­ro: po­seer mi pro­pia dis ál­bu­mes con­cep­tua­les con un com­ple­to con­trol crea­ti­vo.» Así que vol­vió a mu­dar­se, es­ta vez a Atlan­ta. Fun­dó un se­llo, Won­da­land, y edi­tó su pri­mer dis­co, iró­ni­ca­men­te ti­tu­la­do «The Au­di­tion» (2003). Ven­día los ce­dés a cin­co dó­la­res des­de la pen­sión en que vi­vía. Aque­lla obra pa­só inad­ver­ti­da pa­ra ca­si to­do el mun­do me­nos pa­ra los gi­gan­tes del hip hop P. Diddy y Big dis­cos. Ins­pi­ra­do en la pe­lí­cu­la de Fritz Lang, «Metropolis» (2007) fue el pri­mer epi­so­dio de la sa­ga so­bre un fu­tu­ro dis­tó­pi­co que des­pués ha con­ti­nua­do en «The Ar­chAn­droid» (2010), el ál­bum que le con­vir­tió en una es­tre­lla, y en el nue­vo «The Elec­tric Lady», que se pu­bli­ca for­ma es­tu­pen­da de ha­blar del fu­tu­ro. Co­mo no tra­tas co­sas que su­ce­den aho­ra, la gen­te no

CON MEN­SA­JE

La po­lí­ti­ca es im­por­tan­te. Has­ta cua­tro ve­ces ha to­ca­do Mo­náe pa­ra los Oba­ma, una de ellas en la con­ce­sión del No­bel de la Paz al pre­si­den­te en Os­lo, y Mi­che­lle la tie­ne en­tre sus ar­tis­tas fa­vo­ri­tas. Con una cier­ta dis­tan­cia, ella se mo­ja. Ha­bla de dar ejem­plo a las mu­je­res y a las per­so­nas de color con su música, sin con­sig­nas ni pa­ter­na­lis­mos. «Pue­do ins­pi­rar a la gen­te, ha­blar de co­sas co­mo la mar­gi­na­ción de cier­tos gru­pos so­cia­les», de­cla­ra­ba ha­ce po­co en «Ebony», una re­vis­ta orien­ta­da al pú­bli­co afro­ame­ri­cano. En el ví­deo de «Q.U.E.E.N.», ade­lan­to de su nue­vo ál­bum, Mo­náe y sus so­cios de Won­da­land apa­re­cen con­ge­la­dos en un hi­po­té­ti­co «museo de los re­bel­des». Su crimen: ha­ber lan­za­do un «pro­gra­ma de ar­ma­men­to mu­si­cal» en el si­glo XXI con la ayu­da de Ery­kah Ba­du, una de las es­tre­llas que co­la­bo­ran en el dis­co. No le ha si­do di­fí­cil re­clu­tar­las. Tam­bién es­tán Mi­guel, nue­vo rey del soul, la jaz­ze­ra Es­pe­ran­za Spal­ding y Prin­ce, su ami­go y men­tor. Co­mo él, Mo­náe pa­re­ce la ar­tis­ta de­sig­na­da pa­ra re­vo­lu­cio­nar, dos dé­ca­das des­pués, el pop de color. Por el mo­men­to no va des­en­ca­mi­na­da.

Mo­náe du­ran­te su ac­tua­ción en los premios BET en Los Án­ge­les, en ju­nio.

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