AMOR CLÁ­SI­CO AMOR 2.0

Marie Claire España - - EDITO -

Quien me co­no­ce sa­be que más o me­nos na­cí ca­sa­da. Tan­to es así que, pe­se a mis no tan­tos años y mi muy ju­ve­nil as­pec­to (en­tien­da aquí la lec­to­ra que la au­to­es­ti­ma ele­va­da es al­go muy ne­ce­sa­rio en es­te mo­men­to de la 'operación bi­qui­ni'), el año que vie­ne ce­le­bra­ré (sal­vo ca­tás­tro­fe de úl­ti­ma ho­ra) mis bo­das de plata. Re­co­no­cién­do­me co­mo una en el ac­tual mun­do de las re­la­cio­nes y ha­bien­do te­ni­do que ex­pli­car más de una vez có­mo he lo­gra­do al­can­zar es­te mo­men­to vi­tal –has­ta el pun­to de que he lle­ga­do a desa­rro­llar una teo­ría en torno al emo­cio­nal que tie­ne que ver con los za­pa­tos ro­jos, pe­ro que aho­ra no vie­ne al ca­so–, siem­pre he sen­ti­do cier­ta cu­rio­si­dad por có­mo fun­cio­na el mun­do de las re­la­cio­nes no mo­nó­ga­mas. Y más en es­tos tiem­pos 2.0, en los que el ob­je­to de de­seo se aparece en ape­nas 4,7 pul­ga­das y dos di­men­sio­nes, per­dien­do no so­lo la es­ca­la, sino tam­bién la sen­sua­li­dad de los vo­lú­me­nes, las for­mas y las tex­tu­ras. De ahí que una de nues­tras in­tré­pi­das re­dac­to­ras re­ci­bie­ra ha­ce me­ses el en­car­go de flir­tear en cuan­ta de li­gues exis­tie­ra so­bre la faz de In­ter­net, pa­ra ver si era ca­paz de en­con­trar a su me­dia na­ran­ja sin in­ter­ac­ción per­so­nal me­dian­te. Los re­sul­ta­dos de ta­ma­ño ex­pe­ri­men­to los pue­des leer en su ge­nial

Co­mo una de las lec­cio­nes apren­di­das de es­te ca­so es que las emo­cio­nes reales son di­fí­ci­les de con­se­guir o trans­mi­tir a tra­vés de un mó­vil, es­te mes tam­bién he­mos via­ja­do pa­ra co­no­cer de pri­me­ra mano otro ti­po de ¿amor? más an­ces­tral. Y no, no es a mi ca­sa, pa­ra los del chis­te fá­cil; sino al Ra­jas­tán, en In­dia, don­de un al­ber­gue del pro­yec­to so­li­da­rio Veer­ni edu­ca a las ni­ñas no­vias de la In­dia ru­ral pa­ra, cuan­do me­nos, re­tra­sar y en el me­jor de los ca­sos anu­lar, sus ma­tri­mo­nios ofi­cia­dos ca­si siem­pre an­tes de que las po­bres cum­plan los 10 años. Un ejem­plo de que con po­co se pue­de lo­grar mu­cho. O por lo me­nos, mu­cho más de lo que cree­mos. Por lo que tam­bién de ca­ra a es­te ve­rano que no ter­mi­na de lle­gar, al me­nos cli­ma­to­ló­gi­ca­men­te, te pro­po­ne­mos una guía de ac­ti­vis­mo ( en la que des­cu­bri­rás que pe­que­ños ges­tos pue­den pro­mo­ver gran­des cam­bios. Y fi­nal­men­te, pa­ra que tan­tas bue­nas in­ten­cio­nes te pi­llen con el me­jor as­pec­to po­si­ble, nos he­mos ido a Lon­dres pa­ra apren­der de la gu­rú ve­ga­na con más se­gui­do­res del mun­do, Ella Wood­ward (nues­tra có­mo abra­zar la vi­da sa­na; te he­mos se­lec­cio­na­do la ro­pa que te ha­rá en­trar al es­tío por la puer­ta gran­de, así co­mo los me­jo­res pro­duc­tos de be­lle­za pa­ra man­te­ner­te ra­dian­te al ca­lor. To­do un he­roi­co es­fuer­zo hu­mano en tu ho­nor. Eso sí que es amor.

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