LAS CHI­CAS ES­TÁN BIEN

Marie Claire España - - MAGAZINE PSICO - Por

Pe­dro Letai

Los hom­bres no sa­ben es­tar so­los. Esa fra­se, ca­si un man­tra de to­bi­llos gor­dos, la sue­len pro­nun­ciar las mu­je­res con res­tos de es­com­bros en una mano y un hom­bre col­ga­do de la otra. Pe­ro así es co­mo fun­cio­na. A ve­ces me pre­gun­to dón­de ha­brán ido a pa­rar to­das aque­llas mu­je­res con las que com­par­tí al­go, co­mo can­cio­nes que uno ha de­ja­do de es­cu­char, que ca­si ha ol­vi­da­do, pe­ro que an­dan por Spo­tify dan­do vuel­tas re­cién du­cha­das, col­gan­do la toa­lla en la ven­ta­na. Mi an­tí­do­to con­tra la so­le­dad, esa que los hom­bres no sa­be­mos so­por­tar, es la es­cri­tu­ra. Tu­ve una pri­me­ra no­via que me de­jó y des­pués mu­rió de una ma­ne­ra trágica, pe­ro yo en­ton­ces no es­cri­bía. Una vez em­pe­cé, lo cual tam­bién de al­gu­na ma­ne­ra fue trá­gi­co, fui en­cen­dien­do al­gu­nas lu­ces que lle­va­ban los nom­bres de to­das esas vír­ge­nes, y re­sul­ta que la vi­da les ha son­reí­do, cuan­do yo pen­sé que sin mí no sa­brían qué ha­cer. El creer tan­to en uno mis­mo es una de las ca­rac­te­rís­ti­cas más co­mu­nes de los que fra­ca­sa­mos. Di­go que les va bien por Fa­ce­book, don­de a to­do el mun­do le va de pu­ta ma­dre, in­clu­so a mí, que lue­go no doy una a de­re­chas. Sus mu­ros son co­mo sa­lo­nes pi­jos, lle­nos de tro­feos de ca­za per­fec­ta­men­te ali­nea­dos. Qué hay y có­mo hue­le en los cuar­tos ce­rra­dos al otro la­do del pa­si­llo no lo sa­bre­mos nun­ca, ni si­quie­ra a tra­vés de los Sim­pson. Pe­ro a lo que va­mos: las chi­cas es­tán bien, ha­cen fo­tos de lo que co­men, po­nen mo­rri­tos, via­jan a co­no­cer París. Yo me ale­gro y a la vez no­to cier­ta pre­sión, co­mo si fue­ran plan­tas in­fi­ni­tas de las que siem­pre voy a te­ner que ocu­par­me des­de el pa­pel. Dar­les un ver­so, un pá­rra­fo, al­go. Un em­pu­jon­ci­to pa­ra que si­gan bien, pa­ra la en­tra­da del pi­so. Por si al­go fa­lla­se. Sien­to que de­bo ocu­par­me de to­das ellas y ser me­ticu­loso y or­de­na­do, pues cual­quier des­cui­do po­dría re­sul­tar fa­tal. Be­ber­me sus lá­gri­mas en vez de ser un án­gel fu­rio­so y ven­ga­dor. En­car­gar­me de que to­das es­tén bien. To­das, in­clu­so aque­lla. Aque­lla tam­bién, sí.

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