MA­NE­RAS DE EN­RI­QUE­CER­SE

DI­CE QUE SOFISTICA POR DEN­TRO Y POR FUE­RA. PA­RA CARMEN REVIRIEGO, PRE­SI­DEN­TA DE LA ASE­SO­RÍA CALLIA, EL AR­TE REHUMANIZA.

Marie Claire España - - COOLTURA - por Au­ro­ra Algar fotos Víc­tor Cu­cart

En cas­te­llano, las ins­truc­cio­nes pa­ra ven­der y com­prar ar­te sue­nan con su voz. En la última dé­ca­da, Carmen Reviriego se ha con­so­li­da­do como una de las ma­yo­res ex­per­tas en ase­so­ra­mien­to ar­tís­ti­co en Es­pa­ña y La­ti­noa­mé­ri­ca. A dia­rio ayu­da a fa­mi­lias y gran­des for­tu­nas a crear sus pro­pias co­lec­cio­nes de ar­te. Quie­re con­ver­tir­las en me­ce­nas. Pa­ra ello fun­dó Callia, a la que más tar­de anexó una fun­da­ción ho­mó­ni­ma que pre­si­de. Pre­mio Na­cio­nal a la In­no­va­ción Em­pre­sa­rial y for­ma­da en el Sot­heby’s Ins­ti­tu­te of Art, cuen­ta que vi­ve so­lo pa­ra el ar­te. So­bre él ha es­cri­to cua­tro li­bros en los que re­ve­la sus en­tre­si­jos. En el úl­ti­mo, Los nue­vos tem­plos de Dios, no­ve­la sus vi­ven­cias en­tre co­lec­cio­nes, mu­seos y ga­le­rías. ¿Qué es pa­ra ti el ar­te? Es un me­dio de co­mu­ni­ca­ción en­tre las per­so­nas. El ar­tis­ta sien­te la ne­ce­si­dad de plas­mar a tra­vés de dis­tin­tos so­por­tes lo que sien­te, sus emo­cio­nes; in­clu­so cuan­do hay obras muy reivin­di­ca­ti­vas y pro­vo­ca­do­ras, tam­bién es una for­ma de ex­pre­sar. El ar­te es al­go muy sub­je­ti­vo, nun­ca hay que ol­vi­dar­lo, y no to­dos lo per­ci­bi­mos igual. ¿Cuál es la mi­sión del ar­te en nues­tras vi­das? Rehu­ma­ni­zar­nos y co­nec­tar­nos con las emo­cio­nes. Así es como so­mos ca­pa­ces de com­pren­der a los otros y com­pa­de­cer­nos con el ser hu­mano. Ha­ce que aflo­ren nues­tros sen­ti­mien­tos.

¿Có­mo em­pe­zas­te en es­te mun­do? Mi pa­dre era de una sen­si­bi­li­dad enor­me y co­lec­cio­na­ba ar­te. Era un apa­sio­na­do de la mú­si­ca y la poe­sía. Él me in­cul­có to­da su sen­si­bi­li­dad por el ar­te y la so­cie­dad. De mi ma­dre vie­ne mi pa­sión por el com­pro­mi­so so­cial. Yo era bro­ker, di­rec­ti­va en Aon Pri­va­te Es­pa­ña, y en un mo­men­to de­ter­mi­na­do de­ci­dí dar un gi­ro a mi vi­da y creé mi pro­pia em­pre­sa, Callia, ha­ce ya diez años, que sig­ni­fi­ca 'her­mo­so' en grie­go, en lo más pro­fun­do de la be­lle­za in­te­rior. Siem­pre tra­ba­jé pa­ra gran­des pa­tri­mo­nios, so­bre to­do en Amé­ri­ca La­ti­na, y aho­ra los ase­so­ro en la crea­ción de sus co­lec­cio­nes de ar­te pa­ra des­pués con­ver­tir­los en me­ce­nas. Cuan­do ha­blas de me­ce­nas, ¿có­mo los de­fi­ni­rías? Son per­so­nas com­pro­me­ti­das con el ar­te. Lo uti­li­zan como he­rra­mien­ta de trans­for­ma­ción so­cial y quie­ren tras­cen­der

«EL AR­TE EN­RI­QUE­CE POR DEN­TRO, NOS HA­CE ME­JO­RES. PA­RA LAS GRAN­DES FOR­TU­NAS, ES UNA HE­RRA­MIEN­TA PA­RA PA­SAR A LA HIS­TO­RIA »

en la his­to­ria a tra­vés de él. Un ejem­plo es el ca­so de los Thys­sen, que eran em­pre­sa­rios del ace­ro. Han si­do tres ge­ne­ra­cio­nes y pa­sa­rán a la his­to­ria por el ar­te y no por el ace­ro. El ar­te a es­tas gran­des for­tu­nas las en­ri­que­ce por den­tro, las sofistica, las ha­ce más sen­si­bles.

Eres escritora y en­tre tus obras se en­cuen­tra La suer­te de dar. ¿Qué que­rías plas­mar en el li­bro? Lo es­cri­bí tras de­jar mi tra­ba­jo. Me fui con una mo­chi­la y una ma­le­ta a re­co­rrer Amé­ri­ca La­ti­na. Ne­ce­si­ta­ba un cam­bio en mi vi­da y es­to lo cam­bió to­do. Do­né los de­re­chos de au­tor a una fun­da­ción. Fui a bus­car a em­pre­sa­rios im­por­tan­tí­si­mos que es­ta­ban com­pro­me­ti­dos so­cial­men­te pa­ra en­ten­der por qué es­ta­ban don­de es­ta­ban. Apren­dí que com­pro­me­ter­se so­cial­men­te ha­ce a los em­pre­sa­rios me­jo­res per­so­nas y, por tan­to, me­jo­res en su tra­ba­jo. Es una ca­de­na. Ge­ne­ran ri­que­za que com­par­ten. ¿Acon­se­jas in­ver­tir en ar­te? La pri­me­ra mo­ti­va­ción pa­ra ad­qui­rir ar­te es emo­cio­nal, la se­gun­da, que da cier­to es­ta­tus so­cial y la ter­ce­ra, que di­ver­si­fi­ca la in­ver­sión. Ade­más, apor­ta­mos in­ter­na­cio­na­li­dad. Yo no pa­ro de via­jar pa­ra lo­grar la vi­sión real del cir­cui­to y del mer­ca­do.

Pa­ra­le­la­men­te creas la fun­da­ción Callia. La fun­da­ción es una in­cu­ba­do­ra de me­ce­nas. Pa­ra ello crea­mos los Pre­mios Ibe­roa­me­ri­ca­nos de Me­ce­naz­go, que tie­nen una mi­sión: se in­vi­ta a gran­des em­pre­sa­rios pa­ra que en un fu­tu­ro ten­gan la opor­tu­ni­dad de con­ver­tir­se en co­lec­cio­nis­tas o me­ce­nas. Tie­nen una fun­ción ins­pi­ra­do­ra: si los pre- mia­dos sí son me­ce­nas, cuan­do suben a re­co­ger el pre­mio cuen­tan sus ex­pe­rien­cias, como hi­cie­ron es­te año Car­los Slim y Carmen Thys­sen.

Otra fa­ce­ta tu­ya es la de escritora. Mi pri­mer li­bro fue La suer­te de dar, que in­vi­ta a re­fle­xio­nar so­bre por qué al­guien de­ci­de con­ver­tir­se en fi­lán­tro­po. Char­lo con gran­des como Ei­leen Roc­ke­fe­ller, Adria­na Cis­ne­ros o Ma­nuel Aran­go. Con El la­be­rin­to del ar­te qui­se de­rri­bar la ba­rre­ra que pro­du­ce el des­co­no­ci­mien­to del mun­do del ar­te. Es un best-se­ller en to­das las uni­ver­si­da­des. ¿Aho­ra sa­le un nue­vo li­bro? Sí, el cuar­to, Los nue­vos tem­plos de Dios. Es mi pri­me­ra no­ve­la. En ella cuen­to mi vi­da en es­te mun­do. ¿Quién te ha im­pac­ta­do? Pa­tri­cia de Cis­ne­ros, que ha tar­da­do 30 años en po­ner el ar­te la­ti­noa­me­ri­cano en los gran­des mu­seos del mun­do al la­do de clá­si­cos como can­dinsky. ¿Y có­mo sa­cas tiem­po pa­ra ti? Lo in­ten­to. Ten­go un hi­jo de trein­ta años y un ma­ri­do des­de ha­ce más de trein­ta, con el que tra­ba­jo en Callia. Tra­ba­ja­mos jun­tos, pe­ro te­ne­mos nues­tro es­pa­cio. Es­te, y que nos res­pe­ta­mos y com­pren­de­mos, es el se­cre­to.

Carmen Reviriego, fo­to­gra­fia­da en su des­pa­cho, en Ma­drid.

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