NUEVA ZE­LAN­DA UN MUN­DO FE­LIZ

LA PRI­ME­RA MINISTRA NEOZELANDE­SA, JACINDA ARDERN, ES LA JE­FA DE ES­TA­DO MÁS JOVEN DEL MUN­DO, NO ES­TÁ CA­SA­DA Y ACA­BA DE TE­NER UN BE­BÉ. Y NO LE IM­POR­TA LO QUE NA­DIE TEN­GA QUE DE­CIR AL RES­PEC­TO.

Marie Claire España - - BUSINESS TECNO - por Kay­la We­bley Ad­ler

Asus 38 años, Jacinda Ardern es la ca­be­za de es­ta­do (mujer) más joven del mun­do y una de las po­cas lí­de­res de pri­me­ra fi­la. Des­de que asu­mió el car­go el año pasado, Ardern ha lo­gra­do apo­yo por su pos­tu­ra abier­ta­men­te pro­gre­sis­ta en te­mas so­cia­les: de­fien­de la des­pe­na­li­za­ción del abor­to, la le­ga­li­za­ción de la ma­rihua­na y fue la pri­me­ra je­fa de go­bierno de Nueva Ze­lan­da en des­fi­lar en el Or­gu­llo Gay. Aho­ra es­tá atra­yen­do un ti­po de aten­ción di­fe­ren­te: se ha con­ver­ti­do en la se­gun­da lí­der de la his­to­ria mo­der­na en dar a luz en el car­go (la pri­me­ra fue la pa­kis­ta­ní Be­na­zir Bhut­to en 1990). Tam­bién lla­ma la aten­ción por no es­tar ca­sa­da (lle­va cua­tro años sa­lien­do con Clar­ke Gay­ford, el pa­dre del be­bé) y por ser la pri­me­ra lí­der po­lí­ti­ca de la his­to­ria en co­ger­se la ba­ja por ma­ter­ni­dad. Na­da más re­gre­sar al tra­ba­jo tras un per­mi­so de seis se­ma­nas, ha­bla­mos con ella so­bre los pa­dres que se que­dan en ca­sa, el #MeToo y có­mo es tra­ba­jar con el pre­si­den­te Trump. Ma­rie Clai­re: ¿Có­mo se apren­de a ser una mujer lí­der en el es­ce­na­rio mun­dial? Cuan­do Hi­llary Clin­ton se pos­tu­la­ba pa­ra pre­si­den­ta de los Es­ta­dos Uni­dos, por ejem­plo, se juz­gó de­ma­sia­do su com­por­ta­mien­to. Al­gu­nos la lla­ma­ron fría y cal­cu­la­do­ra y otros la acu­sa­ban de es­for­zar­se de­ma­sia­do.

J. A. : Es cier­to que te ex­po­nes a ca­pas de jui­cio adi­cio­na­les que por lo ge­ne­ral no se apli­can a los hom­bres. Cuan­do lle­gué a la po­lí­ti­ca, re­cuer­do re­vi­sar las ta­blas de pun­tua­ción de mis in­ter­ven­cio­nes y siem­pre apa­re­cían co­men­ta­rios so­bre un fal­ta de aser­ti­vi­dad. Ahí tu­ve que to­mar la de­ci­sión: o cu­bría las ex­pec­ta­ti­vas so­bre có­mo de­bía com­por­tar­se un po­lí­ti­co o era yo mis­ma y apor­ta­ba una for­ma di­fe­ren­te de li­de­raz­go po­lí­ti­co. Pa­ra mí, era ob­vio: so­lo po­dría aguan­tar sien­do yo mis­ma.

MC: Un co­lum­nis­ta mas­cu­lino di­jo que era "de­ma­sia­do bue­na per­so­na" pa­ra ser pri­me­ra ministra.

J. A. : Creo que eso tiene que ver con nues­tra per­cep­ción de la po­lí­ti­ca. Hay po­lí­ti­cos que son bue­nas per­so­nas. Hay al­go en es­te tra­ba­jo que te ha­ce bus­car un po­co más de mo­ti­va­ción pa­ra le­van­tar­te ca­da ma­ña­na. Con fre­cuen­cia, lo que im­pul­sa a las per­so­nas es que de ver­dad sien­ten que pue­den mar­car la di­fe­ren­cia. Eso sig­ni­fi­ca que hay gen­te con bon­dad en po­lí­ti­ca.

MC: ¿Le ha sor­pren­di­do la aten­ción que re­ci­bió su em­ba­ra­zo?

J. A. : No. Cuan­do me di cuen­ta, tras la con­moción que pro­vo­có el anun­cio, de que era la se­gun­da per­so­na en el mun­do que iba a dar a luz como je­fa de es­ta­do, pen­sé que pro­ba­ble­men­te era al­go de in­te­rés ge­ne­ral. En­tien­do que, por lo tan­to, des­pier­te cu­rio­si­dad, pe­ro igual­men­te es­pe­ro, y lo ha­go con im­pa­cien­cia, el día en que no sea in­tere­san­te por­que se ha­ya con­ver­ti­do en al­go co­mún. MC: Mu­cho se ha pu­bli­ca­do so­bre có­mo po­drá con­ci­liar ser pri­me­ra ministra y ma­dre de un re­cién na­ci­do.

J. A. : Me nie­go a ser pre­sen­ta­da como una es­pe­cie de su­per­mu­jer. En mi opi­nión, las

Trump "NO ES DI­FÍ­CIL TRA­BA­JAR CON ÉL Y NO PUE­DO DE­JAR QUE LO SEA. CONSTRUIRÉ RE­LA­CIO­NES POR EL BIEN DE NUEVA ZE­LAN­DA"

su­per­mu­je­res son las que lo ha­cen so­las. Ten­go a mi pa­re­ja, que se­rá un pa­dre que se que­da en ca­sa. Yo ha­ré to­do lo que pue­da, pe­ro ten­dré una le­gión a mi al­re­de­dor y hay mu­cha gen­te que no tiene eso. Otra co­sa en la que pien­so es que no quie­ro que las mu­je­res sien­tan que de­ben ha­cer­lo to­do. To­da es­ta idea de que las mu­je­res pue­den te­ner­lo to­do y ha­cer­lo to­do. Tal vez pue­dan, ¿pe­ro de­be­ría­mos es­pe­rar eso de ellas? Es im­por­tan­te ser cons­cien­tes de que to­do el mun­do de­be po­der ele­gir lo me­jor pa­ra ellos y sus fa­mi­lias, y eso in­clu­ye a los pa­dres que se quie­ran que­dar en ca­sa y a las ma­dres que deseen tra­ba­jar.

MC: Que su pa­re­ja se que­de en ca­sa con el be­bé es una gran de­cla­ra­ción de in­ten­cio­nes pa­ra el mun­do.

J. A. : Lo que más me ha sor­pren­di­do es cuán­tas mu­je­res se han acer­ca­do a mí pa­ra de­cir­me: "¡No­so­tros tam­bién lo hi­ci­mos!". Me de­cían co­sas como: "Mis hi­jos son ado­les­cen­tes aho­ra y fue lo me­jor. Tie­nen una re­la­ción su­per­es­pe­cial con su pa­dre". No me lo es­pe­ra­ba y creo que es por­que no se ha­bla de eso. Es al­go que ya es­tá su­ce­dien­do en mu­chas fa­mi­lias, pe­ro no lo co­men­ta­mos lo su­fi­cien­te. Y de­be­ría­mos.

MC: ¿Has no­ta­do pre­sión pa­ra ca­sar­te?

J. A. : No. La gen­te pre­gun­ta por qué no y siem­pre les di­go que pre­gun­ten a Clar­ke. Pa­ra no­so­tros no tiene na­da de par­ti­cu­lar; so­lo re­sul­ta que ha­ce­mos las co­sas en el or­den in­ver­so. Pe­ro ob­via­men­te es­ta­mos com­pro­me­ti­dos el uno con el otro. Te­ne­mos un ho­gar y un be­bé jun­tos. Y un día com­ple­ta­re­mos el círcu­lo. Clar­ke pro­ba­ble­men­te pre­ten­da que "ce­rrar el círcu­lo" sig­ni­fi­que que ten­ga­mos un pe­rro.

MC: Es­cu­ché que le pre­gun­tó al pre­si­den­te Ba­rack Oba­ma so­bre có­mo li­diar con la cul­pa­bi­li­dad de ser un pa­dre que tra­ba­ja. ¿Eso le pe­sa?

J. A. : Soy una per­so­na que se sien­te muy cul­pa­ble. Sien­to que ne­ce­si­to ha­cer­lo to­do y ha­cer­lo to­do bien. Ne­ce­si­to ser la me­jor her­ma­na, la me­jor hi­ja, la me­jor pa­re­ja, la me­jor pri­me­ra ministra. ¿Qué mujer no? Pe­ro me re­cuer­do to­do el tiem­po a mí mis­ma que no lo es­toy ha­cien­do so­la.

MC: ¿El mo­vi­mien­to #MeToo im­pac­tó mu­cho en Nueva Ze­lan­da?

J. A. : Sí, hu­bo una ver­da­de­ra discusión so­bre el im­pac­to en nues­tro mar­co le­gal. Hu­bo ejem­plos que de­mos­tra­ron com­por­ta­mien­tos, par­ti­cu­lar­men­te ha­cia las be­ca­rias, que die­ron pie a una se­rie de re­por­ta­jes. Eso me ha­ce pen­sar que Nueva Ze­lan­da no es un ca­so úni­co, como tam­po­co lo es nin­gún sec­tor em­pre­sa­rial en par­ti­cu­lar. Y eso es tris­te y de­cep­cio­nan­te, pe­ro de­be­mos ser cons­cien­tes de que te­ne­mos un lar­go ca­mino por re­co­rrer an­tes de que po­da­mos de­cir que se ha lo­gra­do anu­lar esa cul­tu­ra.

MC: ¿Có­mo ha si­do tra­ba­jar con el pre­si­den­te Trump?

J. A. : Va a ha­ber mi­les de si­tua­cio­nes en las que ten­ga que tra­ba­jar con po­lí­ti­cos con pers­pec­ti­vas y pun­tos de vis­ta muy di­fe­ren­tes a los míos. Ac­tual­men­te no hay mu­chos pro­gre­sis­tas en ro­les de li­de­raz­go. Así que me en­cuen­tro en ese ti­po de si­tua­cio­nes muy a menudo, pe­ro mi tra­ba­jo como pri­me­ra ministra es abo­gar por Nueva Ze­lan­da y te­ner re­la­cio­nes con una gran can­ti­dad de lí­de­res mun­dia­les.

MC: ¿No es di­fí­cil tra­ba­jar con Trump, da­do su his­to­rial con las mu­je­res?

J. A. : No, y no pue­do de­jar que lo sea. No he engañado a na­die so­bre lo que pien­so y no cam­bia­ré mis ideas, pe­ro construiré re­la­cio­nes por el bien de Nueva Ze­lan­da.

MC: Usted es­tá a fa­vor de la des­pe­na­li­za­ción del abor­to, so­lo per­mi­ti­do en Nueva Ze­lan­da si la sa­lud del fe­to o la men­tal o fí­si­ca de la ma­dre están en ries­go. ¿Có­mo le gus­ta­ría que fue­ra la le­gis­la­ción en su lu­gar?

J. A. : El pro­ce­di­mien­to pa­ra ac­ce­der a un abor­to es bas­tan­te com­pli­ca­do. Las mu­je­res de­ben pa­sar por un pro­ce­so pa­ra pre­sen­tar su ca­so le­gal y ha­blar con un es­pe­cia­lis­ta. No me pa­re­ce que sea lo co­rrec­to. Así que le he­mos pe­di­do a la Co­mi­sión de De­re­cho que em­pren­da el tra­ba­jo pa­ra que se eli­mi­ne del Có­di­go Pe­nal. Ne­ce­si­ta­mos ase­gu­rar­nos de que el abor­to sea se­gu­ro y ac­ce­si­ble. Al mis­mo tiem­po quie­ro que las mu­je­res pue­dan to­mar sus de­ci­sio­nes reproducti­vas. En ge­ne­ral, es­tos son al­gu­nos de los ob­je­ti­vos que es­pe­ro lo­grar. En última ins­tan­cia, no creo que el abor­to, en 2018, de­ba fi­gu­rar en nues­tro Có­di­go Pe­nal.

MC: ¿En qué otros asun­tos es­tá tra­ba­jan­do pen­san­do en las mu­je­res?

J. A. : He­mos lo­gra­do al­gu­nos ob­je­ti­vos en torno a la bre­cha sa­la­rial y la igual­dad de gé­ne­ro. Las mu­je­res en Nueva Ze­lan­da están so­bre­rre­pre­sen­ta­das en in­dus­trias de ba­jos sa­la­rios. Afec­ta a su ca­pa­ci­dad de rom­per con re­la­cio­nes abu­si­vas, criar a su fa­mi­lia o vi­vir de for­ma in­de­pen­dien­te. Por eso al­gu­nas de las co­sas que he­mos he­cho han si­do en be­ne­fi­cio de los tra­ba­ja­do­res con in­gre­sos ba­jos, por­que sé que afec­ta a las mu­je­res.

Abor­to "NO CREO QUE DE­BA FI­GU­RAR EN EL Có­DI­GO PE­NAL. DE­BE SER SE­GU­RO Y AC­CE­SI­BLE PA­RA QUE LAS MU­JE­RES TO­MEN SUS DE­CI­SIO­NES REPRODUCTI­VAS "

Ardern y su pa­re­ja, Clar­ke Gay­ford, en la rue­da de pren­sa in­for­mal en la que anun­cia­ron su em­ba­ra­zo.

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