la ba­ta­lla de ma­rYam.

EN NÍ­GER, VI­VIR O MO­RIR ES TAN FÁ­CIL CO­MO SER CA­PA­CES DE AC­CE­DER A LA ATEN­CIÓN PRI­MA­RIA. ATEN­CIÓN QUE LA ONG AC­CIÓN CON­TRA EL HAM­BRE CON­VIER­TE EN PO­SI­BLE EN RE­GIO­NES CO­MO MARADI.

Marie Claire España - - SUMARIO - tex­to y fotos Lys Aran­go

El día a día en Ní­ger.

Ju­gar con los ni­ños no es un tra­ba­jo, le de­cían a la doc­to­ra Ma­ryam Aboua­car sus co­le­gas del hos­pi­tal de Ma­yahi. Ella les ex­pli­ca­ba que en el jue­go es­tá el tra­ta­mien­to, pe­ro no les aca­ba­ba de con­ven­cer. Es­ta fal­ta de com­pren­sión su­ma­do al he­cho de ver mo­rir a ni­ños ca­da día a cau­sa de la malnu­tri­ción es lo que ca­si le ha­ce ti­rar la toa­lla al co­mien­zo de su ca­rre­ra. Re­cién sa­li­da del más­ter de psi­co­lo­gía in­fan­til, Ma­ryam no­ta­ba có­mo su áni­mo de­cre­cía a pa­sos agi­gan­ta­dos has­ta que un día un niño, al que ha­bía da­do por desahu­cia­do, le di­jo con los ojos muy abier­tos: "Ma­má, quie­ro le­che". Es­tas tres pa­la­bras sur­tie­ron un gran efec­to en la psi­có­lo­ga: "Vi en su mi­ra­da las ga­nas de vi­vir y en­ten­dí que la lu­cha no ter­mi­na has­ta el úl­ti­mo se­gun­do", ex­pli­ca aún emo­cio­na­da al re­cor­dar la his­to­ria. El pe­que­ño sa­lió del pe­li­gro y ella tam­bién, que des­de en­ton­ces car­ga or­gu­llo­sa con el so­bre­nom­bre "la ma­má de los ni­ños". Aho­ra Ma­ryam tie­ne 38 años y en los dos úl­ti­mos ha tra­ta­do 4.500 ca­sos de des­nu­tri­ción agu­da en el cen­tro de reha­bi­li­ta­ción de Ma­yahi, fi­nan­cia­do por la ONG Ac­ción con­tra el Ham­bre. La re­gión de Maradi, en Ní­ger, es una de las más azo­ta­das por la in­se­gu­ri­dad ali­men­ta­ria, un mal que afec­ta a 2,6 mi­llo­nes de per­so­nas en to­do el país. Las cau­sas se de­ri­van de la pobreza, la de­gra­da­ción del me­dio am­bien­te y las cri­sis cí­cli­cas, que afec­tan di­rec­ta­men­te a la agri­cul­tu­ra, de la que sub­sis­te el 90% de la po­bla­ción. Cuan­do la co­se­cha es ma­la, to­do se de­rrum­ba.

AÑO DE SE­QUÍA

2018 ha si­do un año par­ti­cu­lar­men­te du­ro, pues la se­quía ha arrui­na­do los cul­ti­vos y por lo tan­to los me­dios de vi­da de mu­chas fa­mi­lias. La con­se­cuen­cia di­rec­ta se ve en los más pe­que­ños que caen en­fer­mos al ca­re­cer de los nu­trien­tes ne­ce­sa­rios pa­ra una ali­men­ta­ción equi­li­bra­da. A fi­na­les del mes de ju­lio, Ma­ryam an­da­ba por el mer­ca­do cuan­do vio a una mu­jer con tres be­bés fa­mé­li­cos pi­dien­do li­mos­na. Le pre­gun­tó su nom­bre, "Ais­ha", y

LA IN­SE­GU­RI­DAD ALI­MEN­TA­RIA ES UN MAL QUE AFEC­TA

A 2,6 MI­LLO­NES DE PER­SO­NAS EN TO­DO NÍ­GER

mien­tras ella le ex­pli­ca­ba su si­tua­ción, la doc­to­ra exa­mi­nó a los be­bés. Rá­pi­da­men­te se dio cuen­ta de que esos ni­ños es­ta­ban a po­co de pa­sar a otra vi­da si no se le po­nía re­me­dio. "No so­lo su del­ga­dez era ex­tre­ma", re­cuer­da Ma­ryam, "es­ta­ban apá­ti­cos, te­nían mu­cha tos y a uno le cos­ta­ba res­pi­rar".

Sin pér­di­da de tiem­po Ma­ryam lla­mó al hos­pi­tal y pi­dió que vi­nie­ran a bus­car­les con ur­gen­cia. Los tri­lli­zos fue­ron in­gre­sa­dos de in­me­dia­to y la ma­dre, po­co a po­co, em­pe­zó a con­tar su his­to­ria. Ais­ha tie­ne 30 años y 12 hi­jos. Su ma­ri­do y ella tra­ba­ja­ban la tie­rra, cul­ti­va­ban mi­jo y sor­go, pe­ro ca­da vez se ha­cía más com­pli­ca­da la sub­sis­ten­cia pues la co­se­cha no era bue­na y las re­ser­vas du­ra­ban po­co. To­do em­peo­ró aún más cuan­do se en­te­ra­ron de que ella es­ta­ba em­ba­ra­za­da por dé­ci­ma vez. "Mi ma­ri­do en­tró en cri­sis: no dor­mía, no co­mía, se man­te­nía au­sen­te to­do el día has­ta que una no­che se le­van­tó de la ca­ma, sa­lió por la puer­ta y nun­ca más vol­vió", cuen­ta la mu­jer. Al ca­bo de un mes lla­mó pa­ra de­cir que es­ta­ba en Li­bia y que su in­ten­ción era lle­gar a Eu­ro­pa pa­ra tra­ba­jar y man­dar di­ne­ro a la fa­mi­lia. Des­de en­ton­ces no ha vuel­to a sa­ber de él: "No sé si vi­ve o mue­re", di­ce Ais­ha con la mi­ra­da aba­ti­da.

FA­MI­LIA NU­ME­RO­SA

Ella si­guió tra­ba­jan­do la tie­rra a me­di­da que su ba­rri­ga cre­cía y cre­cía. Pen­só que un día iba a es­ta­llar, pe­ro cuan­do dio a luz en ca­sa no sa­lió uno, sino tres be­bés. Cuen­ta que fue un par­to lar­go y do­lo­ro­so. Des­pués in­ten­tó des­can­sar pa­ra re­cu­pe­rar­se mien­tras sus otros hi­jos se en­car­ga­ban de las la­bo­res del ho­gar, pe­ro al se­gun­do día una de sus ni­ñas le di­jo que no que­da­ba co­mi­da. Así que Ais­ha se le­van­tó co­mo pu­do, car­gó a uno de sus be­bés a la es­pal­da, los otros dos los ató a sus hi­jos más ma­yo­res con unas te­las y sa­lie­ron a men­di­gar por las ca­lles. Pa­só un tiem­po has­ta que Ma­ryam les en­con­tró. Cuen­ta la psi­có­lo­ga que lo más di­fí­cil de la re­cu­pe­ra­ción ha si­do la psi­co­mo­tri­ci­dad de los be­bés: "La des­nu­tri­ción les ha causado un tras­torno psi­co­mo­tor y por lo

LA DU­RA SE­QUÍA DE

2018 AFEC­TA DE MA­NE­RA

DI­REC­TA AL 90% DE LA PO­BLA­CIÓN, QUE SUB­SIS­TE DEL CAM­PO

tan­to es­tán tar­dan­do más que el res­to de los ni­ños en apren­der a sen­tar­se o ga­tear", di­ce Ma­ryam. "Los jue­gos les con­si­guen es­ti­mu­lar fí­si­ca y emo­cio­nal­men­te", pe­ro lo más im­por­tan­te, ex­pli­ca, "es que Ais­ha se ha in­vo­lu­cra­do de lleno en el tra­ta­mien­to. No­so­tros, co­mo mé­di­cos, te­ne­mos me­di­ci­nas y téc­ni­cas avan­za­das, pe­ro lo que no po­de­mos dar­les es el amor de una ma­dre", pro­si­gue la doc­to­ra: "Esa es una me­di­ci­na na­tu­ral que so­lo ellas po­seen". Por eso, en­tre sus fun­cio­nes tam­bién tra­ba­ja en el res­ta­ble­ci­mien­to de las re­la­cio­nes en­tre ma­dre e hi­jo, por­que en al­gu­nos ca­sos ese víncu­lo se rom­pe al in­gre­sar en el hos­pi­tal. "Hay que te­ner en cuen­ta que mu­chas mu­je­res nun­ca ha­bían pi­sa­do una ciu­dad y mu­cho me­nos un hos­pi­tal. El shock pa­ra ellas es enor­me y ha­ber de­ja­do a sus otros hi­jos al cui­da­do de su ma­ri­do o un fa­mi­liar, las man­tie­ne preo­cu­pa­das", ex­pli­ca Ma­ryam.

UNA NUE­VA VI­DA

Du­ran­te las tres se­ma­nas que Ais­ha es­tu­vo en el hos­pi­tal, par­ti­ci­pó en va­rias se­sio­nes de sen­si­bi­li­za­ción y en­ten­dió que men­di­gar no era la so­lu­ción a sus pro­ble­mas, sino al con­tra­rio: si con­ti­nua­ba, sus hi­jos re­cae­rían en la des­nu­tri­ción. De mo­do que el día que les die­ron el al­ta, Ma­ryam les vol­vió a su­bir al co­che y les acom­pa­ñó a la ofi­ci­na del De­par­ta­men­to de pro­tec­ción de la in­fan­cia de Ma­yahi. Des­pués de ha­blar con la res­pon­sa­ble y con­se­guir una ca­bra le­che­ra pa­ra ayu­dar a Ais­ha a ali­men­tar a los be­bés, con­cre­ta­ron un plan pa­ra apo­yar­la en el es­ta­ble­ci­mien­to de un pe­que­ño ne­go­cio pa­ra que pue­da tra­ba­jar des­de ca­sa mien­tras cui­da de sus 12 hi­jos. Al ter­mi­nar to­dos los trá­mi­tes se di­ri­gie­ron al fin a su al­dea. Al ver­les lle­gar, la fa­mi­lia sa­lió co­rrien­do a re­ci­bir­les: aque­llo pa­re­cía una fies­ta. Reían, can­ta­ban y gri­ta­ban "¡ ma­má ha re­gre­sa­do!". Ella no pa­ra­ba de son­reír, de abra­zar a los ni­ños y de con­tar atro­pe­lla­da­men­te las anéc­do­tas del hos­pi­tal, co­mo cuan­do pen­só que aque­llos so­les di­mi­nu­tos en­ce­rra­dos en bo­las de cris­tal le iban a que­mar la ca­be­za la pri­me­ra no­che. To­dos es­ta­lla­ban en car­ca­ja­das has­ta que una de las ni­ñas pre­gun­tó: - ¿ Y cuán­do va­mos a sa­ber si pa­pá va a vol­ver?

-Cuan­do se­pa­mos si el Me­di­te­rrá­neo le ha per­do­na­do la vi­da, res­pon­dió su ma­dre.

Ais­ha, 30 años y ma­dre de 12 hi­jos, de re­gre­so a su al­dea con par­te de su pro­le, gra­cias a Ac­ción con­tra el Ham­bre, que sal­vó la vi­da de sus tri­lli­zos en el cen­tro de reha­bi­li­ta­ción de Ma­yahi.

A su re­gre­so a la al­dea, Ais­ha fue re­ci­bi­da por sus hi­jos y ve­ci­nos co­mo si fue­ra una fies­ta. El padre de fa­mi­lia se mar­chó cuan­do Ais­ha se que­dó em­ba­ra­za­da por dé­ci­ma vez pa­ra bus­car un futuro me­jor en Eu­ro­pa. Sus últimas no­ti­cias le co­lo­can en Li­bia. Nun­ca vol­vie­ron a sa­ber de él.

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