'PA' 'TO' MI GEN­TE

Marie Claire España - - PLANETA MUJER -

Si la ele­gan­cia tu­vie­ra ma­nos, es­cri­bi­ría en el blog de En­ri­que Gar­cía-Mái­quez. Co­mo no las tie­ne, se las po­ne él. Cuan­do pu­bli­ca con­fir­ma una sos­pe­cha: la ele­gan­cia es una for­ma de res­pe­to. Es­te ve­ra ve­rano lo he leí­do en pa­pel. En Un lar­go et­cé­te­ra, pa­sar las pá­gi­nas es abrir las con­tra­ven­ta­nas tras el se­gun­do desa­yuno del domingo. En­tre apun­tes de dia­rio, poe­mas y afo­ris­mos pa­sa la luz. Bri­lla el en­tra­ma­do de sen­ci­llez. En­cuen­tra la ar­mo­nía que bus­ca­ban los de Mid­som­mar, sin te­ner que sal­tar des­de un pe­ñis­co a los 72 años ni que­mar vi­vo a un ex­no­vio dis­fra­za­do de oso. Tam­bién he leí­do a An­na Ca­ba­llé. La si­go le­yen­do. Su Bre­ve his­to­ria de la mi­so­gi­nia se ha de con­su­mir con mo­de­ra­ción. A Sal­va­dor Sos­tres le ha­ce, en las pri­me­ras pá­gi­nas, un Ca­ri­be Mix del se­xis­mo. Por Ca­ba­llé, he aca­ba­do ojean­do sus en­tre­vis­tas ve­ra­nie­gas en la última de ABC co­mo quien ve en Youtu­be ví­deos de der­ma­tó­lo­gas que ex­plo­tan gra­nos a sus pa­cien­tes. So­lo la ca­ra flo­tan­te de Mái­quez, con­ver­ti­da en el car­tel que Billy Wil­der te­nía en su des­pa­cho al res­pec­to de Ernst Lu­bitsch ( ¿Có­mo lo ha­ría él?), me pur­ga­ba las ideas. Le pre­gun­tó Sos­tres a San­tia­go Se­gu­ra si al­gu­na vez una ac­triz se le ha­bía "ofre­ci­do" a cam­bio de un pa­pel. No, me­nos mal, le ha­bría "re­sul­ta­do muy vio­len­to". Es­tá bien. Que die­ci­ocho años des­pués de ha­ber pu­bli­ca­do el ví­deo del cas­ting pa­ra To­rren­te 2 en el que va­rias ac­tri­ces se qui­ta­ban la ca­mi­se­ta se le ha­ya pu­li­do el sen­ti­do de lo vio­len­to, ba­jo o soez es­tá bien. Eso es cre­cer. En­tre ellas es­ta­ba, aún ca­si ado­les­cen­te, la ac­triz Ma­ca­re­na Gó­mez. En sep­tiem­bre la en­tre­vis­ta­ron en El Mundo. Le hi­cie­ron la pre­gun­ta que en las en­tre­vis­tas a ac­tri­ces es ya co­mo dar los bue­nos días. Fe­mi­nis­mo. Res­pon­dió que el de ca­rác­ter ra­di­cal de­gra­da a los hom­bres. Y to­das a gri­tar en los co­men­ta­rios de in­ter­net. Al­go así le pa­só a Ber­tín Os­bor­ne cuan­do di­jo que la igual­dad ya es­ta­ba con­se­gui­da y que el fe­mi­nis­mo no ha­ce fal­ta en España por­que ellas ya tie­nen los mis­mos de­re­chos que ellos. To­das a la­drar. Ber­tín no ve la de­sigual­dad a la que un fe­mi­nis­mo se re­fie­re por­que no fil­tra des­de sus pa­rá­me­tros. No usan el mis­mo co­la­dor de reali­dad. No jue­gan en el mis­mo cam­po. El fe­mi­nis­mo del que Gó­mez y él ha­blan ri­ñe y con­tes­ta por­que to­do en­ca­ja. Con­fir­ma ideas in­ge­ri­das en un más­ter de gé­ne­ro. La reali­dad se em­pa­que­ta do­bla­di­ta en la ma­le­ta con la com­bi­na­ción co­rrec­ta.

Y unos ha­blan pa­ra unos y otras pa­ra otras. Smoot­hies de una mis­ma, ona­nis­mo intelectua­l. Y pa­re­cía fá­cil ser el se­ñor sin pe­lo y con ga­fas que da­ba la gai­ta. El otro. El que ha­cía bai­lar. Pit­bull. Mr. World­wi­de.

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CHA­RO LA­GA­RES REDACTORA Que­ría un ga­to pa­ra lla­mar­lo Miau y, al gri­to de "Miau, a ce­nar", ate­rro­ri­zar al ve­cino que es­tá apren­dien­do a to­car la gui­ta­rra. Pe­ro esta sec­ción es de fe­mi­nis­mo. Me­jor no ha­blar de ga­tos.

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