Cap Ca­na, to­do lu­jo al ser­vi­cio del clien­te.

AL ES­TE DE LA RE­PÚ­BLI­CA DO­MI­NI­CA­NA, EL AMA­NE­CER MADRUGA Y LAS HO­RAS SE DILATAN. EN CAP CA­NA, 'IL DOL­CE FAR NIENTE' PI­SA POR ARE­NAS BLAN­CAS.

Marie Claire España - - SUMARIO - por Cha­ro Lagares

Al es­te de la is­la de La Es­pa­ño­la, en la Re­pú­bli­ca Do­mi­ni­ca­na, una mu­jer ves­ti­da de ne­gro can­ta una ba­cha­ta. Los gor­go­ri­tos, sua­ves y pu­li­dos, in­ter­ca­lan re­cuer­dos de ce­los y pro­me­sas que­bra­das. Jun­to a la ba­rra de He­lios, el club de pla­ya del ho­tel TRS Cap Ca­na, dos ca­ma­re­ros bai­lan. En­tre co­man­das, un ter­ce­ro bo­quea las le­tras de la can­ción. De gol­pe, las no­tas cam­bian. La mu­jer dilata las vo­ca­les de un cum­plea­ños fe­liz. Una de las ca­ma­re­ras se ha­ce ma­yor. Los hués­pe­des aplau­den. Es lo úni­co que van a te­ner que ha­cer en to­da su es­tan­cia. En Cap Ca­na to­do es­tá ser­vi­do. Los ma­yor­do­mos, uno asig­na­do pa­ra ca­da gru­po de hués­pe­des, re­co­rren el re­cin­to del ho­tel to­man­do no­tas en el cua­derno que lle­van ba­jo el bra­zo. Es­pe­ran en el re­llano de la es­ca­le­ra pa­ra ofre­cer toa­llas re­fres­can­tes que ali­vien la hu­me­dad. Apa­re­cen tras la columna de un res­tau­ran­te y jun­to a la ba­rra del bar in­te­gra­do en la pis­ci­na pa­ra ase­gu­rar­se de que las co­pas re­bo­san. La dis­po­ni­bi­li­dad es ple­na. Lo que el invitado desee, el invitado ob­ten­drá. El lu­jo ha cons­trui­do Cap Ca­na. En un par de dé­ca­das, una for­ta­le­za de mu­ra­llas me­lo­co­tón se ha ele­va­do al es­te de la is­la. Los con­tro­les de se­gu­ri­dad se es­ca­lo­nan en­tre bu­le­va­res des­pe­ja­dos y am­plios. Con­du­cen al em­bar­ca­de­ro, a la zo­na re­si­den­cial, al club ecues­tre y a los com­ple­jos ho­te­le­ros. En bus­ca del mar, el cés­ped apa­re­ce. Aquí la are­na se con­tro­la y re­don­dea. En oca­sio­nes lu­ce una ban­de­ra trian­gu­lar. En es­te cam­po de golf, el Pun­ta Es­pa­da Golf Cour­se, los 18 ho­yos bor­dean aguas ce­les­tes y tur­que­sas. Pa­ra que la are­na pier­da for­ma y mo­da­les, el pa­seo, me­jor mo­to­ri­za­do, de­be con­ti­nuar has­ta Pla­ya Jua­ni­llo.

PUE­DEN LLAMARME JUA­NI­LLO

Cuen­tan que era pe­li­rro­jo. En que era sa­jón coin­ci­den to­dos. Cuan­do el ma­ri­ne­ro arri­bó a la pun­ti­ta de Re­pú­bli­ca Do­mi­ni­ca­na, no ha­bla­ba ni una pa­la­bra de es­pa­ñol. Los lo­ca­les lo lla­ma­ron John. Little John, en oca­sio­nes. Les di­ver­tía col­gar el ad­je­ti­vo de los hom­bros de un hom­bre tan re­cio y robusto. Cuan­do hu­bo apren­di­do cas­te­llano, pi­dió que lo lla­ma­ran Jua­ni­llo. La pla­ya que lo sa­lu­dó en mi­tad del mar Ca­ri­be asu­mió su nom­bre.

Lo que aún re­pe­le el lu­gar son las aglo­me­ra­cio­nes. En las pla­yas pri­va­das de los ho­te­les, la are­na se abre a los tu­ris­tas. A los que las al­can­zan. Las pul­se­ras de to­do in­clui­do se que­dan con fre­cuen­cia en la pis­ci­na. Las que to­can la cos­ta en­cuen­tran pla­yas de are­na blan­ca, den­sa y com­pac­ta co­mo ha­ri­na hú­me­da, y ori­llas de co­ral. Los cha­mi­zos que ejer­cen de ba­res y las bar­cas de pes­ca­do­res, rojas y azu­les, ani­man la pa­le­ta de co­lo­res. Los pa­la­da­res so­lo ne­ce­si­tan de los co­cos que vie­nen y van a la co­ci­na.

Aque­llos es­tán pre­sen­tes en re­cep­cio­nes y bien­ve­ni­das. El ma­ma­jua­na lo es­tá en la bo­ca de los guías tu­rís­ti­cos. En la mez­cla de ron, raí­ces ma­ce­ra­das, vino y miel, ase­gu­ran los do­mi­ni­ca­nos, se es­con­de el ma­yor afro­di­sía­co na­tu­ral de la zo­na del Ca­ri­be. Ha­blan del li­cor na­cio­nal a re­cién ca­sa­dos y gru­pos de ami­gos que pro­lon­gan, an­tes de la bo­da, la sol­te­ría. Aquí los ni­ños no sue­len lle­gar. En ho­tel de TRS, el car­tel de ' so­lo adul­tos' cuel­ga de la puer­ta.

UN ORI­GEN DE PE­LÍ­CU­LA

En Pun­ta Ca­na, a me­nos de una ho­ra en co­che, los ni­ños pue­den agi­tar­se sin lla­mar la aten­ción. En sus re­sorts, gran­des co­mo ciu­da­des de pro­vin­cias pe­que­ñas, con ca­pa­ci­dad pa­ra mi­lla­res y con más de una de­ce­na de res­tau­ran­tes en el in­te­rior de los re­cin­tos, las fa­mi­lias pa­sean de la pis­ci­na a la me­sa. La cin­ta en la mu­ñe­ca or­de­na la pre­pa­ra­ción de cóc­te­les, ma­sa­jes te­ra­péu­ti­cos y ce­nas de orí­ge­nes in­ter­na­cio­na­les. Ni si­quie­ra pa­ra lle­gar al spa se ne­ce­si­ta ca­mi­nar. Un co­che­ci­to re­co­ge a los hués­pe­des y, co­mo en el ca­so del Grand Pa­lla­dium, los de­ja en la puer­ta del bal­nea­rio. Sus múscu­los hoy los mo­ve­rán otros. El ejer­ci­cio del día con­sis­te en qui­tar­se la ro­pa.

Frank Rai­nie­ri lo ha­bía vis­to an­tes. Ha­bía leí­do que en Puer­to Va­llar­ta, en Mé­xi­co, un es­tu­dio de ci­ne pla­nea­ba la cons­truc­ción de un gi­gan­tes­co edi­fi­cio que, tras el ro­da­je de una pe­lí­cu­la que te­nían en­tre ma­nos, con­ver­ti­rían en ho­tel. Le gus­tó la idea. Es­tu­dia­ba Cien­cias Em­pre­sa­ria­les y aca­ba­ba de com­pren­der que los des­ti­nos tu­rís­ti­cos se crean. A prin­ci­pios de los años 70, an­tes de cum­plir la trein­te­na, el pri­mer ho­tel de Pun­ta Ca­na ha­bía si­do cons­trui­do. So­lo ha­bía ne­ce­si­ta­do con­ven­cer a unos in­ver­so­res es­ta­dou­ni­den­ses pa­ra que se arries­ga­ran con él. Com­pra­ron el te­rreno por 250.000 dó­la­res. Las hec­tá­reas ya te­nían nom­bre. Los in­dí­ge­nas las lla­ma­ban Yau­ya. Él lo re­es­cri­bió. Vein­te años más tar­de, Ós­car de la Ren­ta y Ju­lio Igle­sias se su­ma­ron al ne­go­cio. Hoy, los ho­te­les, el ae­ro­puer­to y los cam­pos de golf de Rai­nie­ri fac­tu­ran 5.200 mi­llo­nes de dó­la­res. Di­ce que a lo lar­go de 2020 se re­ti­ra­rá del pro­yec­to. Sus hi­jos ya tie­nen las ma­nos en la ma­sa.

SA­LI­DAS CONTROLADA­S

Una que per­ma­ne­ce­rá de­trás de las mu­ra­llas co­lor me­lo­co­tón. En los com­ple­jos tu­rís­ti­cos, las ex­cur­sio­nes in­di­vi­dua­les al ex­te­rior se des­alien­tan. La se­gu­ri­dad so­lo es­tá ga­ran­ti­za­da tras las pa­re­des. In­clu­so los tra­ba­ja­do­res vi­ven pro­te­gi­dos por ellas. Las sa­li­das de­ben ser con­cer­ta­das.

La que lle­va a is­la Sao­na atra­pa so­li­ci­tu­des co­mo si so­lo el nom­bre las as­pi­ra­ra. Des­de la zo­na de Al­ta­gra­cia, el área de Cap y Pun­ta Ca­na, las alar­mas de unos 2.000 des­per­ta­do­res se in­fil­tran a dia­rio en el pe­rio­do va­ca­cio­nal. De­ben lle­var a sus due­ños al desa­yuno pa­ra que, con el es­tó­ma­go lleno, via­jen fres­cos al puer­to de Ba­yahi­be. Un ca­ta­ma­rán los es­pe­ra pa­ra ha­cer bu­ceo y ver es­tre­llas de mar. La im­pun­tua­li­dad del ama­ne­cer lo­gra que an­tes de las on­ce de la ma­ña­na el al­cohol ha­ya to­ca­do el fon­do de los va­sos sin que nin­gu­na ce­ja se enar­que a cam­bio. En el bar­co, la fru­ta na­tu­ral lle­ga has­ta la proa mien­tras el ayu­dan­te del ca­pi­tán, con pe­lliz­cos de sánd­wich, jue­ga a chin­char a las ga­vio­tas, aten­tas a las mi­gas co­mo un pe­rro a un bu­me­rán. Más de me­dio mi­llón de ex­tran­je­ros al año ras­pa los par­ches de azul klein y tur­que­sa que te­jen el mar Ca­ri­be. En las em­bar­ca­cio­nes cer­ca­nas, l a ba­cha­ta se sal­tea con re­gue­tón. Sue­na sua­ve y pe­ga­jo­so. Co­mo pa­san las ho­ras cuan­do se ha­ce na­da.

Al buen tiem­po Du­ran­te me­dio año, en­tre ju­nio y di­ciem­bre, la tem­po­ra­da de ci­clo­nes en­ca­po­ta el cie­lo de la Re­pú­bli­ca Do­mi­ni­ca­na. Ca­si a dia­rio, los re­lám­pa­gos ara­ñan el cie­lo y, tras la apa­ri­ción de ri­gor, se es­fu­man y de­jan pa­sar al sol.

Te­rreno are­no­so En is­la Sa­moa y en Cap Ca­na, frag­men­tos de co­ral al­fom­bran la ori­lla. Aún en el agua, las es­tre­llas de mar su­fren las aho­ga­di­llas cons­tan­tes de los tu­ris­tas, en bus­ca de una fo­to. Sa­car­las del mar pue­de as­fi­xiar­las.

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