Des­cu­bri­mien­tos Packard Eight, Peu­geot 404, Fiat Moretti…

Motor Clásico - - SUMARIO - POR FRAN­CIS­CO CA­RRIÓN

Es real­men­te inusual en­con­trar un vehícu­lo co­mo es­te en Es­pa­ña y a día de hoy. Pri­me­ro, por­que Packard fue una mar­ca con muy po­cas ven­tas en nues­tro país en los años 30. Se­gun­do, por­que co­rres­pon­de a la du­ra épo­ca de la con­tien­da ci­vil y post­gue­rra española, en las que es­tos gran­des hai­gas nor­mal­men­te fue­ron muy mal­tra­ta­dos. Ge­ne­ral­men­te ter­mi­na­ron en los años 50 y 60 con­ver­ti­dos en ta­xis ru­ra­les, au­tén­ti­cos mi­cro­bu­ses do­ta­dos de mo­to­res die­sel Ð no ori­gi­na­les y de fa­bri­ca­ción na­cio­na­lÐ , gran­des ba­cas y va­rias fi­las de asien­tos en su in­te­rior. Sin em­bar­go, es­te im­po­nen­te Packard Eight de 1938 es­tá to­tal y ab­so­lu­ta­men­te ori­gi­nal Ð con la úni­ca ex­cep­ción de los in­ter­mi­ten­tes de­lan­te­ros, de los años 50 o 60Ð y ha per­ma­ne­ci­do en ma­nos de la fa­mi­lia que lo es­tre­nó des­de que era nue­vo has­ta ha­ce un par de me­ses. Con­cre­ta­men­te, co­rres­pon­de a la «ga­ma ba­ja» Ð en­tién­da­se el en­tre­co­mi­lla­doÐ que ha­bía si­do pre­sen­ta­da en 1935 con la de­no­mi­na­ción de Packard 120, do­ta­da de mo­to­res de 8 ci­lin­dros en lí­nea.

Es­tu­vie­ron en pro­duc­ción has­ta 1941, pe­ro jus­to en 1938 des­apa­re- cie­ron del ca­tá­lo­go. Y no es que se de­ja­ran de fa­bri­car; tan só­lo es que ese año, además del re­di­se­ño de las ca­rro­ce­rías, pa­sa­ron a de­no­mi­nar­se según el nú­me­ro de ci­lin­dros. Así, es­te co­che es un Packard Eight de 1938, aun­que ya el año si­guien­te la mar­ca vol­vió a re­cu­pe­rar la de­no­mi­na­ción 120. Esta uni­dad fue ad­qui­ri­da en Portugal por una fa­mi­lia de ban­que­ros y ga­na­de­ros sal­man­ti­nos y se ma­tri­cu­ló allí. La ma­trí­cu­la cha­rra que aho­ra lu­ce es de 1945, por lo que de­bió cir­cu­lar con pla­cas por­tu­gue­sas has­ta esa fe­cha. El co­che tu­vo un uso cui­da­do y re­si­dual has­ta los años 60, cuan­do fue arrin­co­na­do en un ga­ra­je del cen­tro de Sa­la­man­ca acom­pa­ña­do de otros au­to­mó­vi­les de la ta­lla de un Rolls-Roy­ce. Ha­ce una déca­da más o me­nos fue tras­la­da­do des­de allí has­ta el gal­pón don­de aho­ra ha apa­re­ci­do so­bre unos ta­cos.

Su es­ta­do de con­ser­va­ción es en­vi­dia­ble, pues es­tá to­tal­men­te li­bre de óxi­do y la pin­tu­ra ori­gi­nal, a ex­cep­ción de al­gu­nos des­con­cho­nes en las ale­tas del la­do iz­quier­do, es sal­va­ble. El in­te­rior ha su­fri­do el ata­que de los roe­do­res, pe­ro el res­to so­lo ne­ce­si­ta una lim­pie­za y pues­ta a pun­to pa­ra vol­ver a cir­cu­lar.

A sal­vo. El clima seco del cen­tro pe­nin­su­lar y la es­tan­cia en ga­ra­je han per­mi­ti­do su inusual con­ser­va­ción. Sin em­bar­go, los roe­do­res han aca­ba­do con el ta­pi­za­do in­te­rior.

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