La sa­ga Bi­tur­bo

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Cuan­do llegó al mer­ca­do, en 1982, el Bi­tur­bo era un co­che ma­lo en el sen­ti­do más am­plio de la pa­la­bra. El pe­rio­do y los re­cur­sos de­di­ca­dos al desa­rro­llo fue­ron es­ca­sos, pre­sen­ta­ba pro­ble­mas de con­cep­ción y de fa­bri­ca­ción. Su pre­cio era ini­cial­men­te muy ba­jo con re­la­ción a sus pres­ta­ciones, se ven­dió muy bien y eso fue fa­tal pa­ra la cre­di­bi­li­dad de la mar­ca. Sí, co­rría mu­cho, siem­pre que no se es­tro­pea­ra. Y, si el sue­lo no era per­fec­to, al ace­le­rar no iba de­re­cho ni den­tro de un tu­bo. En Es­pa­ña, al­gún mal­va­do acu­ñó el tér­mino «Cha­ta­rra­ti».

Con el tiem­po se fue­ron so­lu­cio­nan­do los pro­ble­mas, es­pe­cial­men­te cuan­do el Bi­tur­bo to­mó el nom­bre 228 (en 1987) y des­pués 222. Hoy hay en­tu­sias­tas de es­te mo­de­lo que in­clu­so ate­so­ran con ca­ri­ño su Bi­tur­bo de pri­me­ra ge­ne­ra­ción. Si se pre­sen­tan in­con­ve­nien­tes, co­mo los que crea la ins­ta­la­ción eléc­tri­ca, se los to­man con pa­cien­cia e in­clu­so con hu­mor. Eso es otra co­sa bue­na de te­ner un clá­si­co, los cri­te­rios ra­cio­na­les no son ne­ce­sa­rios pa­ra com­prar uno y dis­fru­tar con él.

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