En­tre­vis­ta: Váz­quez-Fi­gue­roa

Muy Historia - - SUMARIO - FER­NAN­DO COHNEN PE­RIO­DIS­TA

En su nue­va no­ve­la, Ba­ja­mar, des­ve­la có­mo fue la re­pre­sión en Ca­na­rias tras el gol­pe de Es­ta­do fran­quis­ta del 18 de ju­lio de 1936. ¿La gue­rra se co­bró mu­chas vi­das en las is­las?

Mu­chí­si­mas, pe­ro nun­ca pu­die­ron ser cuan­ti­fi­ca­das. Las víc­ti­mas des­apa­re­cían en el fon­do del mar, por­que las sa­ca­ban de no­che de los cam­pos de con­cen­tra­ción con el fin de dar­les “el cha­pu­zón fi­nal”. Hay que te­ner en cuen­ta que en Ca­na­rias las cos­tas caen en ver­ti­cal has­ta cien­tos de me­tros: re­sul­ta im­po­sibw­le en­con­trar cuer­pos den­tro de sa­cos las­tra­dos con pie­dras. De ese modo, no ha­bía san­gre ni rui­do de dis­pa­ros. Al­go se­me­jan­te a lo que hi­zo años más tar­de la dic­ta­du­ra ar­gen­ti­na con los “Vue­los de la muer­te” arro­jan­do a los pre­sos al océano des­de el ai­re, pe­ro en es­te ca­so con pe­que­ñas lan­chas en lu­gar de avio­nes.

Imagino que se­rá muy di­fí­cil en­con­trar sus res­tos. ¿Se ha in­ten­ta­do?

Se ha in­ten­ta­do con los que se ha­bían arro­ja­do a po­zos y si­mas de zo­nas del in­te­rior de las is­las que no te­nían fá­cil ac­ce­so al mar. Pe­ro se han en­con­tra­do muy po­cos cuer­pos, pe­se a que aho­ra las fa­mi­lias de los re­pre­sa­lia­dos es­tán in­sis­tien­do pa­ra que se in­ves­ti­gue más a fon­do. Por suer­te, la ma­yo­ría de cuan­tos co­me­tie­ron tan ver­gon­zo­sos y co­bar­des crí­me­nes ya es­tán muer­tos.

¿Se ins­pi­ró en su his­to­ria fa­mi­liar?

Es una no­ve­la, pe­ro for­ma par­te de mi his­to­ria fa­mi­liar por­que, efec­ti­va­men­te, mi ma­dre y mis tíos na­cie­ron en el faro de is­la de Lo­bos, un is­lo­te de­sér­ti­co en­tre Lan­za­ro­te y Fuer­te­ven­tu­ra. Se cria­ron allí y lue­go, ya ado­les­cen­tes, se tras­la­da­ron a Te­ne­ri­fe y Las Pal­mas, don­de años más tar­de les sor­pren­dió el gol­pe de Es­ta­do y su­frie­ron co­mo po­cos las con­se­cuen­cias de no ser con- si­de­ra­dos fas­cis­tas. Sa­bi­do es que, en aque­llos tiem­pos, o eras fas­cis­ta o rojo. No se acep­ta­ba la neu­tra­li­dad. Es­pa­ña fue neu­tral en dos gue­rras mun­dia­les, pe­ro no se per­mi­tió a los es­pa­ño­les ser neu­tra­les du­ran­te la su­ya pro­pia.

Us­ted cuen­ta en el libro la ham­bru­na que se pa­de­ció en las is­las y la can­ti­dad de ga­tos que ter­mi­na­ron en las ca­zue­las fa­mi­lia­res...

Yo es­ta­ba a pun­to de na­cer, mi ma­dre ne­ce­si­ta­ba ali­men­tar­me y se co­mió to­dos los ga­tos de la ve­cin­dad, pues­to que mi abue­lo, mi tío y mi pa­dre es­ta­ban en un cam­po de con­cen­tra­ción. Por suer­te, vi­vía­mos fren­te a la pla­za de to­ros, que lle­va­ba años aban­do­na­da, y los ga­tos abun­da­ban. Du­ran­te su in­fan­cia en el faro, en la Pri­me­ra Gue­rra Mun­dial, mi ma­dre se ha­bía acos­tum­bra­do a co­mer­se cual­quier co­sa, y al pa­re­cer le gus­ta­ban más los ga­tos que los la­gar­tos. A mí de pe­que­ño me lla­ma­ban “El Ga­to”, y pre­fie­ro que me aca­ri­cien a tum­bar­me so­bre una ro­ca a que me ca­lien­te el sol.

Por lo que us­ted des­ve­la en la no­ve­la, prác­ti­ca­men­te to­da su fa­mi­lia su­frió la re­pre­sión fran­quis­ta.

Co­mo le he di­cho, mi abue­lo, mi pa­dre y mi tío fue­ron en­car­ce­la­dos de in­me­dia­to. Mi abue­lo pa­só trein­ta años exi­lia­do en Mé­xi­co, mis pa­dres, mi her­mano y yo sie­te años de­por­ta­dos en Ma­rrue­cos, y mi tío seis años en cam­pos de con­cen­tra­ción. To­da la fa­mi­lia que­do des­mem­bra­da y des­trui­da. Des­de aquel fa­tí­di­co 18 de ju­lio de 1936 has­ta hoy, ja­más vol­vió a re­unir­se. Y son 82 lar­gos años...

¿Fue su pa­dre quien le con­tó la odi­sea fa­mi­liar que aho­ra re­la­ta?

La ma­yor par­te de esa odi­sea la vi­ví per­so­nal­men­te, por­que des­de que tu­ve uso de ra­zón los maes­tros y alum­nos del co­le­gio en Te­tuán me re­cor-

da­ban que yo era un “rojo”, hi­jo de ro­jos de­por­ta­dos a Ma­rrue­cos.

En la no­ve­la cuen­ta la his­to­ria de Bernardo Ríos, un per­so­na­je que pu­do es­ca­par del cam­po de pri­sio­ne­ros de Vi­lla Cis­ne­ros. ¿ Ese per­so­na­je se ins­pi­ra en su abue­lo?

Sí; era mi abue­lo, Jo­se Rial, fa­re­ro, es­cri­tor y uno de los “pi­ra­tas” que asal­ta­ron el Vie­ra y el Cla­vi­jo pa­ra evi­tar que los fu­si­la­ran los fas­cis­tas. Es­tan­do en Vi­lla Cis­ne­ros y sa­bien­do que los eje­cu­ta­rían, asal­ta­ron el bar­co co­rreo y hu­ye­ron a Se­ne­gal, des­de don­de mi abue­lo se fue a Fran­cia, y de allí pa­só a Va­len­cia con el fin de de­fen­der a la Re­pú­bli­ca. Al aca­bar la gue­rra, se mar­chó a Mé­xi­co, don­de vi­vió ca­si trein­ta años acu­sa­do por los fas­cis­tas de “pi­ra­te­ría”. La ver­dad es que siem­pre me ha pa­re­ci­do muy

di­ver­ti­do y exó­ti­co eso de te­ner un abue­lo pi­ra­ta, pe­se a que no tu­vie­ra pa­ta de pa­lo ni par­che en el ojo. En reali­dad, era bas­tan­te mio­pe.

¿ Por qué mo­ti­vo se tras­la­dó us­ted a vi­vir al Sáha­ra?

A mis pa­dres, a mi her­mano y a mí nos de­por­ta­ron a co­mien­zos del año 1937. Yo te­nía unos cin­co me­ses. Años des­pués, cuan­do mu­rió mi ma­dre y mi pa­dre se con­ta­gió de tu­bercu­losis, lo in­ter­na­ron en un sa­na­to­rio y me fui a vi­vir con un tío al Sáha­ra. Hoy en día, la en­fer­me­dad más cruel, el cáncer, no im­pi­de que los fa­mi­lia­res com­par­tan su vi­da con el en­fer­mo, que se en­cuen­tra que­ri­do y arro­pa­do en to­do mo­men­to. Sin em­bar­go, en aque­llos tiem­pos los tí­si­cos de­bían ser ale­ja­dos por el con­ta­gio. Exis­tía un gran ne­go­cio: el de las clí­ni­cas an­ti­tu­bercu­losas pri­va­das, don­de los ricos pa­ga­ban pa­ra ais­lar a sus en­fer­mos, y a esas clí­ni­cas no les in­tere­sa­ba ni que el pa­cien­te mu­rie­ra ni que se cu­ra­ra. Si es­ta­ban sa­nos o mo­rían no pro­du­cían be­ne­fi­cios. En­fer­mos, sí. En la no­ve­la, hay una fra­se que me gus­ta es­pe­cial­men­te: “Los hom­bres na­cen, cre­cen, mue­ren y se co­rrom­pen. Los go­bier­nos na­cen, cre­cen, se co­rrom­pen y mue­ren”. Es el prin­ci­pal pro­ble­ma del mun­do.

¿Es cier­to que en el de­sier­to su fa­mi­lia te­nía un es­cla­vo?

Te­nía­mos un sir­vien­te se­ne­ga­lés lla­ma­do Sui­lem, que ha­bía si­do es­cla­vo has­ta tres años an­tes pe­ro ha­bía con­se­gui­do com­prar su li­ber­tad a cam­bio de mu­cho tra­ba­jo ex­tra. Mi tío le pres­tó qui­nien­tas pe­se­tas pa­ra que pu­die­ra com­prar la li­ber­tad de su fu­tu­ra es­po­sa, que se­guía sien­do es­cla­va. Y eso ocu­rría en un pro­tec­to­ra­do es­pa­ñol de los años cua­ren­ta, y a la vis­ta y con el be­ne­plá­ci­to del co­ro­nel que man­da­ba en el fuer­te y el cu­ra ca­pe­llán.

¿ Có­mo re­cuer­da us­ted su ado­les­cen­cia en el de­sier­to?

Ex­tra­ña pa­ra un ni­ño, pe­ro apa­sio­nan­te. Mi re­la­ción con los be­dui­nos, so­bre to­do con los tua­regs, me mar­có pa­ra el res­to de mi vi­da y, años mas tar­de, hi­zo que es­cri­bie­ra mis me­jo­res li­bros.

En los años cincuenta, via­jó a Ma­drid a es­tu­diar Pe­rio­dis­mo. ¿Có­mo era la vi­da en la ca­pi­tal del fran­quis­mo?

La vi­da de un es­tu­dian­te de Pe­rio­dis­mo en el Ma­drid de me­dia­dos de los cincuenta era de ham­bre, frío y ca­la­mi­da­des. Vi­vía en un só­tano y so­lo te­nía una mu­da de ro­pa, pe­ro los do­min­gos te­nía de­re­cho a un hue­vo fri­to y un chus­co de pan, y eso ya era mu­cho vi­nien­do de una vi­da de per­se­cu­ción y de­por­ta­cio­nes. Ya no era un “ni­ño rojo”, era un “es­tu­dian­te rojo” y, sin pre­ten­der­lo, me ha­bía pues­to a la mo­da.

¿Qué re­cuer­da de su ac­ti­vi­dad co­mo co­rres­pon­sal de gue­rra? ¿ Le atraía esa par­ce­la pe­rio­dís­ti­ca?

Fue una épo­ca her­mo­sa, vi­va y apa­sio­na­da, que me en­se­ñó par­te de lo que que­ría sa­ber so­bre los se­res hu­ma­nos. Eran las ex­pe­rien­cias que me fal­ta­ban pa­ra in­ten­tar con­ver­tir­me en un gran es­cri­tor, pe­ro a la vis­ta de los re­sul­ta­dos es­tá cla­ro que con las ex­pe­rien­cias no bas­ta... El ver­da­de­ro ta­len­to pue­de dar­se en gen­te sin ex­pe­rien­cia, pe­ro la ex­pe­rien­cia no sus­ti­tu­ye al au­tén­ti­co ta­len­to... ¡Lás­ti­ma!

Los go­bier­nos na­cen, cre­cen, se co­rrom­pen y mue­ren. A mi en­ten­der, es el prin­ci­pal pro­ble­ma del mun­do

En un es­ce­na­rio bé­li­co, la muer­te siem­pre ace­cha. ¿Sin­tió mie­do?

Si sien­tes mie­do, es me­jor que te de­di­ques a otra co­sa. Lo im­por­tan­te era con­ser­var la cal­ma pa­ra evi­tar que te vo­la­ran la ca­be­za. Hay quien opi­na que a los co­rres­pon­sa­les de gue­rra nos gus­ta­ban las descargas de adre­na­li­na de los mo­men­tos de pe­li­gro, pe­ro si una gue­rra es lar­ga no hay cuer­po que aguan­te tan­ta adre­na­li­na. Tan so­lo era un tra­ba­jo.

Us­ted es un au­tor muy pro­lí­fi­co, que ha pu­bli­ca­do más de no­ven­ta obras ( mu­chas de ellas lle­va­das al ci­ne). ¿Qué le que­da por es­cri­bir?

Aho­ra es­toy lia­do con la his­to­ria del pin­tor de la cue­va de Al­ta­mi­ra, que sin más que una an­tor­cha, un pe­da­zo de car­bón y un po­co de co­lo­ran­te reali­zó una obra que, se­gún Pa­blo Pi­cas­so, na­die ha si­do ca­paz de su­pe­rar en más de quin­ce mil años. Las his­to­rias so­bran, lo que me fal­ta­rá es tiem­po pa­ra con­tar­las.

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