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EL AGUA QUE LLE­NA UNA TU­BE­RÍA CE­RRA­DA SE CON­GE­LA POR EFEC­TO DEL NI­TRÓ­GENO LÍ­QUI­DO, CRE­CE EN VO­LU­MEN Y RE­VIEN­TA EL ME­TAL. ES­TE FE­NÓ­MENO NOS SIR­VE PA­RA CO­NO­CER UN PRO­CE­SO BÁ­SI­CO DE LA FÍ­SI­CA.

Muy Interesante - - SUMARIO -

Es­te mes usa­mos un ele­men­to muy co­mún que se com­por­ta de ma­ne­ra po­co ha­bi­tual cuan­do ba­ja mu­cho su tem­pe­ra­tu­ra: el agua. Al con­ge­lar­se, pa­sa del es­ta­do lí­qui­do al só­li­do, una trans­for­ma­ción que au­men­ta su vo­lu­men y dis­mi­nu­ye su den­si­dad. Es al­go ex­cep­cio­nal en

MA­TE­RIA­LES

- Co­do o tu­be­ría de una pul­ga­da de diá­me­tro - Dos ta­po­nes cie­gos - Te­flón - Un re­ci­pien­te con agua - Alicates de pi­co de loro - Re­ci­pien­te de po­rex­pán - Ni­tró­geno lí­qui­do - Pin­zas - Guan­tes y más­ca­ra de pro­tec­ción tér­mi­ca los lí­qui­dos. En la ma­yo­ría –acei­tes y al­coho­les in­clui­dos–, tal cam­bio de es­ta­do im­pli­ca que las mo­lé­cu­las se or­de­nen de ma­ne­ra más com­pac­ta, lo que in­cre­men­ta la den­si­dad y re­du­ce el vo­lu­men. En el agua, co­mo en el áci­do acé­ti­co y el ga­lio en es­ta­do lí­qui­do, su­ce­de lo con­tra­rio.

La ex­pli­ca­ción es sen­ci­lla: al con­ge­lar­se, las mo­lé­cu­las de hi­dró­geno y oxí­geno que la com­po­nen se or­de­nan for­man­do una red he­xa­go­nal que ocu­pa más es­pa­cio que cuan­do se en­con­tra­ban en es­ta­do lí­qui­do. El re­sul­ta­do es que el hielo po­see una den­si­dad en­tre un 8 % y un 10 % me­nor que en aquel es­ta­do. El efec­to sal­ta a la vis­ta: un cu­bi­to flo­ta en el va­so de agua, y una bo­te­lla de plás­ti­co lle­na de agua se hin­cha cuan­do es­ta se con­ge­la.

PRE­SIÓN BRU­TAL

En es­te ex­pe­ri­men­to uti­li­za­mos un tra­mo de tu­be­ría de hie­rro que so­por­ta pre­sio­nes de has­ta 25 ba­res, es de­cir, de al­go más de 25 ki­lo­gra­mos por cen­tí­me­tro cua­dra­do. Al su­mer­gir­lo en ni­tró­geno lí­qui­do a -195 ºC, el agua de su in­te­rior se con­ge­la, se ex­pan­de y quie­bra el me­tal. Si el frío es in­ten­so, es­te fe­nó­meno tam­bién su­ce­de en las tu­be­rías de las ca­sas, por ejem­plo. Por eso no sue­len de­jar­se ex­pues­tas al ex­te­rior: se aís­lan con co­qui­llas o se ha­ce que cir­cu­le por ellas un pe­que­ño hi­lo de agua du­ran­te la noche.

En la na­tu­ra­le­za, es­te he­cho re­ci­be el nom­bre de ge­li­frac­ción, y pue­de ob­ser­var­se en los lu­ga­res en los que las tem­pe­ra­tu­ras caen muy brus­ca­men­te por de­ba­jo de los 0 ºC. El agua que se fil­tra en las grie­tas y agu­je­ros de mon­ta­ñas y ro­cas y que­da atra­pa­da pro­du­ce enor­mes ten­sio­nes al con­ge­lar­se y ex­pan­dir su vo­lu­men. Es­tas son tan gran­des que pue­den lle­gar a rom­per las pie­dras.

BUENO PA­RA LOS PE­CES

Aun­que en la ma­yo­ría de los ca­sos es­te fe­nó­meno re­sul­ta des­truc­ti­vo, en el mar y otras gran­des ma­sas de agua pre­ser­va la vi­da. Cuan­do se con­ge­la un la­go, por ejem­plo, lo ha­ce en su su­per­fi­cie; el agua de las zo­nas más pro­fun­das que­da ais­la­da y se man­tie­ne lí­qui­da. Si el agua só­li­da fue­ra más den­sa que en es­ta­do lí­qui­do, el hielo se hun­di­ría y la fau­na ma­ri­na pe­re­ce­ría. A ve­ces, las co­sas más co­mu­nes son las más ex­tra­or­di­na­rias. Y co­mo las per­so­nas ex­pues­tas a con­di­cio­nes ex­tre­mas, nos ofre­cen re­sul­ta­dos sor­pren­den­tes.

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