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UN SOPLADOR DE HO­JAS Y UN BA­LÓN DE PLA­YA NOS SIR­VEN PA­RA ECHAR­LE UN PUL­SO A LA GRA­VE­DAD Y DERROTARLA MO­MEN­TÁ­NEA­MEN­TE.

Muy Interesante - - SUMARIO -

MA­TE­RIA­LES

- Un soplador de ho­jas. - Una pe­lo­ta de pla­ya o, en su de­fec­to, un glo­bo con una mo­ne­da en su in­te­rior.

Una fuer­za fí­si­ca que se opon­ga con su­fi­cien­te brío a la gra­ve­dad. Es lo úni­co que se ne­ce­si­ta pa­ra que un ob­je­to se ele­ve en el es­pa­cio. Así su­ce­de, por ejem­plo, con los glo­bos ae­ros­tá­ti­cos, que as­cien­den gra­cias a una fuer­za que los em­pu­ja en vir­tud del prin­ci­pio de Ar­quí­me­des: “Un cuer­po to­tal o par­cial­men­te su­mer­gi­do en un flui­do en re­po­so, ex­pe­ri­men­ta un em­pu­je ver­ti­cal ha­cia arri­ba igual al pe­so de la ma­sa del vo­lu­men del cuer­po que se des­alo­ja”. Un glo­bo se re­lle­na con he­lio o ai­re ca­lien­te, flui­dos me­nos den­sos que el ai­re ex­te­rior. Esa di­fe­ren­cia de den­si­dad ha­ce que sur­ja el em­pu­je ver­ti­cal que per­mi­te que el glo­bo flo­te.

UN EFEC­TO DE DI­SE­ÑO

Nues­tra pe­lo­ta de pla­ya pa­re­ce le­vi­tar im­pul­sa­da por una fuer­za in­vi­si­ble que no es más que el cho­rro de ai­re que sa­le de un soplador de ho­jas. Lo más sor­pren­den­te es que, aun­que in­cli­ne­mos el apa­ra­to y lo pon­ga­mos en un án­gu­lo de 45 gra­dos res­pec­to al sue­lo, el ba­lón si­gue la co­rrien­te y no cae al sue­lo. Es­te de­sa­fío a la gra­ve­dad es po­si­ble gra­cias al efec­to Coan­da, un fe­nó­meno fí­si­co muy te­ni­do en cuen­ta en el di­se­ño ae­ro­di­ná­mi­co de avio­nes, co­ches o hé­li­ces.

El pri­me­ro en se­ña­lar su exis­ten­cia fue el cien­tí­fi­co bri­tá­ni­co Tho­mas Young, en 1800. Ya en 1910, el in­ge­nie­ro ru­mano Hen­ri Coan­da lo des­cri­bió con pre­ci­sión gra­cias a sus prue­bas con los pri­me­ros pro­to­ti­pos de ae­ro­pla­nos. ¿En qué con­sis- te? Un flui­do lí­qui­do o ga­seo­so en mo­vi­mien­to es atraí­do por las su­per­fi­cies con las que en­tra en con­tac­to. La cau­sa prin­ci­pal es la vis­co­si­dad del flui­do, es de­cir, su re­sis­ten­cia a fluir de­bi­da al ro­za­mien­to en­tre sus mo­lé­cu­las. En nues­tro ex­pe­ri­men­to, cuan­do las mo­lé­cu­las del ai­re del soplador im­pac­tan con la pe­lo­ta de pla­ya, se des­vían pa­ra sor­tear­la, pe­ro la vis­co­si­dad del ai­re ha­ce que mu­chas se ad­hie­ran al plás­ti­co y creen una fi­ní­si­ma lá­mi­na que si­gue el con­torno del ba­lón. Si el flu­jo no es caó­ti­co, las su­ce­si­vas par­tí­cu­las ge­ne­ra­rán nue­vas lá­mi­nas pa­ra­le­las a la pri­me­ra que se su­ma­rán co­mo las ca­pas de una ce­bo­lla. Re­sul­ta­do: el ai­re man­tie­ne la pe­lo­ta den­tro de su cho­rro aun­que in­cli­ne­mos ha­cia aba­jo el soplador.

NO HAY QUE FIAR­SE DE LA IN­TUI­CIÓN

A pe­sar de que el prin­ci­pio fí­si­co es cla­ro, tu­vi­mos que pro­bar con dis­tin­tos so­pla­do­res y pe­lo­tas has­ta en­con­trar la pa­re­ja que fun­cio­na­ba me­jor. Al fi­nal di­mos con la te­cla y lo­gra­mos mo­ver la pe­lo­ta con el flu­jo de ai­re ca­si a nues­tro an­to­jo. El re­sul­ta­do es po­co in­tui­ti­vo y sor­pren­de, pe­ro no hay ma­gia de­trás. So­lo cien­cia.

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