Muy Interesante

Alzhéimer: de la paciente cero hasta nuestros días

- Texto de ALBERTO CORBI BELLOT Profesor e investigad­or de la Universida­d Internacio­nal de La Rioja (UNIR).

No lograr reconocer a tus familiares, ser incapaz de realizar una simple suma o incluso olvidar el paso del tiempo o dónde estás y cómo llegaste allí. El alzhéimer, el tipo de demencia más común en todo el planeta, aísla dentro de su propio cuerpo a quien la sufre. Aunque es cierto que todavía no tiene cura, sí es posible retrasar su avance e intentar vaticinar si la sufriremos en un futuro.

Al examinar al microscopi­o varios cortes histológic­os del cerebro de su paciente, el inolvidabl­e doctor Alzheimer descubrió unas raras malformaci­ones

La enfermedad de Alzheimer, o simplement­e alzhéimer, consiste en un síndrome neurodegen­erativo caracteriz­ado principalm­ente por una pérdida gradual de memoria. Sin embargo, los familiares de las personas afectadas por esta triste enfermedad saben que los síntomas no se detienen ahí. La desorienta­ción permanente, agitación y, en muchas ocasiones, agresivida­d forman parte del día a día. Esto convierte el alzhéimer en un reto no solo para el enfermo que la padece, sino también para las personas en su entorno más inmediato y, por extensión, para la sociedad en su conjunto.

Toda enfermedad tiene un paciente cero. También en el caso del alzhéimer se produjo un primer diagnóstic­o en una persona concreta: la alemana Auguste Deter, que pasó a la historia no por sus acciones y obras, sino por ser oficialmen­te la primera persona que, con una edad tan joven –51 años–, las había olvidado por completo. Y no solamente eso. Al igual que la mayoría de los pacientes que sufren esta patología neurológic­a, Auguste sufría también de violentas alucinacio­nes, estados vegetativo­s intermiten­tes, sueño alterado y episodios de agresivida­d que podían durar horas.

EN NOVIEMBRE DE 1901, SU MARIDO CARL NO PUDO MÁS E INTERNÓ A SU ESPOSA EN UNA INSTITUCIÓ­N MENTAL EN FRÁNCFORT.

Es en este punto cuando entra en escena el doctor Alois Alzheimer. El joven psiquiatra se obsesionó con el caso de Auguste durante los años siguientes y hasta intervino caritativa­mente para que permanecie­ra ingresada pese a los altos costes que implicaban su cuidado y atención. Como en otros tantos enfermos de alzhéimer, la señora Deter falleció por un cese completo y acelerado de las funciones cerebrales. Alois pudo disponer finalmente del cerebro de su paciente –y, presumible­mente, ya amiga– para analizarlo. Al teñir y examinar varios cortes histológic­os al microscopi­o, descubrió unas extrañas y pintoresca­s malformaci­ones jamás antes observadas y que no deberían estar allí. La presencia de estas estructura­s invasoras era la que había causado el cuadro de demencia de Auguste –y eventualme­nte su muerte– que acabaría llevando el nombre de su tenaz descubrido­r: Alzheimer.

Esta ama de casa fue la primera persona diagnostic­ada con (y fallecida por) alzhéimer. Sin embargo, su vida, enfermedad y sufri

miento no fueron en vano. Su muerte representó además una suerte de semilla en la historia de la ciencia que conformó las disciplina­s de la neurología y la psiquiatrí­a tal como las conocemos. Hoy, la investigac­ión relacionad­a con este complejo proceso neurodegen­erativo sigue su curso con rumbo firme con el objetivo de entender por qué lo sufren más de 50 millones de personas. En esta cifra no están representa­dos los familiares de cada enfermo, pues, como en otras situacione­s de dependenci­a, el alzhéimer acaba también afectando seria e irremediab­lemente a la salud y el estado emocional de estos.

A NIVEL MICROSCÓPI­CO, EL ALZHÉIMER ACONTECE PRINCIPALM­ENTE EN LAS SINAPSIS ENTRE DOS CÉLULAS NERVIOSAS.

Durante la charla entre dos neuronas vecinas, se expelen –y reciben– sustancias llamadas neurotrans­misores. Además de estos componente­s, también se segregan proteínas llamadas beta-amiloides. Dichos compuestos tienen la capacidad de apelmazars­e entre ellos, llegando a formar las famosas placas que el doctor Alzheimer observó en el cerebro de Auguste.

Antes de continuar, cabe aclarar que la producción de estas sustancias aglomerant­es no representa en absoluto un fallo en el sistema o un funcionami­ento erróneo del metabolism­o. Todo lo contrario. Las beta-amiloides cumplen una función muy importante: proteger a las neuronas de elementos externos –virus, bacterias, toxinas, etc.–. La forma que tienen de llevarla a cabo es muy parecida a lo que hacen ciertos moluscos cuando detectan un cuerpo extraño en su concha: lo aíslan mediante la formación de una perla. Las proteínas amiloides cumplen una labor similar: enjaulan elementos ajenos al funcionami­ento del sistema nervioso. Quizá también resulte útil comparar esta labor de carcelero a la que se da en las arterias por intercesió­n del colesterol. Hasta cierto punto de producción, esta sustancia biosinteti­zada por nuestro propio cuerpo juega un papel positivo en la salud del sistema sanguíneo; sin embargo, una acumulació­n desbocada puede llevar al colapso de una vía circulator­ia y, en el peor de los casos, a un infarto. A diferencia del colesterol, es mucho más complicado reducir las acumulacio­nes de

Perder las llaves es completame­nte normal; pero si estas aparecen de repente en la nevera es algo que debería ponernos sobre aviso

beta-amiloides una vez que se han producido. Todas estas sustancias de control –mocos, pus, citoquinas, colesterol, etc.– son beneficios­as y pertinente­s en su justa medida, pero eventualme­nte letales si su producción natural tiene lugar de manera desmedida o en un corto espacio de tiempo. De igual manera, la existencia de las beta-amiloides no representa en sí misma ningún problema ni delata ningún proceder defectuoso por parte de nuestro cerebro; es la acumulació­n descontrol­ada de las mismas lo que puede llevar, con los años, a la aparición de un cuadro caracterís­tico de demencia por alzhéimer. Podríamos decir que el cuerpo se va progresiva e ingenuamen­te saboteando a sí mismo. Hasta ese momento, cualquiera de nosotros podría llevar una vida normal en la que incluso sería perfectame­nte comprensib­le algo tan normal como perder las llaves; lo que sí debería ponernos sobre aviso es si, por ejemplo, estas aparecen de repente en la nevera.

¿Y EL ORGANISMO NO HACE NADA? ¿ACASO PERMITE NUESTRO CUERPO ESTE INADVERTID­O AUTOENVENE­NAMIENTO COMO SI TAL COSA?

Para nada. Nuestra salud es el resultado de un cuasi democrátic­o diálogo entre distintos poderes que se contrapesa­n unos con otros. Las células gliales o neuroglias son, entre otras cosas, las encargadas de la limpieza ordinaria de las sinapsis y de digerir estos superávits de beta-amiloide. Sin embargo, cuando esta limpieza no se hace bien, además de acumularse estas perlas cerebrales de manera innecesari­a, comienza también a producirse el apelmazami­ento de otras proteínas llamadas tau, y estas son aún peores.

Pues bien, las láminas beta y las bobinas tau son las dos lesiones principale­s de un cerebro con alzhéimer. Hasta hace poco ha habido un debate en la comunidad científica sobre cuál de los procesos era el más crítico para el desencaden­amiento de un proceso de demencia; sin embargo, hoy ya existe un gran consenso. Por un lado, parece indudable que, de los dos procesos, la generación masiva de proteínas tau juega un papel más importante. Por otro lado, ya se tiene plena evidencia científica de que la acumulació­n de las betaamiloi­des acontece previament­e a la aparición de las tau y de que hay una conexión de causalidad. Esta última certeza nos lleva a afirmar que una intervenci­ón en cualquier parte de la cadena puede ayudar sustancial­mente a ofrecer nuevos –y quizá definitivo­s– tratamient­os para la enfermedad.

A nivel clínico, ocurre algo más sencillo de describir. Podríamos decir que el cerebro

es como un tapiz bien trenzado por miles de millones de neuronas y trillones de conexiones. El tándem beta-amiloide y tau jugaría el papel de un niño travieso que va deshaciend­o este entramado hilo a hilo. Eventualme­nte, este tapete neuronal mostrará una imagen borrosa, otrora bella y bien definida: la laudable, pero olvidada, vida del enfermo de alzhéimer.

¿POR QUÉ UNAS PERSONAS ACABAN DESARROLLA­NDO ESTA ENFERMEDAD Y OTRAS NO?

Por un lado, parecen existir factores genéticos, pero no son definitivo­s. Actualment­e se cree que los procesos de autolimpie­za que comentábam­os antes funcionan –o deberían funcionar– a pleno rendimient­o durante la noche, mientras dormimos. Al parecer, y por distintas razones, la extracción de los excesos de beta-amiloides por parte del sistema glinfático –en el que se integran las células gliales– no se produce con la suficiente fluidez. El sueño profundo actuaría a modo de equipo de limpieza y, o bien no opera con la suficiente diligencia, o bien no le dejamos que lo haga (malos estilos de vida, pocas horas de sueño, etc.). Se ha comprobado experiment­almente que una sola noche de privación de sueño basta para acumular una cantidad respetable de beta-amiloides. Enfermedad­es cardiovasc­ulares, diabetes, adicciones o una vida sedentaria tampoco contribuye­n a propiciar un descanso suficiente­mente reparador durante el cual las glías puedan hacer su labor: barrer el exceso de amiloide.

Esta relación entre sueño y alzhéimer se sustenta sobre firmes evidencias, pero todavía queda mucho por hacer. En España, un equipo de investigac­ión de la Universida­d Internacio­nal de La Rioja (UNIR) ha monitoriza­do el sueño de casi 200 personas con alzhéimer en distintas fases de evolución de la enfermedad con el objetivo de relacionar la forma de dormir con el grado de deterioro cognitivo.

Una vez que una persona ha comenzado a dar síntomas muy iniciales de deterioro cognitivo, tenemos a nuestra disposició­n varias técnicas para dar con la fuente de los mismos. Las herramient­as más básicas son los test de agilidad mental. Existen varios, pero quizá los más reputados son el Miniexamen de Estado Mental (MMSE, por sus siglas en inglés) y la Evaluación Cognitiva de Montreal (MoCA). Esta última prueba evalúa diferentes tipos de habilidade­s cognitivas: orientació­n (fechas, lugares...), memoria a corto plazo (repetición de palabras), función visoespaci­al (dibujo de formas geométrica­s, patrones, etc.), habilidade­s lingüístic­as (repetir frases, listar palabras que empiecen con una letra...), capacidad de abstracció­n (enumerar similitude­s o agrupar por categorías, etc.) y atención (por ejemplo, repetir una serie de números hacia delante y hacia atrás). Por último, se pide a la persona que está siendo evaluada que dibuje un reloj analógico cuyas manecillas marquen una hora concreta.

La siguiente herramient­a de la que disponemos es la imagen médica del cerebro. Esta puede mostrar su metabolism­o, su actividad neurocinét­ica en un espacio de tiempo o una imagen estática en un momento concreto. De todas las modalidade­s relacionad­as con esta disciplina, las dos más usadas en nuestro contexto son la resonancia magnética (MRI) y la tomografía por emisión de positrones (PET). La ventaja que comparten radica en que la imagen se forma gracias a que la ra

 ??  ??
 ??  ?? Según datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN) de 2019, en España padecen esta enfermedad unas 800 000 personas y cada año se diagnostic­an en torno a 40 000 nuevos casos.
Según datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN) de 2019, en España padecen esta enfermedad unas 800 000 personas y cada año se diagnostic­an en torno a 40 000 nuevos casos.
 ??  ?? El psiquiatra y neurólogo alemán Alois Alzheimer (1864-1915) fue el primero en describir, a principios del siglo XX, la grave enfermedad neurodegen­erativa que lleva su nombre.
El psiquiatra y neurólogo alemán Alois Alzheimer (1864-1915) fue el primero en describir, a principios del siglo XX, la grave enfermedad neurodegen­erativa que lleva su nombre.
 ??  ?? La pérdida de las sinapsis, las conexiones entre neuronas, que provoca la deposición de las placas de betaamiloi­de, conduce al deterioro cerebral del enfermo de alzhéimer.
La pérdida de las sinapsis, las conexiones entre neuronas, que provoca la deposición de las placas de betaamiloi­de, conduce al deterioro cerebral del enfermo de alzhéimer.
 ??  ?? Auguste Deter, un ama de casa germana, fue la primera persona a la que se le diagnostic­ó la enfermedad de Alzheimer.
Auguste Deter, un ama de casa germana, fue la primera persona a la que se le diagnostic­ó la enfermedad de Alzheimer.
 ??  ?? Ilustració­n de los procesos que conducen a la formación de placas de beta-amiloide –haces enredados– en las neuronas –en azul–. La acumulació­n descontrol­ada de dichas proteínas es caracterís­tica del alzhéimer.
Ilustració­n de los procesos que conducen a la formación de placas de beta-amiloide –haces enredados– en las neuronas –en azul–. La acumulació­n descontrol­ada de dichas proteínas es caracterís­tica del alzhéimer.
 ??  ??

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain