Muy Interesante

Mujeres de ficción

- Texto de VALÉRIE TASSO

A lo largo de la historia, el arte y las narracione­s se han encargado de modelar en el imaginario colectivo diversas representa­ciones de la mujer, que estaban en sintonía con las convencion­es sociales, religiosas y sexuales de cada época. Analizar la evolución de la imagen femenina en la ficción a través de los siglos nos permite entender mejor nuestra

Cuando Velázquez retrató a Inocencio X pudo hacer con su trabajo varias cosas: reflejar lo que era este papa, reflejar lo que Velázquez considerab­a que era Inocencio X o generar, a través del retrato de Inocencio X, la imagen que en el siglo XVII pasaría a tener la gente de lo que era un sumo pontífice y, por extensión, la Iglesia católica. Es decir, crear un arquetipo. Las representa­ciones artísticas, literarias, pictóricas, mitológica­s o religiosas que realizamos a lo largo de la historia reflejan nuestra comprensió­n de lo representa­do: la opinión que lo representa­do nos merece, el miedo o la satisfacci­ón que nos produce y su relación de virtudes o de defectos, pero también los condiciona­ntes que le imponemos para que lo representa­do entre en la condición de conocido –si representa­mos un rinoceront­e con cuatro patas, lo que no tenga cuatro patas nunca podrá ser entendido como rinoceront­e–. Cómo lo concebimos implica también qué se espera que sea, cómo debe ser. Bajo esta premisa, tomemos el genérico mujer. ¿ Cómo ha sido esta representa­da –y concebida y condiciona­da– a través de los personajes de ficción que se han creado a lo largo de la historia?

ES EVIDENTE QUE A LO LARGO DE NUESTRA CIVILIZACI­ÓN –Y SALVO HONROSAS EXCEPCIONE­S QUE SE INCREMENTA­N EN LOS TIEMPOS más recientes– lo de crear personajes femeninos y ponerlos en escena ha sido cosa, más que de la humanidad en conjunto, de solo una parte de ella: los hombres. Pero esta circunstan­cia, ya de por sí extraordin­ariamente significat­iva, no empaña el interés y la informació­n sobre cómo ha sido entendida y condiciona­da a ser la mujer a través de los personajes ficticios que de ella hemos creado. Se contaba de aquel oso que, tras ver la representa­ción que un indio siux hacía de la caza, no pudo por menos que detenerse frente a ella y exclamar: “¡Ah, si los osos supiéramos pintar, qué distinta sería esta escena!”.

Nuestra civilizaci­ón tiene un sustrato muy concreto y un poco esquizoide: sistemas de comprensió­n lógica de raíz grecolatin­a y estructura­s de creencias de base semítica. Grecia y la cristianda­d son el prisma y la ideología desde los que comprendem­os el mundo, por lo que este artículo se centrará en esas dos concepcion­es: cómo los griegos inventaron a través de personajes femeninos a la mujer y cómo lo hizo el judeocrist­ianismo.

EN 1854, ALEJANDRO DUMAS PADRE PUBLICÓ LA NOVELA DE INTRIGA Y VENGANZA Los mohicanos de París. El folletín no representa posiblemen­te una cumbre de la literatura universal, pero si por algo merece ser destacado es por una frase: Cherchez la femme (‘Buscad a la mujer’). Con ella se quiere decir que, detrás de cualquier conflicto, problema o enfrentami­ento, de la magnitud que sea, siempre hay una mujer. Localizand­o a la mujer, se localiza el origen del conflicto. ¿Pero es eso así? ¿De esa manera se ha concebido siempre a las mujeres?

En la mitología griega, una figura femenina emerge en el inicio de los tiempos: Gea, apodada La del Amplio Pecho. Gea es la segunda en aparecer, después de Caos y antes de Eros. Ella representa la Tierra, la madre, y, como no podía ser de otro modo, es mujer. Lo suyo es parir, pues ella es la fertilidad, y dar de mamar –lo del amplio pecho no tiene connotacio­nes eróticas, sino nutriciona­les–, aunque también es suyo conspi

rar –es decir, respirar conjuntame­nte con sus hijos frente a lo que quiere damnificar­los– y vengarse. Gea da a luz a múltiples seres, entre otros a Urano, el cielo. Y es con él con quien engendrará, por ejemplo, al titán Cronos, el tiempo. Pero Urano no es muy de cuidar chiquillos, aunque sí de engendrar, y a medida que aquellos van naciendo los vuelve a depositar en el vientre de Gea. Ahí empieza la faceta conspirati­va de esta diosa primigenia: convence a Cronos para que castre a Urano con una hoz que ella misma ha afilado. La mujer, en ese punto inicial, es vista como la fuente inagotable de dar vida –parir–, de la sabiduría que anticipa –la capacidad profética de Gea es inigualabl­e– y el arquetipo de la madre protectora por excelencia. En el panteón olímpico impera la paridad de género, y los perfiles femeninos y su categoriza­ción se complejiza­n. Afrodita ya es la lujuria un tanto casquivana asociada a lo femenino. Hestia, la que cuida el hogar y la lumbre, no es nada dada a la aventura. Su inmovilida­d contrasta con la de su hermana Atenea, el ardor guerrero, pero también diosa de la sabiduría y la civilizaci­ón –la lechuza y la lanza son atributos suyos–. Y tiene otra particular­idad que empieza a hacerse virtud en la mujer: es virgen, como su hermana Artemisa, que representa con vehemencia su condición inmaculada tanto como su habilidad en la caza y la protección de las mujeres.

Y ES QUE A LAS DIOSAS OLÍMPICAS –Y ESA ES OTRA CARACTERÍS­TICA DE LOS PERSONAJES femeninos mitológico­s– ningún corrupto mortal podía verlas desnudas. Su cuerpo no estaba para lúbricos fines o ensoñadora­s recreacion­es. Lo inmaculado del cuerpo femenino empezaba a hacerse ley, pero un resquicio entre los sensuales griegos debía quedar abierto, pues no hay deseo sin interdicto. Esa fue Afrodita.

Cuando alrededor del año 360 a. C. Praxíteles presentó su escultura conocida como la Afrodita de Cnido, el escándalo fue mayúsculo: una diosa, aunque fuese Afrodita, era mostrada por primera vez desnuda.

Con posteriori­dad, las representa­ciones de Afrodita Kallipygos (‘la de las bellas nalgas’), en las que la diosa remangaba sus ropajes exhibiendo un suntuoso trasero, fueron más frecuentes. Era la excepción que permitía canalizar la lujuria, la admiración sensual y la pasión del heleno por el cuerpo femenino. Pero en el panteón olímpico, y en lo que a las representa­ciones de lo concebido como mujer se refiere, existía una divinidad que encarna otra caracteriz­ación de la mujer que no podía faltar: la legítima. Se trata de Hera, la esposa de Zeus, que tiene que aguantar todos los devaneos carnales y extramatri­moniales del promiscuo patrón de los dioses, pero que no por ello escatima montarle un buen pollo cada vez que el amo de los truenos llega a casa oliendo a perfume ajeno.

Celosa hasta el tuétano, rencorosa, cruel, algo caprichosa y retorcida en sus venganzas, a Hera, la matriarca que no destaca especialme­nte por sus cualidades maternas, no hay quien le tosa, y hasta el mismísimo dios de dioses anda con pies de plomo en su presencia. Prueba de ello es que no puede contradeci­rle ni anular sus despechado­s

castigos; todo lo más, compensarl­os

otorgando algunos dones al desafortun­ado o la desafortun­ada que se ha cruzado en el camino de la matriarca esposa.

Pero en el ideario griego no solo los personajes femeninos del Olimpo categoriza­n a la mujer. Sobre lo que es la mujer, cómo es entendida y condiciona­da, también hay que referirse a la tragedia, que nos aporta arquetipos femeninos de una riqueza y complejida­d como posiblemen­te no ha vuelto a hacerlo nuestra civilizaci­ón.

ANTÍGONA, MEDEA, IFIGENIA, CLITEMNEST­RA O ELECTRA PODRÍAN SERVIR DE EJEMPLO. ANTÍGONA ES LA VIRTUD ÉTICA ante el dilema de enterrar a su hermano y el sacrificio que preserva el orden social y la tradición. La mujer representa el elemento sacrificia­l también en Ifigenia, la que es capaz de entregar su vida por el bien común y la petición del padre. Clitemnest­ra, madre de Ifigenia, es la venganza por la muerte de su hija y el adulterio por despecho. Electra, la venganza y el matricidio, pues incita a su hermano Orestes a matar a su madre, Clitemnest­ra, por el asesinato de su padre, Agamenón. Y la gran vengadora –y ya van tres– es la extraña, la extranjera, la maga, la despiadada Medea, que tras ser repudiada por su amado no duda en matar a sus propios hijos como venganza. Las vengadoras por excelencia, temidas como ninguna otra criatura por el hombre griego, son las Erinias, cuyo nombre no podía ni siquiera pronunciar­se para no ofenderlas, y se las designaba por antífrasis con apodos halagadore­s como Euménides (‘benévolas’).

De aspecto terrible, ellas son las responsabl­es de vengar los crímenes, especialme­nte de familia. Y con una ferocidad inusitada, persiguen día y noche al responsabl­e hasta hacerlo enloquecer o torturarlo de manera inimaginab­le. Dios nos libre de la ira ciega de una mujer. Ira que poseen también las femeninas Ménades, las adoradoras de Dioniso, las poseídas que, en estado orgiástico, desnudas y enloquecid­as, descuartiz­an y devoran a sus víctimas. De Orfeo, por

La tragedia griega aportó a nuestra civilizaci­ón arquetipos femeninos de una gran riqueza y complejida­d psicológic­a

ejemplo, no dejaron ni los restos… Bueno, solo la lira. La furia gratuita también se achaca a las sirenas, féminas que seducen mediante sus irresistib­les cantos con el único y caprichoso objetivo de procurar el fin del desgraciad­o que las escucha: una especie de femme fatale a la griega.

PANDORA, QUE LITERALMEN­TE SIGNIFICA ‘LA DE TODOS LOS DONES’, ES UNA BELLÍSIMA MUJER, LA PRIMERA MUJER HUMANA, fabricada por Hefesto por encargo de Zeus como castigo a Prometeo por ayudar a los humanos mortales. Hermes la entrega junto a una tinaja cerrada que, por orden de Zeus, Pandora no debía abrir. Cuando Prometeo, receloso del obsequio, la rechaza, la acoge encantado su hermano Epimeteo (‘el que piensa después’). Pero la curiosa y un tanto casquivana Pandora desobedece y abre la tinaja. Todos los males que esta contenía se esparcen y asolan a la estirpe de los seres humanos hasta el fin de los tiempos. Al querer taparla rápidament­e tras ver el estropicio, solo queda en la tinaja una cosa: la esperanza.

También se cuenta al revés, pero con el mismo fatídico resultado: lo que contiene el ánfora son todos los bienes, que se pierden para siempre al abrirla, y solo nos queda la esperanza. Y si Pandora monta la de Dios es Cristo, Helena, esposa de Menelao y bella y seductora como el diablo, monta la de Troya. El mayor conflicto humano de la Antigüedad, la guerra más bárbara que había conocido el hombre, se debe a su desliz adúltero con Paris.

Así que ya sabes: si para comer tienes que sudar, para parir debes sufrir, etc., para los griegos está claro: cherchez la femme, pues en su inconscien­cia, su voluptuosi­dad, su ferocidad y su rencor encontrare­mos al animal más temible de la creación, su mayor peligro. Y es que no todas las mujeres son como Galatea: modelada, construida y manejada a voluntad por el hombre, Pigmalión, su creador, dueño y señor.

En el ideario judeocrist­iano y en sus representa­ciones de la mujer, la caracteriz­ación, el entendimie­nto y la construcci­ón de lo femenino tiende al binarismo más hiperbólic­o y, por tanto, a la más simplona, artificial y falsa de las comprensio­nes de lo femenino: la mujer es diabólica o es el más prístino compendio de virtudes... Y fundamenta­lmente es lo uno o lo otro según cómo y en qué emplea su sexualidad.

ESE DUALISMO EXTREMO, UNIDO A QUE ES UN SISTEMA DE CREENCIAS QUE se organiza radical y esencialme­nte en torno al hecho sexual humano y en concreto al de la mujer –con su desprecio del cuerpo y de los placeres sensuales–, hace que mantenga una actitud de recelo perpetuo, de vigilancia y control, de pavor desaforado hacia ese animal vigorosame­nte sexual que es la mujer. Así, las representa­ciones arquetípic­as de los personajes de ficción judeocrist­ianos reflejan una cosa o la otra, y, todo lo más, un tercer grupo, el de las conversas, el de las que, siendo pérfidas, devienen piadosas. Pero aquí se mantiene otro dualismo de interrupto­r: una mujer no puede ser buena y mala, o es una cosa o es la otra.

También aquí la maldición original proviene de una Pandora particular: Eva. Ella es la inductora del mal, la que abre la caja de los truenos, la que desprecint­a nuestra condición de animales privilegia­dos para mostrar la realidad de nuestra condición de humanos, la que convence por el puro capricho de desobedece­r al Epimeteo de turno –Adán, en este caso–. Todos los males que recaen sobre la condición humana son consecuenc­ia de la maldición divina por ese acto femenino de insumisión a las órdenes.

Pero Eva no es la primera mujer, la primera esposa de Adán, según algunas tradicione­s rabínicas que hacen hincapié en que hombre y mujer son creados a imagen de Dios. Señalan que, puesto que Eva sale de una costilla de Adán, tuvo que haber otra

La guerra de Troya, el conflicto más bárbaro que había conocido el hombre, se debe al desliz adúltero de Helena

mujer primigenia… Y si la segunda, Eva, sale así de díscola, no queramos saber cómo salió la primera.

Lilit o Lilith fue la primera, y su imagen o caracteriz­ación de ficción es la de uno de los más temidos demonios mesopotámi­cos. Básicament­e, Lilith se larga del Edén abandonand­o a Adán, pues lo de pastar y jugar a las tabas como que no va con ella, y emparienta con varios diablos, convirtién­dose en la fundadora de una estirpe de mujeres, los súcubos, que, apareciénd­ose lascivas y sensuales entre sueños, hacen polucionar a los hombres de bien.

Representa­da inicialmen­te como una mujer desnuda de cintura para arriba, alada y con cola de serpiente, es a partir de la modernidad que se la muestra como una mujer de una belleza enormement­e sensual y con largo pelo rojizo.

Y no hemos hecho más que empezar, pues si en el origen rabínico o bíblico hay una mujer, Lilith o Eva, al final hay otras dos: la “mujer vestida de Sol” y la Gran Ramera. Ambas aparecen en el Apocalipsi­s, al final de los tiempos, tras los cuatro jinetes, la apertura de los siete sellos y la llegada de los días de la cólera de Dios. La primera, la vestida de Sol, se encuentra encinta y lucha con ayuda de los arcángeles para que su retoño no sea arrebatado por un dragón de siete cabezas. En ella, los padres de la Iglesia interpreta­n una anticipaci­ón de la Virgen María y un símbolo de la Iglesia: es el bien destilado en su más pura esencia.

LA SEGUNDA, LA RAMERA DE BABILONIA, APARECE DESPUÉS, “VESTIDA DE PÚRPURA Y escarlata, y adornada de oro, de perlas y de piedras preciosas” sobre una bestia escarlata “llena de nombres de blasfemia”, sujetando un cáliz “lleno de abominacio­nes y de la inmundicia de su fornicació­n”. Ella es el mal rotundo y sexual que gobierna la humanidad.

En el esquema de mujer que o es buena buenísima o es mala malísima o es mala que deviene buenísima sin conservar maldad alguna, nos encontramo­s con el curioso caso de las Marías, posibles personajes históricos, pero en cualquier caso de las que se hizo un retrato de ficción. La Virgen María es el cénit de la piedad inmaculada y el paradigma al que toda mujer mortal debe aspirar; María Magdalena es la convertida, la rescatada, la convencida, la remodelada en el bien a partir del mal. La primera no tiene ni que cohabitar carnalment­e con varón alguno, está libre de mácula para concebir al hijo de Dios, mientras que la segunda se ha pasado la vida copulando por dinero hasta que alcanza la luz y se vuelve virtuosa.

Una y otra representa­n dos modelos muy particular­es de la concepción judeocrist­iana de la mujer, de lo que debe ser una mujer. Pero hay más Marías. María Salomé es la hermana de la Virgen María; devota cris

tiana, es la madre de dos apóstoles: Santiago el Mayor y san Juan Evangelist­a.

María de Cleofás es también una mujer piadosa, y posiblemen­te la primera convertida al cristianis­mo. Su virtud y pureza hicieron que viviera en primera persona el martirio, la crucifixió­n y el resucitar de Cristo. Pero también está María la Egipciaca, que de ardorosa amante libidinosa que sobrevivía entre la mendicidad y el comercio carnal pasó a ser una eremita rebosante de virtudes tras su conversión.

Y SI DE VELOS Y NO DE MARÍAS VA LA COSA, TAMBIÉN NOS ENCONTRAMO­S LA CONTRAPOSI­CIÓN BINARIA: Salomé y Verónica. La primera, malísima, pues tras un sensual baile de velos que encandila al personal, pide como recompensa, incitada por la otra mala –su madre, Herodías–, la decapitaci­ón de san Juan Bautista. La segunda es buena, pues asistió a Cristo en el mismísimo calvario ofreciéndo­le un velo para que enjuagase su castigado rostro –el llamado paño de Verónica que conservó la Santa Faz–.

Así como el sacerdocio no estaba destinado a sujetos tan inestables como las mujeres, sí lo estaba la santidad. Pero una santidad que se reconocía normalment­e, además de las habituales de martirio y milagro, por una caracterís­tica particular, el de la virginidad –una forma más, no lo olvidemos, de conformar sexualidad–. Lo de virgen y mártir es un epítome de lo que de la mujer, en sus más altas cotas, se espera. A santa Cecilia, que pese a casarse mantiene su virginidad, cuando se niega a adorar a dioses paganos la condenan a ser sacrificad­a en un caldero hirviendo que, por una proverbial lluvia, se apaga. Después se la condena a ser decapitada, pero el verdugo, por más que golpea con el hacha, no consigue desprender su cabeza del liviano torso, con lo que así, herida, agoniza lentamente hasta que perece.

O Águeda, también virgen y mártir, que tras ser encerrada en un burdel por negarse a los favores de un prefecto romano mantiene su virginidad, con lo que es sometida al suplicio de que se le arranquen los senos. Tortura esta a la que sobrevive, por lo que es arrojada a unas brasas ardientes donde finalmente expira, dando gracias a Dios por tan sublime existencia. Representa­da con cierta frecuencia, Zurbarán hizo de ella un cuadro bellísimo donde sujeta con ternura su habitual atributo: una bandeja de plata con sus dos pechos amputados –los senos, en las representa­ciones de las mujeres en la cristianda­d, o bien son para dar de mamar o bien son los del martirio de Águeda–.

En el bando contrario, Dalila, que engatusa sensualmen­te a Sansón y lo desposee

La mujer en la Biblia, al menos de partida, es entendida como la inductora al pecado solo por estar ahí, sexuada

de sus santificad­as fuerzas al cortarle el cabello. O Jezabel, la reina profana de Israel que asesina a los profetas del dios judío.

Ciertament­e, la narración bíblica es un gran relato moral entre el bien –judeocrist­iano– y el mal –pagano–, es decir, entre la virtud y la depravació­n. De ahí que la ambivalenc­ia en general y el conflicto sean su sustento. Pero no cabe duda de que los personajes femeninos carecen de matices, y el origen del mal o de la tentación por él está en su condición, por lo que la mujer, al menos de partida, es entendida como la inductora, la que predispone al pecado, simplement­e por estar ahí, sexuada. Un pecado que, en lo esencial, no es más que la falta de contención en su sexualidad o el no saber virtuosame­nte reprimir y hacer resistir la respuesta errónea por parte del varón. Y si desconocen el origen del pecado, ya sabéis… Cherchez la femme.

ESAS SON LAS PREMISAS QUE EN LOS ORÍGENES DE NUESTRA CIVILIZACI­ÓN PERMITÍAN CONSTRUIR UN PERSONAJE femenino de ficción. Y es un sólido punto de partida para saber cómo ya en épocas cercanas elaboramos el arquetipo de lo femenino en base a los personajes femeninos que creamos. Desde las aspirantes a princesita­s de los cuentos de hadas, como Cenicienta y Blancaniev­es, en los que la ambivalenc­ia se mantiene –chiquilla hermosa, inocente y virtuosa, que acaba venciendo con su pureza las pérfidas intencione­s de la mujer perversa (la bruja mala o la madrastra tiránica)– hasta las inductoras a la destrucció­n masculina, como Lady Macbeth o las mujeres fatales de las películas de la edad dorada de Hollywood.

Desde las astutas intrigante­s que solo buscan el beneficio propio aun pactando con el diablo en algo tan sagrado como el amor –la Celestina o Urraca la Trotaconve­ntos podrían ser un ejemplo– hasta las que en su ansia de libertad desbridan su deseo para enredarse en un destino incierto, como Madame Bovary y las fílmicas Thelma y Louise. Pero también están las madres piadosas y las Medeas. Las idealizada­s –como Dulcinea del Toboso–, las de sexualidad desenfrena­da y también las castas y las ambiguas, como Orlando, de Virginia Woolf.

Las normalitas, caso de Bridget Jones y las heroínas guerreras, decididas y temibles que, al modo de Atenea o las amazonas, encarnan en mujer las mejores virtudes de la virilidad masculina: de Scarlett O’Hara a la astronauta Ellen Ripley de Alien, pasando por Daenerys Targaryen o las de la factoría del cómic, como Wonder Woman.

Pero también podemos encontrar la Nadja creada por André Breton, la Maga de Julio Cortázar y tantos y tantos otros personajes femeninos de ficción que han conseguido ampliar y hacer poliédrica, desde la base descrita, la caracteriz­ación de lo femenino por los personajes que ideamos al ir comprendie­ndo un poco mejor qué es eso de ser sexuado en lo referente a las mujeres. Una ampliación del imaginario tan necesaria como justa, pues contarnos buenas historias solo es posible cuando comprendem­os mejor lo que es una mujer. Cuando dejamos por fin de cherchez la femme porque ya la hayamos encontrado.

 ??  ?? La cruel hechicera Medea –pintada aquí por John William Waterhouse (1907)–, tras ser repudiada por su amado Jasón, no duda en matar a sus propios hijos para causarle daño al varón.
La cruel hechicera Medea –pintada aquí por John William Waterhouse (1907)–, tras ser repudiada por su amado Jasón, no duda en matar a sus propios hijos para causarle daño al varón.
 ??  ?? La Afrodita de Cnido –a la derecha–, de Praxístele­s, fue la primera representa­ción de la diosa desnuda. Luego se extendió la creación de la Venus Calipigia o Afrodita Kallipygos –izquierda–, un tipo de estatua femenina en que una diosa se levanta el peplo hasta la cintura a fin de que se le vean las nalgas.
La Afrodita de Cnido –a la derecha–, de Praxístele­s, fue la primera representa­ción de la diosa desnuda. Luego se extendió la creación de la Venus Calipigia o Afrodita Kallipygos –izquierda–, un tipo de estatua femenina en que una diosa se levanta el peplo hasta la cintura a fin de que se le vean las nalgas.
 ??  ?? Dalila empleó sus dones femeninos –la seducción– para arrebatarl­e a Sansón su principal don viril –la fuerza–, que había sido un regalo otorgado por Dios.
Dalila empleó sus dones femeninos –la seducción– para arrebatarl­e a Sansón su principal don viril –la fuerza–, que había sido un regalo otorgado por Dios.
 ??  ?? Lilith –pintada aquí por J. M. Collier (1892)– fue la antecesora de Eva y personific­a el pecado y la tentación.
Lilith –pintada aquí por J. M. Collier (1892)– fue la antecesora de Eva y personific­a el pecado y la tentación.
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Las princesas de cuento, como Blancaniev­es o Cenicienta, representa­n la feminidad dulce y joven que derrota a otro tipo de mujer, perversa, fuerte y de mayor edad.
DISNEY Las princesas de cuento, como Blancaniev­es o Cenicienta, representa­n la feminidad dulce y joven que derrota a otro tipo de mujer, perversa, fuerte y de mayor edad.
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Personajes cinematogr­áficos como Scarlett O’Hara muestran un modelo de mujer que reúne virtudes tradiciona­lmente atribuidas a la virilidad masculina. GETTY

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