EN­TRE­VIS­TA A DAVID PU­JOL

De las pa­re­des de Mon­tse­rrat has­ta la ci­ma del Shis­ha Pang­ma hay un re­co­rri­do de mu­chos años de­di­ca­dos con pa­sión a la mon­ta­ña, el snow­board y la es­ca­la­da. Un ca­mino tran­si­ta­do con una ge­nui­na na­tu­ra­li­dad por David Pu­jol, un po­li­fa­cé­ti­co mon­tañ

Oxigeno - - SUMARIO - POR FRANCISCO JAVIER GONZÁLEZ

Re­pre­sen­tan­te de esos sur­fers de nie­ve old school, De las pa­re­des de Mon­tse­rrat a la ci­ma de un ocho­mil, David ha re­co­rri­do mu­chos ca­mi­nos de pura pa­sión al­pi­na y, a ca­da pa­so, ha de­mos­tra­do esa atrac­ti­va na­tu­ra­li­dad de los ti­pos al­ta­men­te ge­nui­nos.

“NA­DA NI NA­DIE ME HA COR­TA­DO LAS ALAS PA­RA HA­CER LO QUE HE QUE­RI­DO HA­CER”

El ca­ta­lán David Pu­jol es el nue­vo em­ba­ja­dor de la mar­ca de Cer­ve­zas Sol, em­pe­ña­da en dar a co­no­cer y apo­yar a aque­llos que es­tán de­ci­di­dos a dar un pa­so más pa­ra ha­cer lo que real­men­te les lle­na: como David, un es­pí­ri­tu li­bre que in­clu­so des­pués de de­jar la com­pe­ti­ción de snow­board al más al­to ni­vel, si­gue vi­vien­do su pa­sión día a día có­mo Guía UIAGM de Al­ta Mon­ta­ña. David ha de­di­ca­do to­da su vida a es­ca­lar pa­re­des y as­cen­der ci­mas de to­do el pla­ne­ta, y mu­chas de ellas a des­cen­der­las con su ta­bla de snow­board, en una tra­yec­to­ria que le lle­vó en el pa­sa­do a com­pe­tir –y ga­nar- al­gu­nas de las prue­bas de free­ri­de más pres­ti­gio­sas del ca­len­da­rio in­ter­na­cio­nal. Sin em­bar­go al­go en su ins­tin­to –y qui­zás los re­la­tos de Gas­ton Re­buf­fat- le in­di­có que pa­ra se­guir vin­cu­la­do in­ten­sa­men­te al me­dio que sir­ve es­ce­na­rio de sus pa­sio­nes, el me­jor ca­mino era for­mar­se como Guía de Al­ta mon­ta­ña. Di­cho y he­cho. David es hoy en día un ex­pe­ri­men­ta­do y cur­ti­do guía de la Com­pa­ñía de Guías de

Be­nas­que, ade­más de guía de He­lies­quí en el Va­lle de Arán. Nos sen­ta­mos con él des­pués de una cor­ta pe­ro in­ten­sa jor­na­da de heliboarding. El co­lor de la piel y las in­ci­pien­tes arru­gas del ros­tro le de­la­tan. David lle­va más de me­dia vida en la mon­ta­ña. Y como buen mon­ta­ñe­ro, cues­ta arran­car­le las pa­la­bras fren­te a una gra­ba­do­ra. Pe­ro po­co a po­co su len­gua se va sol­tan­do en la me­di­da que sus ojos ad­quie­ren más y más bri­llo ha­blan­do de mon­ta­ñas, via­jes, split­board, Wolf­gang Gü­llich, Alas­ka…

Ho­la David. Pre­sén­ta­te a los lec­to­res de Oxí­geno.

Me lla­mo David Pu­jol, ten­go 41 años, y soy de un pue­blo de al la­do de Man­re­sa: Sant Frui­tos de Ba­ges.

¿David lle­gó a la mon­ta­ña o la mon­ta­ña lle­gó a David?

A la mon­ta­ña lle­gué des­de siem­pre. A mis pa­dres les gus­ta mu­cho el mon­te y te­nía­mos una ca­sa en la mon­ta­ña, y en­ton­ces des­de pe­que­ño, de siem­pre, he es­ta­do en con­tac­to con la mon­ta­ña.

¿Y con el snow­board, cuán­do em­pe­zó tu idi­lio?

Con el snow­board… a ver… en el no­ven­ta y… po­cos.

De las pri­me­ras hor­na­das pe­nin­su­la­res en­ton­ces…

Bueno sí. Pa­ra que te ha­gas una idea, em­pe­cé con bo­ta du­ra. La bo­ta blan­da to­da­vía era una ra­re­za: mis co­mien­zos fue­ron con bo­tas de es­quí y ta­bla de bo­ta du­ra. Po­co a po­co se­guí prac­ti­can­do y co­men­cé a tra­ba­jar en una es­cue­la de snow­board, que es cuan­do co­ges más ca­llo, en­se­ñan­do a los de­más. Y de una for­ma muy na­tu­ral, po­co a po­co em­pe­cé a com­pe­tir en com­pe­ti­cio­nes de free­ri­de pe­que­ñi­tas.

Bueno pe­que­ñi­tas… ¡re­cuer­do que ga­nas­te el King of the Hill de Nue­va Ze­lan­da!

Bueno, ese fue el gran hit.

Es que có­mo di­ces pe­que­ñi­tas…

Efec­ti­va­men­te ga­nar aque­lla prue­ba fue un bom­ba­zo en aque­lla épo­ca. Pe­ro yo em­pe­cé com­pi­tien­do en prue­bas del Pi­ri­neo, en la Sie­rra de Ma­drid… y lue­go po­co a po­co em­pe­cé a com­pe­tir fue­ra. Fue una evo­lu­ción na­tu­ral, y ya me fui a com­pe­tir a la Xtre­me de Ver­bier, a Nue­va Ze­lan­da un par de años…

Siem­pre en com­pe­ti­cio­nes free­ri­de ¿ver­dad?

Sí, siem­pre ha si­do así. Un po­co la mez­cla de mon­ta­ña y snow­board que he he­cho siem­pre. Tam­bién me gus­ta el freesty­le, e in­clu­so he com­pe­ti­do en half­pi­pe y boar­der­cross, pe­ro ca­si era más en plan en­tre­na­mien­to que otra co­sa.

¿Y có­mo afec­tó aquel re­sul­ta­do en Nue­va Ze­lan­da en tu ca­rre­ra?

Su­pu­so to­do un an­tes y un des­pués. Yo en aque­lla épo­ca te­nía unos pa­tro­ci­na­do­res, y pa­ra ellos que un atle­ta su­yo es­pa­ñol ga­na­se un even­to tan im­por­tan­te –por­que en aque­lla épo­ca era un even­to muy im­por­tan­te, equi­va­len­te a ga­nar una prue­ba del Free­ri­de World Tour ac­tual- fue un he­cho que hi­zo que me die­sen más apo­yo, más di­ne­ro, que hi­zo que pu­die­se vi­vir un po­co más y me­jor de lo que te apa­sio­na: el snow­board.

Por esa épo­ca ¿ya te­nías pre­sen­te tu vo­ca­ción de Guía de mon­ta­ña?

Si, des­de siem­pre. Yo sa­bía que era una co­sa que te­nía que po­ner­me a es­tu­diar, pe­ro com­pi­tien­do via­ja­ba mu­cho y no era al­go que pu­die­se ha­cer en ese mo­men­to. Sa­bía que en mi ca­so no su­po­nía em­pe­zar de ce­ro, y que iba a ser una evo­lu­ción na­tu­ral, que es lo que real­men­te lue­go su­ce­dió.

De he­cho, to­da tu ca­rre­ra ha si­do una evo­lu­ción bas­tan­te na­tu­ral ¿ver­dad?

Sí, así es. Pri­me­ro me ti­tu­lé como pro­fe­sor de snow­board has­ta la má­xi­ma ti­tu­la­ción que exis­te que es en­tre­na­dor na­cio­nal, y mien­tras tra­ba­ja­ba de for­ma­dor de pro­fe­so­res de snow­board lo fui com­bi­nan­do con los cur­sos de mon­ta­ña, que sig­ni­fi­can no só­lo ha­cer el cur­so, sino tam­bién ha­cer prác­ti­cas, co­ger ex­pe­rien­cia pa­ra ha­cer cu­rrícu­lo y po­der pa­sar al si­guien­te ni­vel de cur­so… son bas­tan­te lar­gos. No es una co­sa que pue­das ha­cer “pa­ra ma­ña­na”, sino que po­co a po­co los vas ha­cien­do.

Por tan­to, pa­ra ti unir snow­board y al­ta mon­ta­ña, tam­bién ha si­do al­go muy na­tu­ral y, sin em­bar­go, no es muy co­mún…

No, no es co­mún por­que es un he­cho que Guías UIAGM que ha­gan snow­board de mon­ta­ña, no hay mu­chos; ni aquí ni en los Alpes. Se­gu­ra­men­te por­que es una men­ta­li­dad más tra­di­cio­nal, pe­ro pri­me­ro por­que en los cur­sos lo que pi­den es es­quí, ne­ce­si­tas es­quiar bien, los exá­me­nes son con es­quís, y la ges­tión de ac­ti­vi­da­des in­ver­na­les se ha­ce con es­quís. Un guía de mon­ta­ña no ha­ce snow­board nor­mal­men­te. Yo te­nía la suer­te de que ya ha­cía snow­board, y pa­ra mí fue bas­tan­te fá­cil com­bi­nar am­bos mun­dos.

¿Como he­rra­mien­ta en la mon­ta­ña hay al­gún pun­to en el que el snow­board sea me­jor que el es­quí?

Ob­via­men­te es di­fe­ren­te… y pue­de ha­ber al­gu­na si­tua­ción que el snow­board sea me­jor he­rra­mien­ta que el es­quí. Pe­ro. Pa­ra un guía de mon­ta­ña, como he­rra­mien­ta de tra­ba­jo, el es­quí es más po­li­va­len­te. No quie­ro de­cir que con el snow­board no pue­das ha­cer mu­chas de las co­sas que se ha­cen con es­quís, pe­ro la in­de­pen­den­cia de pier­nas que te dan los es­quís, ob­via­men­te no se con­si­gue ni con el split­board.

Has via­ja­do mu­cho, co­no­ces mu­chas cor­di­lle­ras y mon­ta­ñas… ¿cuá­les es­tán más gra­ba­das en tu ca­be­za?

He es­ta­do dos ve­ces en la Cor­di­lle­ra de Alas­ka, don­de he es­ca­la­do el McKin­ley y el Mt. Hun­ter, y es uno de esos lu­ga­res que ha­ce años que fui, y que me pon­go a pen­sar y di­go ¡qué lu­gar! Es có­mo en esos ví­deos de snow­board con esas lí­neas, esos spi­nes, esa nie­ve que di­ces ¿có­mo se aguan­ta ahí es­ta nie­ve?, y ade­más es un lu­gar en el que no se pue­de ha­cer he­li es­quí, son mon­ta­ñas gran­des de cua­tro, cin­co, seis mil me­tros… un lu­gar que, cuan­do pien­so en él, me di­go ¡in­creí­ble!

En Pi­ri­neos es­tás como en ca­sa… ¿qué lu­gar te lla­ma más la aten­ción? ¿Al­gún va­lle, al­gu­na mon­ta­ña, al­gu­na zo­na con­cre­ta que te gus­te más?

En Pi­ri­neos, más que como en ca­sa ¡es­toy en ca­sa! Mi ho­gar es­tá en Be­nas­que des­de ha­ce vein­te años, y es un lu­gar en el que me sien­to muy có­mo­do, me co­noz­co la zo­na al pal­mo… es mi zo­na de con­fort. Pe­ro cuan­do ven­go al Va­lle de Arán me doy cuen­ta de que la ca­li­dad de nie­ve y el te­rri­to­rio que ten­go por des­cu­brir aquí tie­ne un po­ten­cial muy gran­de. Me gus­ta. Ca­da vez me gus­ta más. Pe­ro Be­nas­que es mi lu­gar, me sien­to có­mo­do, y las mon­ta­ñas son más… mon­ta­ñas de ver­dad.

Con lo ver­sá­til que eres –snow­board, es­ca­la­da, es­quí de tra­ve­sía, es­ca­la­da en hie­lo- ¿cuál es la ac­ti­vi­dad que más te gus­ta, que más te ti­ra?

Me sien­to muy có­mo­do con los es­quís en los pies, y con la split­board. Lle­vo tan­tos años en la nie­ve que ya es un me­dio que domino. Pe­ro la reali­dad es que es­ca­lo des­de que te­nía do­ce años, y pa­ra mí la ro­ca es como un amor que ten­go en mi co­ra­zón siem­pre. Siem­pre que pue­do, sal­go a es­ca­lar. Me gus­ta có­mo me sien­to en con­tac­to con la pie­dra.

¿Quié­nes han si­do tus re­fe­ren­tes cuan­do co­men­zas­te a es­ca­lar?

Pien­sa que cuan­do era pe­que­ño abría la ventana y veía Mon­tse­rrat. Pa­ra mí es un lu­gar que tie­ne un en­can­to es­pe­cial, y su­pon­go que pa­ra cual­quier es­ca­la­dor que lo co­noz­ca. Y pa­ra mí los es­ca­la­do­res in­ter­na­cio­na­les de re­fe­ren­cia eran Wolf­gang Gü­llich, Ste­fan Glo­wacz, que to­da­vía es­tá en ac­ti­vo, pa­ra mi eran in­creí­bles.

¿Y en el snow­board?

En es­te ca­so, la gran suer­te que he te­ni­do es la de ha­cer snow­board con ellos ¡e in­clu­so com­pe­tir con­tra ellos! Gen­te como Da­ve Dow­ning, Craig Kelly… en esa épo­ca eran la gen­te que in­no­va­ba y que te­nían una vi­sión de la mon­ta­ña que me en­can­ta­ba, que me ha­cían so­ñar.

La mon­ta­ña ¿es bue­na maes­tra?

Sí. Sin du­da. Se­gu­ra­men­te que un ma­ri­ne­ro nos di­ría lo mis­mo del mar. Son me­dios un po­co hos­ti­les que a ve­ces te dan más co­lle­jas que ale­grías, pe­ro que te en­se­ñan to­do: a es­tar en tu si­tio, a ser hu­mil­de, a apren­der que to­do pue­de pa­sar en un mo­men­to da­do, que tie­nes que con­tro­lar lo que ha­ces… A mí me ha en­se­ña­do mu­cho.

¿Si­gues te­nien­do la chis­pa de ilu­sión en tu tra­ba­jo como guía?

Gas­tón Re­buf­fat siem­pre di­jo que era el me­jor ofi­cio del mun­do. Y yo no sé si es así, pe­ro en mi ca­so es un ofi­cio en el que cuan­do es­toy tra­ba­jan­do sien­to que no es­toy tra­ba­jan­do. Y eso, si te po­nes a pen­sar te di­ces “que suer­te tie­nes”. Ha­cer al­go que te gus­ta y te mo­ti­va tan­to siem­pre es in­creí­ble. Po­der ex­pe­ri­men­tar lo que ex­pe­ri­men­tan mis clien­tes es un re­ga­lo ¡Y lo ex­pe­ri­men­to a dia­rio!

¿Te con­si­de­ras un es­pí­ri­tu li­bre?

Sí. Na­da ni na­die me ha cor­ta­do las alas pa­ra ha­cer lo que he que­ri­do ha­cer.

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