9 GRA­CIAS A LA PIS­CI­NA

Anabel Váz­quez

PORT Magazine España - - TOMA FALSA -

Nue­ve de ca­da diez per­so­nas con­sul­ta­das pre­fie­ren el mar a una pis­ci­na. La dé­ci­ma soy yo. El mar. En fin. Esa ma­sa de agua des­me­le­na­da e ira­cun­da. El mar, esa pis­ci­na sin lí­mi­tes, sin es­ca­le­ri­lla y sin paz. Si en una tran­qui­la char­la de so­bre­me­sa lan­zas que pre­fie­res una pis­ci­na al mar, en se­gui­da te suel­tan a Freud y la at­mós­fe­ra se en­ra­re­ce. Quién, en su sano jui­cio, pre­fie­re unos me­tros de agua es­tan­ca­da fren­te a la be­lle­za ul­tra­na­tu­ral del mar. Yo. Yo los pre­fie­ro. Pre­fie­ro el con­trol de la pis­ci­na al des­con­trol del mar. To­da pis­ci­na es un in­ten­to de or­de­nar la Na­tu­ra­le­za y en una épo­ca en la que to­do pa­re­ce es­ca­par­se por los bor­des agra­dez­co su con­ten­ción. En reali­dad, mi de­seo es una pis­ci­na fren­te al mar; ese sí que me pa­re­ce un lo­gro vi­tal en con­di­cio­nes. Me tum­ba­ría en su bor­di­llo a lo Romy Sch­nei­der y son­rei­ría. Por­que to­do el mun­do son­ríe en el bor­di­llo de una pis­ci­na. Al­go que no se pue­de de­cir del mar, tan dra­má­ti­co él. Una pis­ci­na es una cons­truc­ción con­ce­bi­da para ge­ne­rar bie­nes­tar. Es un in­ven­to de las so­cie­da­des desa­rro­lla­das que lan­za un men­sa­je fá­cil de com­pren­der: “es­toy aquí para ha­cer­te fe­liz”; eso es así en una al­dea de Gua­da­la­ja­ra y en Mia­mi Beach. A lo lar­go de las dé­ca­das se han usa­do para el fin para el que fue­ron con­ce­bi­das, no ha ha­bi­do des­pis­tes. Es­ta con­sis­ten­cia las ha­ce fuer­tes y les ha per­mi­ti­do con­so­li­dar­se co­mo ar­qui­tec­tu­ras de fe­li­ci­dad; Alain de Bot­ton, te he ro­ba­do la ex­pre­sión, me ve­nía de ma­ra­vi­lla. Las pis­ci­nas, por te­ner un ob­je­ti­vo tan ele­va­do, me­re­cen ser ce­le­bra­das. Es­te pa­seo mo­ja­do es ese ho­me­na­je. Con el mar ocu­rre que ha te­ni­do muy bue­na li­te­ra­tu­ra y bue­na pin­tu­ra. Si no no se ex­pli­ca ese amor tan con­sen­sua­do por al­go tan sal­va­je. El mar lle­va en el mun­do mi­les de años y eso le da ven­ta­ja. Ha da­do tiem­po a que lo pin­ta­ran maes­tros co­mo Brueg­hel, Frie­drich, Tur­ner, De­la­croix, Mo­net y Re­noir. Han po­di­do es­cri­bir so­bre él Con­rad y Mel­vi­lle. La po­bre pis­ci­na, un in­ven­to del si­glo XX, ha te­ni­do me­nos tiem­po para ins­pi­rar. Hock­ney la eli­gió co­mo te­ma para ha­blar de te­mas ex­tra­acuá­ti­cos. Ma­tis­se le de­di­có una pie­za en 1950 y Wolf­man Til­mans, al­gu­na fo­to. Po­co más. En li­te­ra­tu­ra Joan Di­dion es la gran após­tol de las pis­ci­nas. Es cu­rio­so que es­ta es­cri­to­ra ca­li­for­nia­na, una ex­plo­ra­do­ra del do­lor, ten­ga co­mo ob­se­sión al­go tan ale­gre. “Una pis­ci­na es agua he­cha dis­po­ni­ble y útil y, co­mo tal, es in­fi­ni­ta­men­te re­la­jan­te para el ojo oc­ci­den­tal”, re­su­mió en una de sus ci­tas más co­no­ci­das. Tam­bién es­cri­bió que siem­pre qui­so una pis­ci­na y ja­más tu­vo una. La pis­ci­na tie­ne una enor­me car­ga sim­bó­li­ca. Con­cen­tra una lec­tu­ra eco­nó­mi­ca, so­cial y es­té­ti­ca. Es una ar­qui­tec­tu­ra que, con su apa­ren­te fri­vo­li­dad (es para na­dar o re­fres­car­nos) sir­ve de ex­cu­sa para ha­blar de ar­qui­tec­tu­ra, de pro­gre­so (o no) so­cial, de la evo­lu­ción del ocio y has­ta de po­lí­ti­ca. Es un te­rri­to­rio de se­duc­ción, de di­ver­sión y de des­com­pre­sión. En una pis­ci­na ca­ben el se­xo y la muer­te y el ci­ne, al que en­can­tan am­bos y si es jun­tos, más, nos lo re­cuer­da siem­pre que pue­de. Luca Gua­dag­nino lla­mó a una de sus pe­lí­cu­las A Big­ger Splash, co­mo uno de los cua­dros más co­no­ci­dos de Hock­ney. La pis­ci­na ahí es otra pro­ta­go­nis­ta más, co­mo Pan­te­la­ria o Til­da Swin­ton. Cuán­tas co­sas pa­san den­tro o en torno a ella. Y en un sal­to al pa­sa­do, apro­ve­cha­mos y re­cor­da­mos el co­mien­zo de El cre­púscu­lo de los dio­ses, pe­lí­cu­la que se cuen­ta, de ma­ne­ra li­te­ral, desde la pis­ci­na. Gra­cias, Billy Wil­der. El ci­ne ha des­agra­via­do a la pis­ci­na. La pis­ci­na es, ade­más, un te­rri­to­rio de in­gra­vi­dez, en el que to­do pe­sa me­nos. Con­cen­tra a su al­re­de­dor una ener­gía li­ge­ra. So­lo hay que agu­di­zar el oí­do cuan­do pa­sa­mos cer­ca de una pis­ci­na, so­lo se oyen ri­sas. En cam­bio, jun­to al mar so­lo se oye al mar. Qué au­to­es­ti­ma más al­ta tie­ne el mar. Las pis­ci­nas tie­nen una fo­to­ge­nia inex­pli­ca­ble. Prue­ba a fo­to­gra­fiar cual­quie­ra, la de tu edi­fi­cio, la de ese ho­tel en el que vas a pa­sar dos días. Cuan­do se po­nen de­lan­te de una cá­ma­ra ocu­rre la ma­gia; to­das las pis­ci­nas son Gre­ta Gar­bo. No hay pis­ci­nas feas. Pen­se­mos en las de los mo­te­les nor­te­ame­ri­ca­nos, en las de los riads ma­rro­quíes, en las in­fi­ni­tas ver­des de Ba­li, en las vi­ta­les pis­ci­nas mu­ni­ci­pa­les. No ha­ble­mos de las pis­ci­nas va­cías, tan lle­nas de au­sen­cia. To­das son ale­gres. To­das me­nos una. Un día ter­mi­né, esa es otra his­to­ria, dur­mien­do en un ho­tel del ae­ro­puer­to de Mia­mi que es­ta­ba ads­cri­to a una clí­ni­ca. Su pis­ci­na, en­ca­ja­da ca­si a la fuer­za en­tre el edi­fi­cio y la ca­lle, siem­pre es­ta­ba va­cía e in­tu­yo que siem­pre lo es­ta­ría, por­que quién iba a te­ner tiem­po ni ga­nas de zam­bu­llir­se en ella. Mi­rán­do­la, tan inú­til, me en­tra­ron ga­nas de llo­rar. De re­pen­te, lle­gó una ni­ña muy se­ria en tra­je de ba­ño y se sen­tó en el bor­di­llo. Y, en me­nos de un mi­nu­to y cuan­do pa­re­cía que no iba a su­ce­der, su­ce­dió. La ni­ña son­rió.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.