PIET OUDOLF

EL PIO­NE­RO DI­SE­ÑA­DOR DE JAR­DI­NES HO­LAN­DÉS.

PORT Magazine España - - SUMARIO - TEX­TO DE ALI MO­RRIS FO­TOS DE BER­BER THEU­NIS­SEN

Ho­me­na­je a uno de los pai­sa­jis­tas más re­le­van­tes de la era mo­der­na.

Veo los jar­di­nes co­mo un pro­ce­so, más que co­mo un ele­men­to de­co­ra­ti­vo", ex­pli­ca el di­se­ña­dor de jar­di­nes ho­lan­dés Piet Oudolf, ha­blan­do con un ai­re se­reno que ca­bría es­pe­rar de al­guien que ha pa­sa­do to­da su vi­da ro­dea­do de plan­tas. "Quie­ro que en in­vierno, los jar­di­nes evo­quen las mis­mas sen­sa­cio­nes que en ve­rano o pri­ma­ve­ra". Es una fi­lo­so­fía que Oudolf ha desa­rro­lla­do y pro­mo­vi­do co­mo par­te del nue­vo es­ti­lo de jar­di­ne­ría pe­ren­ne desde los ini­cios de su ca­rre­ra en los años 70, y que ha cap­ta­do la aten­ción in­ter­na­cio­nal gra­cias a su tra­ba­jo con los jar­di­nes con­tem­po­rá­neos más ho­me­na­jea­dos, co­mo el High Line de es­ti­lo cam­pi­ña en Nue­va York o el jar­dín con­tem­po­rá­neo cons­trui­do en 2011 para el pa­be­llón de la Ga­le­ría Ser­pen­ti­ne en Lon­dres.

Los jar­di­nes de Oudolf se ase­me­jan a pra­dos sil­ves­tres de la cam­pi­ña, gra­cias a la plan­ta­ción de plan­tas her­bá­ceas pe­ren­nes y hier­bas es­co­gi­das tan­to por su es­truc­tu­ra co­mo por el ci­clo de vi­da es­ta­cio­nal y sus atri­bu­tos de­co­ra­ti­vos. Se tra­ta de un pro­ce­so que Oudolf des­cri­be co­mo "pen­sar a tiem­po", ima­gi­nar có­mo bro­ta­rá y flo­re­ce­rá ca­da plan­ta, có­mo se ve­rá cuan­do es­té inac­ti­va en los me­ses de in­vierno y có­mo in­ter­ac­tua­rá con las de­más. "En el es­ta­dio psi­co­ló­gi­co, to­da tu men­te se mue­ve con las es­ta­cio­nes. Si pue­des cap­tu­rar es­te as­pec­to en tu tra­ba­jo, po­drás lle­gar a los sen­ti­mien­tos de las per­so­nas". La ca­rre­ra de Oudolf co­men­zó por ac­ci­den­te a prin­ci­pios de los años 70. Des­pués de to­mar la de­ci­sión de de­jar su tra­ba­jo en el bar res­tau­ran­te que sus pa­dres re­gen­ta­ban en el campo cer­ca de Haar­lem, acep­tó un tra­ba­jo tem­po­ral de in­vierno en un cen­tro de jar­di­ne­ría. Allí se enamo­ró de las plan­tas. "Es al­go que se des­cu­bre", ex­pli­ca, re­fle­xio­nan­do so­bre sus pri­me­ros días co­mo jar­di­ne­ro en cier­nes. "A cier­ta edad, te abres a las co­sas que an­tes no ha­brías ima­gi­na­do, cuan­do la vi­da iba de­ma­sia­do rá­pi­do y es­ta­ba más cen­tra­da en los ami­gos y la so­cia­li­za­ción. De pron­to em­pie­zas a pen­sar so­bre tu futuro". Cuan­do lle­gó la pri­ma­ve­ra, el cen­tro de jar­di­ne­ría le pi­dió a Oudolf que se que­da­ra. Com­pró li­bros so­bre plan­tas y em­pe­zó a com­prar sus pro­pios es­pe­cí­me­nes. "Se con­vir­tió en una sa­na ob­se­sión", re­cuer­da, "que­ría sa­ber más; que­ría vol­ver a es­tu­diar. Re­co­pi­lé, via­jé mu­cho, de re­pen­te to­do te­nía re­la­ción con las plan­tas". Des­pués de cin­co años de es­tu­dio, Oudolf ob­tu­vo su li­cen­cia para ejer­cer y, en 1982, creó una pe­que­ña con­sul­to­ría de di­se­ño y cons­truc­ción con su es­po­sa An­ja. "Vi las plan­tas co­mo un me­dio para ex­pre­sar­me y me di cuen­ta de que po­día ha­cer al­go que otras per­so­nas, que en su ma­yo­ría pro­du­cían jar­di­nes in­gle­ses tra­di­cio­na­les, no es­ta­ban ha­cien­do en ese mo­men­to. Que­ría­mos crear jar­di­nes que fue­ran más es­pon­tá­neos". Frus­tra­dos por la es­ca­sa dis­po­ni­bi­li­dad de cés­pe­des y plan­tas pe­ren­nes na­ti­vas que a Oudolf y An­ja les gus­ta­ba usar en sus di­se­ños, la pa­re­ja se mu­dó de su ciu­dad na­tal, Haar­lem, a Hum­me­lo, en la pro­vin­cia ho­lan­de­sa de Gel­der­land, en el es­te del país. Allí com­pra­ron una an­ti­gua gran­ja con una gran par­ce­la de tie­rra y se de­di­ca­ron a cul­ti­var sus pro­pias plan­tas para sus pro­yec­tos. "Por su­pues­to, re­sul­tó un po­co di­fe­ren­te a lo es­pe­ra­do", re­cuer­da Oudolf, "Hum­me­lo es muy ru­ral y no ha­bía clien­tes, pe­ro pron­to el vi­ve­ro se hi­zo muy co­no­ci­do, por­que las plan­tas que ofre­cía­mos eran di­fí­ci­les de en­con­trar. Las traía­mos de vi­ve­ros de In­gla­te­rra y Ale­ma­nia, y nos con­ver­ti­mos en una es­pe­cie de pun­to de co­ne­xión para los jar­di­ne­ros".

En un mo­men­to en que el mun­do de los jar­di­nes era pe­que­ño e ín­ti­mo, y las plan­tas inusua­les eran di­fí­ci­les de en­con­trar, su vi­ve­ro atraía la aten­ción de to­da Eu­ro­pa. A pe­sar del éxi­to de su vi­ve­ro, Oudolf re­la­ta que su pri­mer "avan­ce" real lle­gó en 1991 con la pu­bli­ca­ción de su pri­mer li­bro, Dream Plants for the Na­tu­ral Gar­den (Plan­tas de en­sue­ño para el jar­dín na­tu­ral). Dio lu­gar a una se­rie de in­vi­ta­cio­nes a con­fe­ren­cias don­de pu­do es­ta­ble­cer una red con pe­rio­dis­tas, pro­fe­so­res y otros pro­pie­ta­rios de vi­ve­ros que com­par­tían su en­tu­sias­mo.

Oudolf re­ci­bió su pri­mer en­car­go en In­gla­te­rra gra­cias a su ami­go, John Co­ke, el due­ño de Bury Court, una an­ti­gua gran­ja de lú­pu­lo con­ver­ti­da en vi­ve­ro, cer­ca de Farn­ham, en Su­rrey. Desde en­ton­ces, Co­ke siem­pre ha re­co­no­ci­do que sen­tía que, al con­tra­tar­lo, se es­ta­ba arries­gan­do mu­cho, ya que Oudolf to­da­vía no era co­no­ci­do co­mo di­se­ña­dor, pe­ro por for-

"Vi las plan­tas co­mo un me­dio para ex­pre­sar­me"

tu­na va­lió la pe­na. En el an­ti­guo co­rral de hor­mi­gón, Oudolf creó un jar­dín amu­ra­lla­do con­tem­po­rá­neo lleno de gran­des mon­tícu­los de plan­tas her­bá­ceas pe­ren­nes re­sis­ten­tes y plan­tas or­na­men­ta­les. En ese mo­men­to, su es­ti­lo se con­si­de­ró ra­di­cal por el mun­do de la jar­di­ne­ría in­gle­sa. "Es ex­tra­ño, mirando atrás, se tra­ta­ba de In­gla­te­rra, muy con­ser­va­do­ra en lo re­fe­ren­te a la jar­di­ne­ría, y fue uno de los pri­me­ros paí­ses en in­vi­tar­me a ha­cer al­go". Son­ríe. "La ge­ne­ra­ción más jo­ven fue la que co­men­zó a to­mar el re­le­vo rá­pi­da­men­te. Creo que era par­te del es­pí­ri­tu de los años 80 y 90, en ese mo­men­to real­men­te se sen­tía co­mo to­do un mo­vi­mien­to". Ese fue el pun­to de in­fle­xión. "Me lle­vó 10 años dar­me cuen­ta de lo que es­ta­ba ha­cien­do. To­do em­pie­za con una idea, que­ría­mos ha­cer que los jar­di­nes fue­ran más es­pon­tá­neos; pe­ro no que­ría­mos cam­biar el jar­dín con­ti­nua­men­te; no que­ría­mos re­em­pla­zar las plan­tas con ca­da es­ta­ción, que es lo que ha­cen la ma­yo­ría de los jar­di­ne­ros. Que­ría­mos ha­cer jar­di­nes que pu­die­ran per­du­rar y mu­tar por sí mis­mos en el tiem­po. Pe­ro fue una idea que cre­ció len­ta­men­te". En el año 2000, Oudolf fue in­vi­ta­do a crear un jar­dín para Gar­dens Illus­tra­ted en el Chel­sea Flo­wer Show, y en los años su­ce­si­vos com­ple­tó una se­rie de en­car­gos de al­to ni­vel en In­gla­te­rra, que in­clu­ye­ron el Scam­ps­ton Hall, los jar­di­nes Trent­ham y las ins­ta­la­cio­nes de la Ro­yal Hor­ti­cul­tu­ral So­ciety, en Wis­ley. Mien­tras tan­to, se­guía es­cri­bien­do li­bros para do­cu­men­tar su tra­ba­jo y los en­car­gos en Es­ta­dos Uni­dos no tar­da­ron en lle­gar. En 2003, se en­car­gó de los jar­di­nes Bat­tery Park, en Nue­va York, y de Lu­rie Gar­den, en el Mi­llen­nium Park, don­de di­ce que su tra­ba­jo real­men­te avan­zó ha­cia una era "sal­va­je".

Po­dría de­cir­se que el di­se­ño más pro­mi­nen­te de Oudolf, High Line, es una de­mos­tra­ción per­fec­ta de su in­te­rés por crear una sen­sa­ción de es­ca­pis­mo. Ubi­ca­do en el la­do oes­te de Man­hat­tan, con el trá­fi­co ro­dan­do a sus pies y los ras­ca­cie­los ele­ván­do­se en el ai­re, High Line se inau­gu­ró en 2009, un par­que li­neal ele­va­do de 2,3 ki­ló­me­tros cons­trui­do so­bre una an­ti­gua lí­nea del fe­rro­ca­rril cen­tral de Nue­va York.

"Por su­pues­to, el con­tex­to es im­por­tan­te, lo más sig­ni­fi­ca­ti­vo es la es­ca­la", pun­tua­li­za Oudolf, re­fle­xio­nan­do so­bre la zo­na ur­ba­na de High Line. "Un jar­dín de­be­ría de ser un lu­gar en sí mis­mo. Siem­pre he que­ri­do traer cier­to es­pí­ri­tu sal­va­je a la ciu­dad, a tra­vés de mis jar­di­nes".

Mien­tras que, a lo lar­go de los años, Oudolf se ha man­te­ni­do fiel a su ob­je­ti­vo de crear jar­di­nes sal­va­jes y de en­sue­ño, la es­ca­la y am­bi­ción de su tra­ba­jo no han de­ja­do de cre­cer. Sus com­ple­tos es­que­mas de plan­ta­ción, que son co­mo pie­zas de ar­te por de­re­cho pro­pio, han evo­lu-

"Siem­pre he que­ri­do traer cier­to es­pí­ri­tu sal­va­je a la ciu­dad"

cio­na­do desde bo­ce­tos en blan­co y ne­gro has­ta ma­ra­vi­llo­sos pla­nos co­di­fi­ca­dos por co­lo­res. Al mis­mo tiem­po, los pro­yec­tos han pa­sa­do del ám­bi­to pri­va­do al pú­bli­co.

"Al prin­ci­pio, la ma­yor par­te de mi tra­ba­jo era para jar­di­nes pri­va­dos, aho­ra tra­ba­jo con ar­qui­tec­tos y pai­sa­jis­tas en pro­yec­tos ur­ba­nos de ma­yor mag­ni­tud. Es agra­da­ble sa­ber que mi­llo­nes de per­so­nas ve­rán y se ins­pi­ra­rán con tu tra­ba­jo, en lu­gar de so­lo dos per­so­nas. Es más gra­ti­fi­can­te para mí".

En par­te es la ra­zón por la que Oudolf es afi­cio­na­do a tra­ba­jar en el mun­do del ar­te, y mu­chos de sus pro­yec­tos lo han vis­to crear ins­ta­la­cio­nes y jar­di­nes para even­tos de ar­te y ga­le­rías. En 2010 creó el pri­mer jar­dín de la Bie­nal de Ve­ne­cia. Al año si­guien­te re­ci­bió una in­vi­ta­ción para crear un jar­dín para el Ser­pen­ti­ne Ga­llery Pa­vi­lion 2011 en Lon­dres, di­se­ña­do por el ar­qui­tec­to sui­zo Pe­ter Zumt­hor; y en 2014 creó el Oudolf Field, un gran pra­do pe­ren­ne ubi­ca­do en la ga­le­ría So­mer­set de Hau­ser & Wirth.

Aho­ra, con 73 años, con­ti­núa tra­ba­jan­do desde su ba­se en Hum­me­lo, don­de mi­les de en­tu­sias­tas vi­si­tan su jar­dín ca­da año. En lu­gar de ro­dear­se de un gran equi­po, co­mo ca­bría es­pe­rar del di­se­ña­dor de jar­di­nes más fa­mo­so del mun­do, Oudolf si­gue tra­ba­jan­do jun­to a An­ja, aun­que so­lo en una pe­que­ña par­te de los pro­yec­tos en­via­dos a su des­tino. En el pro­ce­so de se­lec­ción, di­ce, se ba­sa prin­ci­pal­men­te en la in­tui­ción y si es­tá fa­mi­lia­ri­za­do o no con el equi­po que tra­ba­ja en el pro­yec­to. "Apren­dí a evi­tar la com­ple­ji­dad", ex­pli­ca.

Ac­tual­men­te los Oudolf es­tán tra­ba­jan­do en jar­di­nes pú­bli­cos en De­troit y Es­to­col­mo, un jar­dín bo­tá­ni­co en el sur de De­la­wa­re, un pe­que­ño jar­dín para el res­tau­ran­te No­ma en Co­pen­ha­gue, y aca­ban de ter­mi­nar otro para un pe­que­ño mu­seo en los Paí­ses Ba­jos. Si bien su tra­ba­jo ya no se con­si­de­ra tan ra­di­cal co­mo lo fue an­tes, a Oudolf le gus­ta ex­pe­ri­men­tar y me­jo­rar con­ti­nua­men­te.

"Siem­pre hay un po­co de pro­gre­so, pe­ro la ex­pe­rien­cia es la ba­se. Sa­bes lo que fun­cio­na­rá y lo que no, por lo que ca­da vez eres me­jor y eso me­jo­ra el jar­dín", ex­pli­ca, "no se pue­de co­rrer; lo que he­mos he­cho en 20 o 30 años no se pue­de ha­cer en un mo­men­to. Es un pro­ce­so len­to".

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