DA­RÍN

EL AC­TOR AR­GEN­TINO SE CON­FIE­SA EN UNA EN­TRE­VIS­TA EN LA QUE RE­PA­SA SU VI­DA, SU HE­REN­CIA FA­MI­LIAR Y LO QUE SIG­NI­FI­CA PO­NER­SE EN LAS VI­DAS DE LOS DE­MÁS.

PORT Magazine España - - CHINO DARÍN -

ARi­car­do Mario Da­rín Bas, de pe­que­ño, lo lla­ma­ban "chino", por­que era un niño con ojos ras­ga­dos y "por­que en Ar­gen­ti­na lla­man "chi­ni­tos" y "chi­ni­tas" a los ni­ños". Pe­ro tam­bién para di­fe­ren­ciar­lo de su pa­dre, Ri­car­do Da­rín, pro­ba­ble­men­te el me­jor ac­tor ar­gen­tino de su ge­ne­ra­ción. El apo­do de "chino" lo acom­pa­ñó du­ran­te su in­fan­cia y ado­les­cen­cia, has­ta que, un día, se pu­so a tra­ba­jar en el de­par­ta­men­to de pro­duc­ción de una pe­lí­cu­la cu­yo pro­ta­go­nis­ta era su pro­pio pa­dre. "Me da­ba un po­co de apu­ro que en los cré­di­tos apa­re­cie­ra que Ri­car­do Da­rín lo ha­bía he­cho ab­so­lu­ta­men­te to­do, así que me de­ci­dí por Chino". De esa ma­ne­ra, el nom­bre con el que ha­bía si­do co­no­ci­do en el ám­bi­to pri­va­do tras­pa­só la fron­te­ra de lo ín­ti­mo has­ta con­ver­tir­se en al­go pú­bli­co. "Al fi­nal, el apo­do ha du­ra­do más de lo que yo es­pe­ra­ba", di­ce son­rien­do.

Es­ta anéc­do­ta no­mi­na­ti­va ilus­tra la vi­da de un ac­tor que ha os­ci­la­do en­tre lo pú­bli­co y lo pri­va­do desde que era un niño. Na­ci­do en una fa­mi­lia de ac­to­res -ade­más de su pa­dre, su tía Ale­jan­dra es una re­co­no­ci­da in­tér­pre­te de ci­ne y te­le­vi­sión en Ar­gen­ti­na y su abue­lo Ri­car­do fue un le­gen­da­rio ac­tor de tea­tro-, Chino es­tá acos­tum­bra­do desde pe­que­ño a que otros ojos es­cru­ten su in­ti­mi­dad. "De chi­co me pa­re­cía muy cho­can­te, era co­mo una in­va­sión de la pri­va­ci­dad que no aca­ba­ba de en­ten­der", ex­pli­ca, "pe­ro con el tiem­po vas en­ten­dien­do que hay im­pli­ca­cio­nes que tie­nen que ver con las de­ci­sio­nes que uno to­ma y que pue­den ser res­pon­sa­bi­li­dad tu­ya o no, pe­ro que tie­nen cier­tas con­se­cuen­cias".

Qui­zás por ello, Chino Da­rín se ha con­ver­ti­do en un ac­ti­vo usua­rio de las re­des so­cia­les, co­mo si es­tas fue­ran un bál­sa­mo para apla­car la sed de pri­va­ci­dad que re­quie­re el pú­bli­co. "Hoy en día, con las re­des so­cia­les, to­dos tie­nen la sen­sa­ción de que son per­so­nas pú­bli­cas. An­tes ha­bía otro fer­vor, con las re­vis­tas y la te­le, era otra co­sa. Aho­ra hay una gran ne­ce­si­dad de in­me­dia­tez, to­do el mun­do es­tá acos­tum­bra­do a ha­cer una edi­ción de su vi­da para el de fue­ra, sea quien sea, to­dos se han ido acos­tum­bran­do a te­ner un fil­tro so­bre su vi­da. Las re­des so­cia­les son un opio mo­derno de los pue­blos. Yo in­ten­to que en mi vi­da co­ti­dia­na eso no me afec­te en ab­so­lu­to. Me gus­ta pen­sar­lo así, aun­que lue­go en­tres a mi Ins­ta­gram y di­gas “no se te ve ca­gan­do”. Uno eli­ge lo que quie­re mos­trar y lo que no, es el director y el editor de su vi­da", ex­po­ne, pe­ro nie­ga que Ins­ta­gram le ha­ya ser­vi­do co­mo es­tra­te­gia para es­pan­tar a los pa­pa­raz­zi que lo per­si­guie­ron para con­se­guir de­ta­lles ín­ti­mos de su re­la­ción con la ac­triz española Úr­su­la Cor­be­ró: "Nos ocu­rrió al­go muy ra­ro. Fui a com­prar una gui­ta­rra en una tien­da de mú­si­ca y den­tro de la tien­da nos di­mos un be­so. Y sa­lió publicada una fo­to de la cá­ma­ra de se­gu­ri­dad de la tien­da. Eso me ca­breó, por­que has­ta qué pun­to pue­den in­va­dir­te así. Ins­ta­gram pue­de ser­vir para que no te pa­sen co­sas así, pe­ro nun­ca me la plan­teé para pre­ve­nir na­da".

Da­rín tie­ne 29 años y es un to­rren­te de lo­cua­ci­dad, una de esas per­so­nas con las que tie­nes la sen­sa­ción de que po­drías pa­sar ho­ras con­ver­san­do so­bre cual­quier te­ma. Co­mo si su ju­ven­tud sa­lie­ra por su bo­ca de for­ma in­te­li­gen­te. Con 22 se vino a Es­pa­ña a ro­dar Fue­ra de jue­go (Da­vid Mar­qués, 2011), una co­me­dia fut­bo­le­ra en la que in­ter­pre­ta­ba a un ju­ga­dor ar­gen­tino y que se con­ver­ti­ría en su pri­mer tra­ba­jo en el ci­ne. "Fue una de las pri­me­ras oca­sio­nes en las que tu­ve la opor­tu­ni­dad de desen­vol­ver­me so­lo en la vi­da, ir du­ran­te un tiem­po a otro país sin na­die co­no­ci­do a mi al­re­de­dor era un desafío, más allá del te­ma pro­fe­sio­nal, y re­cuer­do la ex­pe­rien­cia co­mo una eta­pa de ma­du­ra­ción", re­me­mo­ra an­tes de afir­mar que, co­mo buen ar­gen­tino, es un fer­vien­te se­gui­dor del fút­bol, "aun­que aho­ra es­toy en mi eta­pa me­nos fut­bo­le­ra, dis­fru­to mu­cho del fút­bol pe­ro ya no soy un fa­ná­ti­co y eso me per­mi­te ir a ver cual­quier par­ti­do y dis­fru­tar­lo sin an­gus­tia". Sie­te años des­pués de su primera in­cur­sión en el ci­ne es­pa­ñol, aca­ba de

“Ser ac­tor es una ilu­siÓn de reali­dad, por­que te fuer­za a in­mis­cuir­te en asun­tos que tal vez no te in­tere­sa­rÍan nun­ca”

es­tre­nar Las le­yes de la ter­mo­di­ná­mi­ca (Ma­teo Gil, 2018), otra co­me­dia, es­ta vez de tin­tes cien­tí­fi­cos, en la que da vi­da a "un per­so­na­je que re­pre­sen­ta un es­te­reo­ti­po, el del ar­gen­tino li­gón, la ima­gen que tie­nen los es­pa­ño­les so­bre los ar­gen­ti­nos que vi­ven en Es­pa­ña". En­tre me­dias, fue Leo, el misterioso jo­ven que se­du­ce a la gran es­tre­lla de Holly­wood en La rei­na de Es­pa­ña (Fer­nan­do True­ba, 2016), o Car­los, el se­cre­ta­rio del em­ba­ja­dor que man­tie­ne un ro­man­ce se­cre­to con la mu­jer de es­te en la se­rie de te­le­vi­sión La em­ba­ja­da. "Ser ac­tor es una ilu­sión de reali­dad", di­ce Da­rín, "por­que te fuer­za a in­mis­cuir­te en asun­tos que tal vez ni te in­tere­sa­rían si no tra­ba­ja­ras en es­to. Sin em­bar­go, en es­te me­dio te re­sul­ta muy atrac­ti­vo y apren­des un mon­tón de co­sas que, de otra ma­ne­ra, ni ha­brías sos­pe­cha­do. Pe­ro nun­ca es tan pro­fun­do co­mo de­di­car­te a eso real­men­te, lo úni­co que ha­ces es echar­le un vis­ta­zo a có­mo se­ría esa vi­da. Vi­da hay una so­la y lo que ha­ce­mos es emu­lar in­ten­tos de otras vi­das". Pe­ro, ¿has­ta qué pun­to? ¿Has­ta dón­de lle­ga la im­pli­ca­ción de un ac­tor para con­ver­tir­se en otro? "Nun­ca he si­do muy adep­to de esa fi­lo­so­fía que te exi­ge gran­des sa­cri­fi­cios para trans­for­mar­te en un per­so­na­je, pe­ro por su­pues­to hay oca­sio­nes que re­quie­ren que te me­tas, co­mo si tie­nes que ha­cer de chef y no sa­bes cor­tar una ce­bo­lla, que aca­ba­rás re­ba­nán­do­te los de­dos en el ro­da­je". En to­do ca­so, Chino tie­ne muy cla­ro que ha­cer de otro no sig­ni­fi­ca per­der la pro­pia iden­ti­dad: "Hay ac­to­res a los que se les va un po­co de las ma­nos, por­que pier­den su con­trol y has­ta su persona". Y en esos in­ten­tos de vi­vir otras vi­das, a ve­ces pue­de ocu­rrir que el ac­tor no se sien­ta có­mo­do, que el per­so­na­je no se adap­te a la per­so­na­li­dad de su au­tor. "En ese ca­so", re­pli­ca Chino, "tra­to de no ha­cer­lo. Si no me veo en un per­so­na­je, tra­to de re­co­men­dar a otro, por más que in­sis­tan en que yo lo ha­ga. Pe­ro pue­de pa­sar que uno no sos­pe­che que no es­tá pre­pa­ra­do y que al ha­cer­lo pa­sen co­sas, co­mo que te in­co­mo­den al­gu­nas ca­rac­te­rís­ti­cas del per­so­na­je o te in­co­mo­des tú a la ho­ra de re­sol­ver­lo. Nun­ca lo he sen­ti­do co­mo al­go que fue­ra más allá de un desafío".

La con­ver­sa­ción con Chino Da­rín ad­quie­re un tono más co­lo­quial cer­ca de su fi­nal, cuan­do sa­li­mos a fu­mar un ci­ga­rri­llo a la te­rra­za (sí, Chino Da­rín fu­ma, por muy po­lí­ti­ca­men­te in­co­rrec­to que sea en es­tos tiem­pos), la ba­rre­ra en­tre en­tre­vis­ta­dor y en­tre­vis­ta­do em­pie­za a res­que­bra­jar­se y Chino ha­bla, co­mo di­ce él, "a cal­zón qui­ta­do". Cuan­do se tras­pa­sa esa fi­na lí­nea en­tre la vi­da pri­va­da y el tra­ba­jo pú­bli­co y Da­rín ex­pli­ca anéc­do­tas que le han ocu­rri­do en es­tos años o re­fle­xio­na so­bre el áni­mo de lu­cro de quie­nes co­mer­cian con vi­das aje­nas: "Son gen­te que ga­na di­ne­ro con mi in­co­mo­di­dad". Cuan­do se sin­ce­ra a raíz de pre­gun­tar­le si es­tá vi­vien­do el me­jor mo­men­to de su vi­da, tan­to en lo per­so­nal co­mo en lo pro­fe­sio­nal: "Ven­go de un año, el 2017, muy di­fí­cil para mí y hay co­sas que te ti­ñen el mo­men­to que te to­ca vi­vir; aho­ra vi­vo un mo­men­to fan­tás­ti­co, pe­ro el pa­sa­do fue un año muy du­ro, en lo per­so­nal y en lo pro­fe­sio­nal, aun­que pa­re­cie­ra que no desde fue­ra. Tam­bién fue un año de gran apren­di­za­je, pe­ro de eso so­lo to­mé con­cien­cia cuan­do ha­bía pa­sa­do". O cuan­do des­ta­pa su vis más ocio­sa y ha­bla de su evo­lu­ción en gus­tos mu­si­ca­les ("me gus­ta el rock de los 70, pe­ro úl­ti­ma­men­te an­do un po­co per­di­do y la mú­si­ca se ha con­ver­ti­do en al­go más fun­cio­nal para mi vi­da, al­go que ape­la más al es­ta­do aními­co que al pla­cer de es­cu­char­la, es ca­si co­mo una ban­da so­no­ra"), de su an­ti­gua afi­ción por el ar­te ("so­lía ir mu­cho a ex­po­si­cio­nes, por­que mi ma­dre me in­cul­có esa cos­tum­bre desde pe­que­ño, pe­ro aho­ra me cues­ta más ha­cer­lo mo­tu pro­prio") o de su pa­sión por la li­te­ra­tu­ra ("la lec­tu­ra es una de las co­sas que más te nu­tren, por­que te per­mi­te vo­lar a otros mun­dos, te trans­por­ta; el ci­ne, por ejem­plo, aca­pa­ra to­dos tus sen­ti­dos, pe­ro la lec­tu­ra son so­lo le­tras y es­ti­mu­la tu ca­be­za").

Mien­tras apa­ga su ci­ga­rri­llo, de­ja una úl­ti­ma fra­se que, en el fon­do, re­su­me por qué al­guien que tan­to ha ex­pues­to su vi­da pri­va­da al ám­bi­to pú­bli­co sa­le bien pa­ra­do: "No ten­go nun­ca na­da que ocul­tar; me sien­to am­pa­ra­do por un es­ti­lo de vi­da y una fi­lo­so­fía que pue­de ha­ber gen­te que no com­par­ta. Por eso me sé de­fen­der".

“Uno eli­ge lo que quie­re mos­trar y lo que no en las re­des so­cia­les, es el director y el editor de su pro­pia vi­da”

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