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El ‘top 10’ (o casi) de lo más difícil

Tras el cuádruple axel de Ilia Malinin, Primera Plana propone su decálogo de cuáles serían los lances más complicado­s del deporte atendiendo a varios parámetros

- A. GARCÍA, T. CAMPOS, J. SOLSONA y G. RIQUELME

Hace un mes largo, Ilia Malinin, aún menor, 17 años, estadounid­ense con antepasado­s uzbekos, logró aterrizar un cuádruple axel, el giro más exigente que hay en el patinaje artístico sobre hielo puesto que, al afrontar el ejercicio patinando de cara, en realidad exige dar cuatro vueltas y media en el aire. Malinin se adelantó a todos los pronóstico­s, que no veían cercana esta hazaña, después de que el japonés Yuzuru Hanyu, doble campeón olímpico, un superclase, lo hubiese intentado sin éxito.

Si hubiese un ránking de dificultad en el deporte, unos parámetros que permitiese­n comparar fuerza, precisión, velocidad y otras habilidade­s tan dispares, el lance acontecido en Lake Placid entraría en un puesto muy alto. Este reportaje, sin intención de doctrina ninguna, enumera diez ejercicios o disciplina­s —sin querer ordenarlos de menos a más tampoco— de máxima complicaci­ón.

EL TRIPLE SALTO MORTAL CARPADO HACIA ATRÁS EN GIMNASIA ARTÍSTICA

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El triple mortal, aunque agrupado, en el suelo lo realizó por primera vez el kazajo Valery Liukin en 1987, cuando representa­ba a la extinta Unión Soviética. Alcanzó la categoría H, la de dificultad máxima en la gimnasia artística, pero el riesgo que se asume es tan grande que no tuvo muchos seguidores.

En los últimos tiempos, el ruso Nikita Nagorniy lo ha retomado en su versión carpada, formando un ángulo recto el tronco con las piernas rectas. “Es complejo más que nada por el ángulo de salida, la altura que tiene que coger y la rotación”, apunta Ray Zapata, el subcampeón olímpico. “Pero lo más difícil es recepciona­rlo. Caer de pie, porque después de tanta rotación estás desorienta­do”. Jesús Carballo, presidente de la Federación Española, subraya la altura que tiene que coger el salto “para que te entren tres mortales. Se precisa una enorme potencia para elevar el cuerpo del suelo. Luego la técnica de tres giros con las piernas estiradas hacia atrás es complicadí­sima. Y finalmente se necesita un control espacial del gimnasta en el aire”.

EL BATEO EN BÉISBOL, UNA REACCIÓN EN MENOS DE MEDIO SEGUNDO

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Los estadounid­enses lo sitúan como el primero de la lista apoyándose en el número de errores. “No llegan a 20 (17 en concreto) el número de jugadores con un porcentaje de acierto de bateo por encima del 33% en la MLB. Se falla uno de cada tres intentos. Eso ya dice muchas cosas”, apunta Jesús Lisarri, presidente de la Federación Española de Béisbol y olímpico en Barcelona 92.

Una bola, que puede ser lanzada con ocho efectos distintos, algunos tan imprevisib­les como la bola de nudillos, en la que el esférico describe distintas direccione­s, ha de ser bateada a más de 160 km/h con un campo de visualizac­ión menor a medio segundo desde que sale de la mano del pitcher, situado a 18 metros. Además, el bateador tiene que descifrar mientras avanza el misil si se encuadra en la zona buena o en la mala, en la que hay que dejar pasar la bola para penalizar al rival. Es un cóctel diabólico.

“Sólo ves la salida de la bola. Lo otro es casi un acto reflejo. Muchas veces te tienes que anticipar, saber descifrar las señas”, expone Lisarri. “Los Dodgers, por ejemplo, tienen un equipo de 70 personas destinadas a tecnología y estadístic­as. Intentan acumular el mayor número de informació­n para saber qué efectos predominan en cada jugador, con qué asiduidad cambian de estrategia, los hábitos de cada uno, su zona caliente...”.

Los buenos bateadores suelen intentar leer la mano del pitcher. “Si los dedos están en la lateral de la bola, vendrá una curva. Si están encima, saldrá más recta”, revela Lisarri, que también incide en la importanci­a de los pitchers zurdos. “Son los más cotizados porque hay pocos. Su efectivida­d frente a bateadores zurdos es aún superior, porque el giro es dis

y también la trayectori­a, que tiende a abrir la pelota”.

LOS SALTOS DE ESQUÍ DESDE EL TRAMPOLÍN DE 100 METROS

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Ángel Joaniquet, de la generación de los últimos saltadores españoles de la historia, olímpico en Sarajevo en 1984 en una disciplina que ya no existe en nuestro país por falta de infraestru­cturas, aprendió a base “de talegazos”. Tenía 12 años cuando se inició en los saltos de esquí, un aprendizaj­e que fue un “entrenamie­nto continuo” a lo largo de su carrera. Le faltó un metro para alcanzar los 100, esa barrera mítica que en su cabeza había superado con creces imaginando un vuelo maravillos­o como el de Klaus Ostwald en Planica (176 en 1979), el que rememoraba en los ejercicios de sofronizac­ión. “Tan importante es el entrenamie­nto mental como el físico”, explica. “Nosotros hacíamos mucho entrenamie­nto en seco. Hacíamos el movimiento del salto, pero sin bajar”. El esquiador se lanza a las manos del entrenador.

En realidad es una perfecta fórmula matemática en la que el saltador coge velocidad en una rampa de unos 35 grados de inclinació­n y 100 metros (el trampolín largo), que acaba en ligera pendiente descendent­e, donde llega a alcanzar los 100 km/h al finalizar la rampa, momento en el que los cuádriceps se someten a una presión brutal en el impulso hacia arriba. “Entonces se trata de dominar la rotación del cuerpo. No perder el control”, dice el saltador, autor del libro En un salto. “Contra más rápido sea la rotación, más metros harás porque antes llegas a la posición ideal. La cabeza siempre tiene que estar por delante de los esquíes”.

A partir de aquí, la gravedad de una tierra que está más cercana de lo que la televisión o las fotos dibujan —“no nos separamos más de seis o siete metros”, revela Joaniquet— provoca el aumento de velocidad de unos cuerpos extraordin­ariamente livianos. A veces rozando lo enfermizo. “Si te pillaban con una cerveza, podías tener un problema; como te cogiesen con un refresco de cola, estabas expulsado del equipo”, confiesa el entrevista­do. La fuerza que se imprime en el aterrizaje viene a ser tres veces la del cuerpo, acción que se suele preparar flexionand­o progresiva­mente cadera, rodilla y tronco, y extendiend­o el tobillo de una sola pierna, en la posición Telemark.

RESTAR UN SAQUE DE TENIS A 245 KM/H, EL RÉCORD QUE TIENE JOHN ISNER

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John Isner estableció el récord del servicio más rápido de la historia, reconocido por la ATP, en la primera ronda del Grupo Mundial de Copa Davis 2016, en el partido que le midió a Bernard Tomic sobre la hierba del Club de Tenis de Kooyong. “Es parecido a lo que puede sentir un portero de fútbol cuando le lanzan un penalti. Tienes que intuir dónde va a ir la pelota porque no hay otra opción. Si te saca al otro lado no queda más que aplaudir”, dice Pablo Andújar, que se ha medido tres veces a él.

Pablo recuerda la dificultad que supuso devolverle la bola al gigante estadounid­ense con los 657 metros de altura de Madrid: “La bola bota mucho y tienes que impactarla cuando sube porque de otra forma estás obligado a irte a restar muy atrás, como hacen Nadal o Medvedev. Y yo no tengo ni su fuerza ni sus piernas. Siempre he restado más adelante”. El español, 120 del ranking a sus 36 años, considera como un auténtico reto “restar a Isner, porque no estás acostumbra­do a jugar con un sacador de estas caracterís­ticas y te mete mucha presión después cuando sirves tú”. Andújar habla de la singularid­ad de los servicios: “A veces es más difícil restar un saque a 170 km/h con mucho efecto que uno a 215. Todo pasa por saber leerlo y bloquear, como un efecto pared, para aprovechar la velocidad a la que te llega la bola”.

EL HOYO EN UN SOLO GOLPE EN EL GOLF (AUNQUE INFLUYA LA SUERTE)

5De toda esta compilació­n de acciones es la que más azar requiere, aunque la destreza con los palos para conseguir un hoyo en uno es necesaria y también la gallardía de ir a por el trapo, como se dice en el argot. “Bueno, sí, ha sido suerte”, suelen reconocer de inmediato los golfistas cuando lo logran, atendiendo a que entre los profesiona­les la probabilid­ad es 1 entre 2.500, cinco veces menos que las opciones entre los amateurs. La estadístic­a responde a los pares 3, aunque el PGA Tour, el circuito más importante del mundo, contempla uno en un par 4, logrado por Andrew Magee en 2001 en el Abierto de Phoenix.

Sin una clasificac­ión unificada entre los profesiona­les, el honor de más aces a lo largo de su carrera podría correspond­er a Miguel Ángel Jiménez, que suma 13 después de que a comienzos de año ganase un torneo del Champions Tour, para mayores de 50 años, con dos en el mismo evento. Aún más sorprenden­te fue el caso de Brian Harman en el Barclays de 2015. Tras 121 torneos como profesiona­l del PGA Tour no había logrado un hoyo en uno en su carrera e hizo dos en la última ronda, hecho que sólo se había visto dos veces antes: Miyazato en el Reno Tahoe de 2006 y Bill Whedon en el Insurance City de 1955. Las probabilid­ades de lograrlo son 67 millones contra una.

EL CUÁDRUPLE AXEL, LA APOTEOSIS DEL PATINAJE ARTÍSTICO SOBRE HIELO

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”Pues ya habrá que ponerse a pensar en un quíntuple giro”, entona Javier Fernández como conclusión a su anátinto

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AP EL NIÑO QUE ADELANTÓ A TODOS Entre los seis saltos del patinaje, el axel es el único donde el patinador tiene que ejecutar media vuelta más al empezar de cara y terminar de espaldas. Malinin, de 17 años, completó en competició­n en septiembre un cuádruple axel, cuatro vueltas y media.
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A más de 90 km/h, los saltadores de esquí se lanzan por la pendiente para aterrizar a más de 100 metros, en una combinació­n de técnica y poder mental.
EFE DESAFIANDO A LA GRAVEDAD A más de 90 km/h, los saltadores de esquí se lanzan por la pendiente para aterrizar a más de 100 metros, en una combinació­n de técnica y poder mental.

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