Juan Ta­llón

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Li­bro a li­bro, me­tá­fo­ra a me­tá­fo­ra, Juan Ta­llón (Ou­ren­se, 1975) se ha con­so­li­da­do co­mo uno de los más fi­nos es­ti­lis­tas del pa­no­ra­ma li­te­ra­rio es­pa­ñol. Po­see una le­gión de fie­les se­gui­do­res que rin­den ho­no­res de gran acon­te­ci­mien­to a ca­da nue­vo tra­ba­jo su­yo, ya sea una no­ve­la ( El vá­ter de Onet­ti, Fin de poe­ma), un en­sa­yo ( Ma­nual de fút­bol, el mag­ní­fi­co Li­bros

pe­li­gro­sos) o una re­co­pi­la­ción de su obra pe­rio­dís­ti­ca ( Mien­tras ha­ya ba­res).

Ta­llón aca­ba de pu­bli­car la que tal vez sea su obra más am­bi­cio­sa: Sal­va­je Oes­te (Es­pa­sa), una no­ve­la co­ral de más de seis­cien­tas pá­gi­nas en la que na­rra tres lus­tros de im­pu­ni­dad y co­rrup­ción: de una Es­pa­ña con­ver­ti­da en un in­men­so ne­go­cio pa­ra cier­ta éli­te que, a la

pos­tre, aca­ba­rá sien­do de­vo­ra­da por su pro­pia am­bi­ción.

La no­ve­la se di­vi­de en tres par­tes: To­ma de con­trol , Con­trol to­tal y Pér­di­da de con­trol : el apo­geo, la he­ge­mo­nía y el oca­so del po­der. ¿Con la es­cri­tu­ra de qué par­te se ha di­ver­ti­do más?

Yo creo que me he di­ver­ti­do con to­das. Qui­zás con la pri­me­ra más, por­que ha­bía que na­rrar al­go que trans­cu­rría en unos me­ses, cuan­do el país pa­sa­ba de pron­to a ma­nos de una gen­te se­dien­ta de éxi­to y de po­der. En­ton­ces te­nía que ge­ne­rar la fic­ción de que en ese po­co tiem­po el país te­nía nue­vas éli­tes y que es­tas éli­tes se apo­de­ra­ban con gran efi­ca­cia de to­do.

Dra­má­ti­ca­men­te sue­len ser más se­duc­to­res los oca­sos...

Bueno, sí, es más atrac­ti­vo y más ha­bi­tual tra­ba­jar so­bre ese es­ce­na­rio de oca­so, pe­ro en otras obras ya lo ha­bía tra­ba­ja­do y me re­sul­ta­ba más fá­cil. Por tan­to cons­ti­tuía un re­to me­nor.

¿En­ton­ces, se plan­tea ca­da nue­vo li­bro co­mo un re­to?

Sí, cla­ro, es­to es la li­te­ra­tu­ra. ¿Qué otra co­sa pue­de ser?

Us­ted ha di­cho que es­ta no­ve­la no de­be ser leí­da en cla­ve pa­ró­di­ca ni co­mo un th­ri­ller po­lí­ti­co. Pe­ro ca­si to­dos los ocho pro­ta­go­nis­tas son fá­cil­men­te re­co­no­ci­bles en la vi­da real. Pa­re­ce que pro­pon­ga al lec­tor el jue­go de adi­vi­na de quién es­toy ha­blan­do . Sí, es inevi­ta­ble cuan­do los per­so­na­jes en­car­nan a un pre­si­den­te del Go­bierno, a un mi­nis­tro de Eco­no­mía, al pre­si­den­te de un club de fút­bol o al di­rec­tor de un me­dio de co­mu­ni­ca­ción. Es inevi­ta­ble que el lec­tor bus­que el pa­ra­le­lis­mo en­tre el per­so­na­je y la per­so­na. Pe­ro yo he que­ri­do cons­truir mis per­so­na­jes de otra for­ma, de tal mo­do que de­trás de ca­da per­so­na­je ha­ya en reali­dad mu­chas per­so­nas. A ve­ces in­clu­so per­so­nas que no exis­ten. He pro­cu­ra­do siem­pre que los per­so­na­jes ten­gan una gran com­ple­ji­dad. En mu­chos mo­men­tos el lec­tor pen­sa­rá: «Es­te es fu­la­ni­to de tal». Y yo ju­ga­ré a que más ade­lan­te el lec­tor pien­se: «Pues a lo me­jor no era fu­la­ni­to de tal y se pa­re­ce a fu­la­ni­to de cual».

¿Al­guien se ha sen­ti­do alu­di­do, se ha mo­les­ta­do, le ha lla­ma­do...?

No, y me da mu­cha pe­na. Se­ría muy bueno pa­ra la no­ve­la que al­guien de­cla­ra­ra en pú­bli­co que se ha­bía sen­ti­do re­tra­ta­do en al­gún per­so­na­je. Aun­que se ex­pon­dría a ha­cer un gran ri­dícu­lo, cla­ro. Pe­ro la idea de que al­gún per­so­na­je real di­ga «fu­la­ni­to soy yo» es la gran as­pi­ra­ción de un au­tor, ¿no? Que en una de sus fic­cio­nes pue­da al­guien sen­tir­se re­tra­ta­do.

El tí­tu­lo re­mi­te a un gé­ne­ro, el western, en el que tra­di­cio­nal­men­te los per­so­na­jes se di­vi­dían en­tre bue­nos y ma­los. ¿En su li­bro tam­bién hay bue­nos y ma­los?

No, no hay en nin­gún mo­men­to un jui­cio a sus pro­ta­go­nis­tas, pe­ro sí es cier­to que hay per­so­na­jes que abu­san del po­der y co­me­ten de­li­tos sa­bien­do siem­pre que na­da de lo que ha­gan ten­drá un pre­cio pa­ra ellos. Y hay otros per­so­na­jes que vi­gi­lan los abu­sos del po­der. No sé si eso es sus­cep­ti­ble de ser en­ten­di­do co­mo per­so­na­jes bue­nos y ma­los. Por­que los per­so­na­jes teó­ri­ca­men­te ejem­pla­res tam­bién es­tán su­je­tos a de­bi­li­da­des y co­me­ten errores y ar­bi­tra­rie­da­des.

El nue­vo pre­si­den­te del Go­bierno in­ten­ta con­ven­cer a cier­to per­so­na­je pa­ra que acep­te el car­go de mi­nis­tro de Eco­no­mía. Le plan­tea abier­ta­men­te cier­tas des­ven­ta­jas y fi­nal­men­te le dice: Pa­ra com­pen­sar­lo, nos da­re­mos el lu­jo de dic­tar la Historia . ¿Cree que a es­ta ge­ne­ra­ción de éli­tes les in­tere­sa­ba es­te as­pec­to? ¿Era im­por­tan­te pa­ra ellos ac­ce­der a la Historia por la puer­ta gran­de? Creo que eran cons­cien­tes de que to­ma­ban de­ci­sio­nes que iban a afec­tar a mu­chí­si­mos mi­llo­nes de per­so­nas. Eran cons­cien­tes del gran po­der que te­nían y de que po­dían ha­cer co­sas im­po­si­bles mo­vien­do un sim­ple de­do. Y ama­ban ese po­der. Ta vez de lo que eran cons­cien­tes era de que es­ta­ban cons­tru­yen­do el re­la­to del país.

¿Su li­bro, en­ton­ces, pue­de ser leí­do co­mo una ra­dio­gra­fía del po­der?

Cla­ro, yo he pre­ten­di­do ha­cer un re­tra- to de có­mo se al­can­za el po­der. Có­mo se con­ser­va y có­mo a ve­ces se de­te­rio­ra y des­apa­re­ce.

Ha­ble­mos de la com­ple­ji­dad que su­po­ne es­cri­bir una no­ve­la co­ral. Es sa­bi­do que Ca­mi­lo Jo­sé Ce­la no sa­bía a cien­cia cier­ta cuán­tos per­so­na­jes dis­cu­rrían por La Col­me­na... Unos trescientos y pi­co, ¿no?

¿Us­ted sa­be cuán­tos hay en su li­bro? He lle­ga­do a ela­bo­rar un do­cu­men­to con to­dos los nom­bres pro­pios que apa­re­cen en la no­ve­la. Son unos cua­tro­cien­tos o qui­nien­tos, en­tre per­so­nas fic­ti­cias y reales, em­pre­sas, ins­ti­tu­cio­nes y or­ga­nis­mos.

Ha es­ta­do cer­ca de tres años es­cri­bien­do la no­ve­la. ¿Cuál es el gran re­to que su­po­ne la es­cri­tu­ra de una no­ve­la co­ral?

El gran re­to de una no­ve­la co­ral co­mo Sal­va­je Oes­te, con ocho pro­ta­go­nis­tas en pie de igual­dad, era que en el fon­do el pro­ta­go­nis­mo no re­ca­ye­se en ellos sino en el tiem­po en que vi­vie­ron. Eso es lo que he que­ri­do cap­tu­rar. Una épo­ca de un país. La épo­ca es el sal­va­je Oes­te, en tér­mi­nos me­ta­fó­ri­cos. Un tiem­po en que mu­cha gen­te es­ta­ba dis­pues­ta a ha­cer cual­quier co­sa, y si no lo ha­cían ellos, lo ha­rían otros en su lu­gar. Un tiem­po sór­di­do, don­de las éli­tes pen­sa­ban en sí mis­mas, don­de de­ja­ban de­trás mu­chí­si­mas víc­ti­mas con sus de­ci­sio­nes.

El li­bro es­tá re­ple­to de des­crip­cio­nes muy lí­ri­cas.¿Ha si­do arries­ga­do po­ner ese es­ti­lo su­ma­men­te de­pu­ra­do al ser­vi­cio de una no­ve­la tan rea­lis­ta y sór­di­da, de unos per­so­na­jes que no son má­qui­nas de ma­tar, sino má­qui­nas de man­dar?

Ese de­ba­te lo tu­ve an­tes de es­cri­bir la no­ve­la, du­ran­te su es­cri­tu­ra y des­pués de ver la no­ve­la pu­bli­ca­da. Al fi­nal, pa­ra dar­me la ra­zón me di­je que da igual lo que es­cri­bas, siem­pre tie­nes que dar lo me­jor de ti y ha­cien­do lo que sa­bes ha­cer. Tra­tar de es­cri­bir una no­ve­la co­mo no sa­bes es­cri­bir­la pue­de ser muy frus­tran­te. La sor­di­dez que re­tra­to no po­día tras­la­dar­se al es­ti­lo

li­te­ra­rio. Yo ten­go mis he­rra­mien­tas na­rra­ti­vas, y de­bo ce­ñir­me a ellas. Hay un ti­po de vul­ga­ri­dad que so­lo pue­de ser con­ta­da con una gran pul­cri­tud.

¿Le cos­tó ha­cer hablar a las éli­tes?

(Ríe) Mu­chí­si­mo. Lo que más. Lo que más, con di­fe­ren­cia. Fue muy di­fí­cil do­tar de diá­lo­gos a unos per­so­na­jes que no co­noz­co. Pe­ro aquí hay que de­cir que yo to­mé una de­ci­sión cues­tio­na­ble: dar a esos per­so­na­jes, de los que te­ne­mos una ima­gen po­bre, una gran in­te­li­gen­cia, una so­fis­ti­ca­ción en un mo­men­to da­do, hu­ma­ni­dad, un vue­lo que a lo me­jor po­de­mos creer que no tie­nen.

¿Cree que en al­gún mo­men­to de nues­tra vi­da to­dos que­rría­mos ser uno de esos per­so­na­jes de la éli­te, po­de­ro­sos, am­bi­cio­sos, ri­cos y des­pia­da­dos?

A ver... Es que esos ejer­ci­cios de pro­yec­tar so­bre las no­ve­las co­sas que no cuen­tan esas no­ve­las son a ve­ces... Có­mo se dice...

¿Ba­na­les?

No, ba­na­les no... ¡Ocio­sos! Ocio­sos, por­que ¿po­dría una no­ve­la de­cir lo que no dice? Hom­bre, por po­der, po­dría, pe­ro ya se­ría tal vez otra no­ve­la. Pe­ro más allá de es­ta res­pues­ta, yo creo que to­dos te­ne­mos cier­ta am­bi­ción. Pe­ro, cla­ro, la gra­dua­ción de esa am­bi­ción, más, me­nos, poca, mu­cha, es lo que nos dis­tin­gue y nos per­mi­te vi­vir a unos más tiem­po y a otros me­nos tiem­po.

¿Con cuán­ta am­bi­ción se vi­ve más, en­ton­ces?

Con poca. Con poca am­bi­ción vi­ves más años.

¿Esos tiem­pos sal­va­jes que re­tra­ta, los tiem­pos del la­dri­llo, la im­pu­ni­dad y la co­rrup­ción, se han trans­for­ma­do hoy en otra ver­sión? Cla­ro, yo di­ría que el sal­va­je Oes­te no se ex­tin­gue. Di­ga­mos que se mo­du­la, se trans­for­ma. Pe­ro vi­vi­mos en so­cie­da­des di­se­ña­das pa­ra ha­cer gran­des ne­go­cios que dan mu­cho di­ne­ro. Y ade­más con ca­pa­ci­dad pa­ra que esos gran­des ne­go­cios se ha­gan fá­cil­men­te cuan­do for­mas par­te de la éli­te.

Si su li­bro tu­vie­ra una mo­ra­le­ja... Ojo, no he pre­ten­di­do que tu­vie­ra mo­ra­le­ja, to­do lo con­tra­rio.

Sí, pe­ro uno aca­ba de leer­lo y pien­sa: esas éli­tes cons­tru­yen un mun­do he­cho a su me­di­da, ex­ce­si­vo, mi­no­ri­ta­rio, y ese mun­do aca­ba de­vo­rán­do­las... Co­mo al doc­tor Fran­kens­tein, el mons­truo que han crea­do al fi­nal aca­ba con ellos.

Cla­ro, no, eso sí, cla­ro. Aca­pa­ran un po­der que al ca­bo de un tiem­po se vuel­ve sal­va­je e in­do­mes­ti­ca­ble. No pue­den con­tro­lar­lo, por­que es un po­der que exi­ge ca­da vez una ma­yor he­ge­mo­nía. Pe­ro es que uno ha de con­tar con que exis­ten siem­pre po­de­res emer­gen­tes, que tal vez vie­nen de lu­ga­res pa­re­ci­dos, pe­ro que no son los mis­mos. En el es­ce­na­rio es­tán los po­de­ro­sos, pe­ro es­tán tam­bién los que quie­ren ser po­de­ro­sos. Al fi­nal es la historia de la hu­ma­ni­dad. Los ci­clos del po­der. Los gran­des po­de­res tam­bién se vie­nen aba­jo, víc­ti­mas de po­de­res emer­gen­tes.

Te­nía una pre­gun­ta pa­ra ini­cia­dos en su obra...

(Ríe) A ver, ház­me­la.

¿Su li­bro es tam­bién un li­bro pe­li­gro­so ?

Oja­lá. Oja­lá fue­se un li­bro pe­li­gro­so en el sen­ti­do que... Cio­ran de­cía que los li­bros de­bían ser pe­li­gro­sos, es de­cir, de­bían ser ca­pa­ces de hur­gar en la he­ri­da. Si mi li­bro hur­ga en la he­ri­da que unas éli­tes han in­fli­gi­do g a la so­cie­dad, p pues bueno, po­dre­mos de­cir que es pe­li­gro­so. Si un li­bro de­ja una mar­ca en un lec­tor, pues ya se­rá un li­bro pe­li­gro­so pa­ra ese lec­tor.

¿Y sa­be cuál se­rá su pró­xi­mo li­bro?

Di­ría que lo des­co­noz­co com­ple­ta­men­te, pe­ro se­ría una men­ti­ra co­chi­na. Sí, ha­ce tiem­po que ten­go una idea en la ca­be­za que pu­do ha­ber fruc­ti­fi­ca­do an­tes in­clu­so que Sal­va­je Oes­te, pe­ro que no lo hi­zo. Oja­lá lo ha­ga aho­ra. Pe­ro de esa idea no voy a con­tar­te na­da.

¿Se­rá una no­ve­la?

Sí, sí, se­rá una no­ve­la, pe­ro de ella lo des­co­noz­co ca­si to­do.

Mi obli­ga­ción es in­sis­tir...

Cla­ro, cla­ro, sí, sí. (Ríe) Pe­ro no te voy a de­cir ab­so­lu­ta­men­te na­da. Quie­ro de­cir, pri­me­ro ten­dré que per­der de vis­ta to­da es­ta hu­ma­re­da que es­tá ge­ne­ran­do Sal­va­je Oes­te, y de mo­men­to no es­toy en con­di­cio­nes.

¿Aún si­gue pen­san­do que la li­te­ra­tu­ra no sir­ve pa­ra na­da?

Bueno, si­go pen­san­do que la li­te­ra­tu­ra no sir­ve pa­ra na­da, pe­ro a su vez tam­bién pien­so que la vi­da es im­po­si­ble sin las co­sas inú­ti­les. Las co­sas inú­ti­les son aque­llas en las que más per­de­mos el tiem­po. Es más, ne­ce­si­ta­mos las co­sas inú­ti­les más que nun­ca. Así que, en­ton­ces, nos po­ne­mos en ese es­ce­na­rio en que la li­te­ra­tu­ra sir­ve pa­ra to­do. La li­te­ra­tu­ra nos sal­va­rá. ¿De qué nos sal­va­rá la li­te­ra­tu­ra? De na­da.

SA SAL­VA­JE OES­TE JU JUAN TA­LLÓN ESP ES­PA­SA, 624 PP., 21,90 €

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