Sáha­ra

Rutas del Mundo - - UN FOTÓGRAFO Y UN DESTINO -

SÁHA­RA. Seis le­tras que por sí so­las evo­can en nues­tra men­te imá­ge­nes de pai­sa­jes in­fi ni­tos y on­du­la­dos. Mis­te­rio­sos y le­gen­da­rios. De­cir Sáha­ra es pa­ra mu­chos de no­so­tros si­nó­ni­mo de be­lle­za. De in­men­si­dad y de si­len­cio. De his­to­rias le­ja­nas de pue­blos nó­ma­das y hos­pi­ta­la­rios. Es el em­bru­jo del de­sier­to, una ima­gen idí­li­ca y ro­mán­ti­ca que lo con­vier­te en un des­tino irre­sis­ti­ble pa­ra aque­llos que ama­mos los es­pa­cios li­bres de hue­llas hu­ma­nas, pa­ra los que ado­ra­mos los san­tua­rios si­len­cio­sos de la na­tu­ra­le­za, los ho­ri­zon­tes lim­pios, la luz siem­pre cam­bian­te y la for­ma efí­me­ra y ca­pri­cho­sa de las du­nas. Sin em­bar­go la reali­dad tie­ne mu­chos co­lo­res. Pa­ra los hom­bres y mu­je­res que vi­ven en el Sáha­ra, el de­sier­to es una reali­dad bien dis­tin­ta. En un en­torno co­mo es­te el ser hu­mano no de­ci­de su des­tino. Lo de­ci­de la na­tu­ra­le­za. El Sáha­ra im­po­ne sus con­di­cio­nes a quie­nes acep­tan el re­to y les obli­ga a adap­tar­se a las con­di­cio­nes más ex­tre­mas del pla­ne­ta. A tem­pe­ra­tu­ras de 50 ºC. A la es­ca­sez de agua. Al vien­to, a la are­na y al sol, es­cul­to­res mi­le­na­rios de los pai­sa­jes que a no­so­tros tan­to nos fas­ci­nan. Son la ca­ra y la cruz de la mis­ma moneda. Las lu­ces y las som­bras del Sáha­ra. El te­rri­to­rio más in­hós­pi­to y a la vez uno de los más her­mo­sos del pla­ne­ta.

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