“Vente pa’ Ma­drid” Pe­que­ños mu­seos que va­le la pe­na vi­si­tar

Mu­chos de los tu­ris­tas que lle­gan a la ca­pi­tal de Es­pa­ña vie­nen a ver el Museo del Pra­do, el Thys­sen y el Rei­na So­fía. Pe­ro Ma­drid tie­ne mu­chos otros mu­seos que va­le la pe­na vi­si­tar. En pri­ma­ve­ra, la ca­pi­tal de Es­pa­ña es un au­tén­ti­co fes­ti­val.

Rutas del Mundo - - POR LOS SIETE MARES: - Glo­ria Zo­rri­lla Pe­rio­dis­ta

Se­gu­ro que mu­chos re­cuer­dan aque­lla can­ción es­cri­ta por An­to­nio Flo­res y que po­pu­la­ri­zó el gru­po Ke­ta­ma: “Vente pa’ Ma­drid”, to­do un himno a la ca­pi­tal de Es­pa­ña. Pe­ro, aun­que a Ma­drid siem­pre va­le la pe­na acer­car­se, la pri­ma­ve­ra es sin du­da la me­jor épo­ca pa­ra ha­cer­lo. Es cuan­do el gé­li­do vien­to in­ver­nal de la sie­rra des­apa­re­ce y da pa­so a una li­ge­ra bri­sa que se agra­de­ce mien­tras se pa­sea por el ba­rrio de los Aus­tria o por el par­que del Re­ti­ro. Y es es­pe­cial­men­te du­ran­te el mes de ma­yo cuan­do Ma­drid se con­vier­te en una au­tén­ti­ca fiesta.

La co­sa co­mien­za el 2 de ma­yo con el día de la Co­mu­ni­dad en que se con­me­mo­ra el le­van­ta­mien­to de los ma­dri­le­ños con­tra la do­mi­na­ción na­po­leó­ni­ca. Fue el ini­cio de la Gue­rra de In­de­pen­den­cia. Hay ver­be­nas y con­cier­tos por to­da la vi­lla pe­ro so­bre to­do en el ba­rrio de Ma­la­sa­ña, en los al­re­de­do­res de la Pla­za del Dos de Ma­yo. Y si gus­tan los to­ros se ce­le­bra una fe­ria tau­ri­na en la pla­za de Las Ven­tas, La Go­yes­ca, don­de los to­re­ros se vis­ten con unos tra­jes muy vis­to­sos a la usan­za de la épo­ca.

Des­pués vie­ne el 15 de ma­yo y San Isi­dro La­bra­dor, con fies­tas en ho­nor al pa­trón, ro­me­rías, con­cier­tos y ac­tua­cio­nes por to­dos los ba­rrios. Pe­ro si los to­ros y las fies­tas po­pu­la­res no es lo su­yo y es­tá bus­can­do des­cu­brir un Ma­drid más cul­tu­ral, la ciu­dad cuen­ta con una am­plia ofer­ta. Si ya ha vi­si­ta­do an­tes mu­seos co­mo el Pra­do, el Thys­sen y el Rei­na So­fía (tam­bién co­no­ci­do co­mo “So­fi­dú”) Ma­drid cuen­ta con otros in­tere­san­tes mu­seos no tan co­no­ci­dos, pe­ro igual­men­te atrac­ti­vos. No es­ta­rán tan ates­ta­dos de tu­ris­tas y se pue­de dis­fru­tar mu­cho más de sus te­so­ros.

JO­YAS EX­TRA­OR­DI­NA­RIAS

Uno de esos pe­que­ños mu­seos ma­dri­le­ños que más gus­tan es el Museo So­ro­lla, que fue la ca­sa y lu­gar de tra­ba­jo del ar­tis­ta Joa­quín So­ro­lla (1863-1923). Es muy in­tere­san­te por­que re­fle­ja a la per­fec­ción lo que fue el ta­ller del pin­tor, ya que con­ser­va, no só­lo la obra pic­tó­ri­ca del va­len­ciano, sino tam­bién el am­bien­te ori­gi­nal de la vi­vien­da fa­mi­liar con mu­chas de sus per­te­nen­cias. La en­tra­da al museo con­du­ce a la zo­na de tra­ba­jo con sus ca­ba­lle­tes, lien­zos y sus úti­les de escritura. El museo fue

El So­ro­lla, el Ce­rral­bo, el de las Ar­tes De­co­ra­ti­vas, el del Ro­man­ti­cis­mo... Pe­que­ños mu­seos que son una de­li­cia.

crea­do por la viu­da, que le­gó to­dos sus bie­nes al Es­ta­do, y con­cen­tra la co­lec­ción más am­plia de es­te ar­tis­ta co­no­ci­do por sus vis­tas ma­ri­nas. La ca­sa cuen­ta con un jar­dín pre­cio­so que en pri­ma­ve­ra es una de­li­cia. Un oa­sis de paz en pleno Ma­drid. www. mu­seo­so­ro­lla.mcu.es

Otro de los gran­des prohom­bres que le­gó un museo a es­ta ciu­dad fue Jo­sé Lá­za­ro Gal­diano, un edi­tor y co­lec­cio­nis­ta de ar­te con una in­men­sa for­tu­na. Al fa­lle­cer sin he­re­de­ros de­jó to­da su for­tu­na al Es­ta­do. En la sala 13 es don­de es­tán al­gu­nas de las jo­yas de es­ta co­lec­ción, co­mo seis bo­ce­tos de Go­ya. Otro de los te­so­ros de la co­lec­ción es una obra de la es­cue­la fla­men­ca, Las meditacion­es de San Juan Bautista, de El Bosco . www.flg.es

El Museo de las Ar­tes De­co­ra­ti­vas es otra de las vi­si­tas obli­ga­das. La se­de es­tá en el an­ti­guo pa­la­ce­te de la du­que­sa de San­to­ña, aun­que és­te ha si­do bas­tan­te re­for­ma­do pa­ra al­ber­gar una im­por­tan­te co­lec­ción con más de 70.000 ob­je­tos, y en don­de es­tán re­pre­sen­ta­das to­das las ar­tes de­co­ra­ti­vas: tex­ti­les, or­fe­bre­ría, mo­bi­lia­rio, ce­rá­mi­ca... de to­das las épo­cas. En­tre las pie­zas des­ta­ca la co­lec­ción de ar­te chino ate­so­ra­do por el rey Car­los III que abar­ca fun­da­men­tal­men­te las di­nas­tías Ming y Qing. www. mnar­tes­de­co­ra­ti­vas.mcu.es

Hay que ser muy es­pe­cial pa­ra crear un Museo del Ro­man­ti­cis­mo y es­to es lo que hi­zo el mar­qués de Ve­ga-In­clán en un pa­la­ce­te de es­ti­lo neo­clá­si­co. El aris­tó­cra­ta era un fan de es­te mo­vi­mien­to cul­tu­ral y hoy la mues­tra ofre­ce una vi­sión glo­bal de es­te pe­rio­do: cos­tum­bres, ideas, ro­les fa­mi­lia­res, gus­tos y los há­bi­tos so­cia­les de la épo­ca: www. mu­seo­ro­man­ti­cis­mo.mcu.es

Otro pe­que­ño museo que pa­re­ce un de­co­ra­do de ci­ne es el Museo Ce­rral­bo, cons­trui­do en 1883 por el mar­qués del mis­mo nom­bre, y que al­ber­gar una enor­me co­lec­ción de ar­te. Na­da más en­trar en el za­guán del pa­la­ce­te, una im­po­nen­te es­ca­le­ra sir­ve pa­ra de­mos­trar al vi­si­tan­te el po­de­río de es­ta ilus­tre fa­mi­lia. La de­co­ra­ción in­te­rior del lu­gar tie­ne ele­men­tos neo­ba­rro­cos y ro­co­cós y las pie­zas es­tán ex­pues­tas de una ma­ne­ra tan abi­ga­rra que no que­da ni un es­pa­cio li­bre. Un am­bien­te de­co­ra­ti­vo co­no­ci­do co­mo ‘ho­rror va­cui’ que pue­de re­sul­tar un tan­to opre­si­vo ( y qui­zá pa­sa­do de mo­da) que ha ser­vi­do co­mo es­ce­na­rio pa­ra ro­dar pe­lí­cu­las de épo­ca, co­mo El Zo­rro, de Alain Delon. www.mu­seo­ce­rral­bo.mcu.es

En pri­ma­ve­ra el par­que del Oes­te, de ca­si cien hec­tá­reas, es una au­tén­ti­ca ma­ra­vi­lla con sus ro­sa­le­das, ce­dros del Lí­bano y cho­pos que si­gue los tra­za­dos de los jar­di­nes in­gle­ses has­ta con­ver­tir­se en uno de los es­pa­cios ver­des más im­por­tan­tes de Ma­drid. Y aquí es don­de sin du­da se po­drá dis­fru­tar de una de las me­jo­res pues­tas de sol mien­tras se ce­na en uno de los res­tau­ran­te del pa­seo Pin­tor Ro­sa­les (Cao­ba Restaurant en el número 76 o La Va­ca Ar­gen­ti­na en el 52), o qui­zá to­mar una co­pa has­ta la ma­dru­ga­da. Por­que Ma­drid nun­ca duer­me, y me­nos du­ran­te el mes de ma­yo.

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