Tahi­tí y sus is­las

Rutas del Mundo - - CLIO -

Po­cos lu­ga­res del Pla­ne­ta pro­vo­can tan­ta pa­sión al nom­brar­los co­mo Po­li­ne­sia. Tra­tan­do de ci­tar el tó­pi­co, ca­be de­cir en ho­nor a la ver­dad que Tahi­tí y sus is­las ofre­cen to­do lo que un hu­mano pue­de so­ñar y desear: mu­chas ho­ras de sol, tem­pe­ra­tu­ras más que agra­da­bles, ex­tra­or­di­na­rios y co­lo­ri­dos pai­sa­jes que trans­mi­ten una cons­tan­te sen­sa­ción de paz... Efec­ti­va­men­te, aquí las pla­yas son de are­na blan­ca, las aguas del mar son trans­pa­ren­tes, la ve­ge­ta­ción lu­ju­rio­sa y la be­lle­za rei­na en to­dos los al­re­de­do­res. Po­li­ne­sia es así. Con pal­me­ras y co­co­te­ros, con pa­no­rá­mi­cas de aú­pa y pes­ca abun­dan­te. Sus co­lo­res son el azul tur­que­sa, el ver­de es­me­ral­da y el blan­co co­ral.

Y de en­tre to­dos los rin­co­nes de Po­li­ne­sia, sin du­da pa­ra Pat­xi Uriz des­ta­ca Tahi­tí, una is­la úni­ca que ha sa­bi­do pre­ser­var su cul­tu­ra au­tóc­to­na y sus pai­sa­jes. Un au­tén­ti­co edén aún in­tac­to, don­de la luz, la be­lle­za y los co­lo­res son real­men­te ex­tra­or­di­na­rios. Por ejem­plo, los atar­de­cer en Moo­rea re­sul­tan tan ex­cep­cio­na­les que ja­más nin­gún es­cri­tor en­con­tra­rá las pa­la­bras in­di­ca­das pa­ra con­tar­los. So­la­men­te hu­bo una vez un pin­tor, Paul Gau­gin - que fue fe­liz y des­gra­cia­do en es­tas tie­rras ca­si al mis­mo tiem­po-, que su­po cap­tar­los. Pe­ro eso so­lo es­tá a dis­po­si­ción de al­gún ge­nio. Aun­que, por el ca­mino, hay al­gu­nos fo­tó­gra­fos que le van a la za­ga, y Uriz es uno de ellos.

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