La Vie­na de los ca­fés

En in­vierno, los ca­fés cen­te­na­rios son en Vie­na, ade­más de edi­fi­cios ar­tís­ti­cos de gran va­lor, un re­fu­gio pa­ra re­cu­pe­rar fuer­zas con una de­li­cio­sa pas­te­le­ría acom­pa­ña­da del “me­lan­ge”, el ca­fé con le­che con un de­do de es­pu­ma ver­da­de­ra­men­te re­con­for­tan­te.

Rutas del Mundo - - DESTINO - Jordi Bas­tart Pe­rio­dis­ta y fo­tó­gra­fo (con la co­la­bo­ra­ción de Tu­ris­mo de Vie­na)

El Ca­fé De­mel cuen­ta con una de las tra­di­cio­nes en pas­te­le­ría más fa­mo­sas de Vie­na.

En pleno in­vierno las ciu­da­des cen­troeu­ro­peas se vis­ten mu­chas ve­ces con el fino man­to de la nie­ve. El frío aprie­ta y las ho­ras de luz se acor­tan. Pue­de que pa­ra al­gu­nos no sea la épo­ca ideal pa­ra una es­ca­pa­da, pe­ro es­te am­bien­te con­lle­va una bue­na com­pen­sa­ción. El frío in­vi­ta a en­ce­rrar­se en el in­te­rior de las ca­sas, a dis­fru­tar de un buen ho­gar, a vi­si­tar con de­te­ni­mien­to los mu­seos y, en el ca­so de Vie­na, los in­creí­bles ca­fés de es­ta ciu­dad, que se tor­nan un es­ca­pa­ra­te de pla­cer.

Si bien es cier­to que los par­ques no lu­cen ver­dor, la vi­da en las ciu­da­des de paí­ses fríos co­mo Aus­tria no se pa­ra­li­za; an­tes al con­tra­rio, la gen­te in­va­de res­tau­ran­tes y pas­te­le­rías, y las mu­je­res, de­ba­jo de grue­sos abri­gos, es­con­den be­llos ves­ti­dos con escotes que aca­pa­ran más de una mi­ra­da. Las bo­tas de nie­ve se cam­bian por los za­pa­tos de fino tacón en el in­te­rior de los es­ta­ble­ci­mien­tos, lo cual hay que agra­de­cer a los am­plios bol­sos que, en es­te ca­so, sí tie­nen una uti­li­dad ma­ni­fies­ta. El cá­li­do am­bien­te de los ca­fés vie­ne­ses fa­vo­re­ce la lec­tu­ra de­te­ni­da de la pren­sa y dis­fru­tar de una co­ci­na ex­tra­or­di­na­ria, e in­vi­ta a lar­gas ter­tu­lias, mu­chas ve­ces acom­pa­ña­das de mú­si­ca en vi­vo. ¡ Es un pla­cer que na­die de­be­ría per­der­se!

EL CA­LOR DEL IN­VIERNO

Los ca­fés de Vie­na, la ma­yo­ría de ellos cen­te­na­rios, re­fle­jan el ar­te de vi­vir del

que pre­su­men los vie­ne­ses. En ve­rano se in­ven­tan la pla­ya en el Da­nu­bio, pe­ro lle­ga­do el in­vierno, la ca­pi­tal de Aus­tria, aun­que pa­rez­ca dor­mi­da, bu­lle por los cua­tro cos­ta­dos. Los ca­fés vie­ne­ses han si­do par­te esen­cial de la vi­da de la ciu­dad y la cul­tu­ra del ca­fé en Vie­na es ya Pa­tri­mo­nio Cul­tu­ral In­ma­te­rial de la Unesco. Cen­tro de reunión, de lec­tu­ra y de re­la­cio­nes so­cia­les, los ca­fés vie­ne­ses son un lu­gar don­de to­mar un ape­ri­ti­vo o un al­muer­zo y un es­pa­cio pa­ra des­co­nec­tar del aje­treo de la ciu­dad o del tra­ba­jo.

Ca­da uno de ellos tie­ne su pro­pia idio­sin­cra­sia y re­sul­ta un ver­da­de­ro pla­cer re­ca­lar en al­guno de ellos so­bre todo des­pués de una gé­li­da jor­na­da de pa­seo. Los ca­fés son ver­da­de­ros es­ca­pa­ra­tes pa­ra los más go­lo­sos, con el biz­co­cho Gu­gel­hupf, el Ap­pel Stru­del y la tar­ta Sa­cher co­mo pro­duc­tos des­ta­ca­dos. Hay que ir con cui­da­do por­que to­dos en­tran por los ojos, pe­ro una vez en el es­tó­ma­go ya se sa­be que, lle­ga­do el ve­rano, cos­ta­rá re­cu­pe­rar la lí­nea.

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