La edad ideal pa­ra em­pe­zar

Ser Padres - - TRES-CUATRO -

«Si so­lo tie­ne tres añi­tos... ¿No es de­ma­sia­do pe­que­ño pa­ra apren­der a na­dar?». Quien ha­bla así es Te­re, ma­dre de Leo. «Ade­más, ¡có­mo le voy a de­jar ahí so­lo, en la in­men­si­dad de la pis­ci­na!», aña­de.

En reali­dad, los tres años es la eta­pa perfecta pa­ra apren­der a na­dar. Pa­ra em­pe­zar, por­que a esa edad los ni­ños ya no ne­ce­si­tan que sus pa­dres se me­tan con ellos en el agua y pue­den es­tar aten­tos a las ex­pli­ca­cio­nes del mo­ni­tor. Y pa­ra con­ti­nuar, a es­ta edad han ga­na­do en au­to­no­mía. Tan­ta, que aho­ra una cla­se de na­ta­ción se pa­re­ce a una cla­se en el co­le: allí es­tán so­los con su profesor, igual que en la pis­ci­na es­ta­rán a so­las con su mo­ni­tor. Ade­más, la ma­yo­ría ya no usa pa­ña­les, lo que tam­bién fa­ci­li­ta el apren­di­za­je. Pe­ro, so­bre to­do, ya son ca­pa­ces de ex­pre­sar lo que sien­ten: si tie­nen mie­do o frío, si quie­ren sa­lir...

Mu­chos te­mo­res pa­ter­nos («¡se va a asus­tar!») son in­fun­da­dos. Al­gu­nos ni­ños tie­nen mie­do al agua, es cier­to, pe­ro otros mu­chos no, y los adul­tos ten­de­mos a me­ter­los a todos en el sa­co de los «mie­do­sos». Es cier­to que los pe­que­ños que han asis­ti­do a cla­ses de ma­tro­na­ta­ción con an­te­rio­ri­dad jue­gan con la ven­ta­ja de que pa­ra ellos una pis­ci­na ya no es un en­torno ex­tra­ño, pe­ro em­pe­zar de ce­ro no ten­dría por qué su­po­ner una han­di­cap. Y si al prin­ci­pio les cues­ta un po­qui­to, el mo­ni­tor ha­rá lo po­si­ble pa­ra que va­yan co­gien­do con­fian­za.

Los pa­dres tam­bién po­de­mos ha­cer al­gu­nas co­sas: mu­chas pis­ci­nas or­ga­ni­zan jor­na­das de puer­tas abier­tas en las que en­se­ñan las ins­ta­la­cio­nes y nos ex­pli­can en qué con­sis­te la di­ná­mi­ca de las cla­ses. Esa vi­si­ta pue­de ayu­dar­nos a la ho­ra de con­tar al ni­ño qué se en­con­tra­rá en su pri­me­ra cla­se de na­ta­ción: que ve­rá una pis­ci­na con mu­cha agua, que se pon­drá un go­rro co­mo cuan­do se dis­fra­zó el año pa­sa­do de bu­cea­dor, que ha­brá otros ni­ños co­mo él allí, que irán a re­co­ger­lo en cuan­to aca­be la cla­se... Otro consejo: es­pe­rar a la sa­li­da de cla­se pa­ra dar­le de me­ren­dar. Mu­chos ni­ños vo­mi­tan con fa­ci­li­dad y un cam­bio de tem­pe­ra­tu­ra, los ner­vios o, sim­ple­men­te, el aje­treo de la ac­ti­vi­dad pue­den pa­sar­les fac­tu­ra. Por eso es con­ve­nien­te de­jar la me­rien­da pa­ra des­pués del deporte. Ade­más, lo nor­mal es que tras el es­fuer­zo, sal­gan con un ham­bre bes­tial.

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