El des­can­so del gue­rre­ro

Ser Padres - - EDITORIAL - Ley­re Ar­tiz Di­rec­to­ra de Ser Pa­dres @ley­rear­tiz

Vi­sua­lí­za­lo. Un ni­ño se cae en el par­que, se le­van­ta y se po­ne a co­rrer llo­ran­do y gri­tan­do como un lo­co. Su­pera mi­les de obs­tácu­los y adul­tos que in­ten­tan co­ger­le, pe­ro él los sor­tea con la ha­bi­li­dad de un ma­ri­ne ame­ri­cano atra­ve­san­do una cam­po de mi­nas. Tie­ne un ob­je­ti­vo fi­jo: ma­má. Y no pa­ra­rá has­ta lle­gar a sus bra­zos. No son ni más gran­des, ni más ca­len­ti­tos que to­dos esos bra­zos (in­clui­dos los de pa­pá, ¡sorry!) que se ha en­con­tra­do por el ca­mino. Pe­ro son los úni­cos que pue­den con­so­lar­le. Y so­lo ahí, en­vuel­to por ella y tran­qui­li­za­do por sus pa­la­bras, esa he­ri­da que tan­to mo­les­ta­ba has­ta ha­ce unos mi­nu­tos de­ja­rá de do­ler.

Ma­má es pa­ra el ni­ño lo que Íta­ca pa­ra Uli­ses: el des­can­so del gue­rre­ro. So­lo ella cu­ra cual­quier do­lor. Y aun­que el sa­na sa­ni­ta cu­li­to de ra­na no «sa­na» igual si lo de­ci­mos no­so­tros que si lo di­ce una ma­dre, en la página 74 te ofre­ce­mos 10 so­lu­cio­nes má­gi­cas pa­ra cu­rar las he­ri­das, tam­bién las emo­cio­na­les. Ya sa­bes, se apli­can con cui­da­do y ca­ri­ño tras un gol­pe, el día que to­que va­cu­nas o des­pués de un día di­fí­cil en la guar­de­ría.

Fe­liz día de la ma­dre y fe­liz lec­tu­ra.

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