Mie­do a la se­pa­ra­ción

¿Por qué se­rá que los be­bés pro­tes­tan con tan­ta ener­gía cuan­do su ma­dre se ale­ja? ¿Hay que to­mar en se­rio sus lá­gri­mas? La res­pues­ta es sí. Tie­ne ham­bre de tu com­pa­ñía.

Ser Padres - - 6-12 MESES - POR: RO­SA R.

Ca­ri­ño y ali­men­to van de la mano

bé se sien­te mal cuan­do tie­ne ham­bre y al co­mer se sien­te bien. Co­mo es la ma­dre la que le da el pe­cho (y tam­bién el bi­be­rón, ca­si siem­pre), aca­ba aso­cián­do­la con el bie­nes­tar de la ba­rri­gui­ta lle­na. Así, del ali­men­to, que es una ne­ce­si­dad real, ven­dría el es­tar en bra­zos, que no es más que cuen­to.

Montse, de diez me­ses, llo­ra de­ses­pe­ra­da en cuan­to Merche, su ma­dre, des­apa­re­ce de su vis­ta. «Es que si ten­go que ir al la­va­bo, se po­ne que pa­re­ce que la es­tén ma­tan­do y en cuan­to la co­jo en bra­zos, el llan­to ce­sa y en po­cos se­gun­dos ya es­tá otra vez fe­liz y con­ten­ta», cuen­ta Merche.

Los que van de ex­per­tos en te­mas de crian­za in­fan­til, que acu­den a la ma­dre no­va­ta co­mo las mos­cas a la fru­ta, le da­rían sus sa­bios con­se­jos: «Es cuen­to, lo ha­ce pa­ra lla­mar la aten­ción». «Mi­ra có­mo se le qui­ta to­do en un plis plas. Eran lá­gri­mas de co­co­dri­lo». «Te to­ma el pe­lo». «¡Uy, qué ma­mi­tis tie­ne es­ta ni­ña...!». «Pues dé­ja­la que llo­re, tie­ne que acos­tum­brar­se a no sa­lir­se siem­pre con la su­ya»...

Ma­má ha in­ten­ta­do lle­var a la prác­ti­ca ta­les con­se­jos, asus­ta­da an­te la pers­pec­ti­va de ver a su tier­na be­bi­ta con­ver­ti­da en lo­ca de atar, de­lin­cuen­te ju­ve­nil o al­go peor. La ha me­ti­do en el co­rra­li­to con sus ju­gue­tes («Y si no te gus­ta, te aguan­tas, que yo ten­go co­sas que ha­cer ») y la pe­que­ña ha co­gi­do un be­rrin­che tre­men­do. Al fi­nal ha ha­bi­do que sa­car­la igual y en­ci­ma ha cos­ta­do ho­rro­res cal­mar­la.

O se ha ido al ci­ne de­ján­do­la con la can­gu­ro («Tú tam­bién tie­nes de­re­cho a des­can­sar, que no la cui­da­rás bien si es­tás ago­ta­da»); y aun­que di­ce la can­gu­ro que en­se­gui­da se ha cal­ma­do y ha pa­sa­do la tar­de tran­qui­la, al vol­ver a ver a ma­má se ha pe­ga­do co­mo una la­pa y no ha ha­bi­do for­ma de vol­ver a de­jar­la en el sue­lo, y lue­go le ha cos­ta­do mu­cho dor­mir­se. ¿Se ha vuel­to una mal­cria­da, co­mo nos ha­bían ad­ver­ti­do?

Pues no, na­da de mal­crian­zas. El ca­so es que la con­duc­ta de Montse es to­tal­men­te nor­mal. Los ni­ños pe­que­ños ne­ce­si­tan es­tar con­ti­nua­men­te con su ma­dre. « Ne­ce­si­tan » , en el más es­tric­to sen­ti­do de la pa­la­bra.

Ha­ce un si­glo se pen­sa­ba que los be­bés so­lo ne­ce­si­ta­ban co­mer, dor­mir y res­pi­rar; y so­lo de la co­mi­da te­nía­mos que ocu­par­nos, por­que pa­ra dor­mir y res­pi­rar ya se las arre­glan so­los. El be- Hoy sa­be­mos que los be­bés (y tam­bién los adul­tos) te­ne­mos una ne­ce­si­dad de con­tac­to hu­mano, de un víncu­lo afec­ti­vo, que es in­de­pen­dien­te de la ne­ce­si­dad de co­mer, y co­mo mí­ni­mo igual de fuer­te.

¿Por qué exis­te es­ta ne­ce­si­dad, es­te «ham­bre» de com­pa­ñía? Pues por lo mis­mo que el de la co­mi­da: por­que a lo lar­go de mi­llo­nes de años de evo­lu­ción, los be­bés que se que­da­ban tran­qui­los sin co­mer se mo­rían de ham­bre, y los que se que­da­ban muy quie­tos, des­nu­dos en el sue­lo, mien­tras su ma­dre se ale­ja­ba, se mo­rían de frío o de­vo­ra­dos por las fie­ras.

El ni­ño no pien­sa: «Qué mie­do, si me que­do so­lo, pue­de ve­nir un lo­bo y co­mer­me», al igual que no pien­sa: «Ne­ce­si­to pro­teí­nas y cal­cio pa­ra se­guir cre­cien­do, creo que me iría bien un po­co de le­che » . El pe­dir co­mi­da, co­mo el bus­car a su ma­dre, no son fru­to

Ni es­tá mal­cria­do ni lo ha­ce pa­ra mo­les­tar­nos. Sus llo­ros an­te la se­pa­ra­ción son una reac­ción es­pon­tá­nea y na­tu­ral, no un sim­ple ca­pri­cho

Llo­rar ayu­da a so­bre­vi­vir

Pe­ro un be­bé no pue­de en­ten­der to­do eso, y su reac­ción, en cuan­to pier­de de vis­ta a su ma­dre, es po­ner­se a llo­rar lo más fuer­te po­si­ble y du­ran­te muuuuuuu­cho tiem­po, has­ta que ma­má vuel­va. Por­que, du­ran­te mi­llo­nes de años, so­lo los ni­ños que lo han he­cho así han so­bre­vi­vi­do.

En­ton­ces, ¿no ten­dría que ha­cer­se más in­de­pen­dien­te? Cla­ro, tu hi­jo se ha­rá in­de­pen­dien­te. Pe­ro la ma­ne­ra de con­se­guir­lo no es de­jar­lo so­lo mu­cho ra­to, sino al con­tra­rio, dar­le tan­to ca­ri­ño, tan­to con­tac­to, tan­tos abra­zos, tan­to tiem­po, que lle­gue el día en que no ne­ce­si­te más.

Es lo que los psi­có­lo­gos lla­man Teo­ría del ape­go. En esen­cia, di­ce que ca­da ni­ño tie­ne una fi- El pro­ble­ma es que tu hi­jo aún no lo sa­be. ¿Có­mo pue­de sa­ber Montse dón­de es­tá su ma­má, qué ha­ce, a qué ho­ra vol­ve­rá? ¿Có­mo sa­be si vol­ve­rá o no? ¿Có­mo sa­be que es­tá en una ca­sa con puer­ta de se­gu­ri­dad y ca­le­fac­ción, y que esa sim­pá­ti­ca se­ño­ra es­tá ahí pa­ra cui­dar­la? Cuan­do lo se­pa, a los tres o cua­tro años, tam­bién ella po­drá, usan­do la ra­zón, so­bre­po­ner­se a su ins­tin­to. Un ni­ño de cua­tro años, cuan­do va al co­le, o cuan­do ve que su ma­má se va al tra­ba­jo, la des­pi­de con un be­so y se que­da tan tran­qui­lo (aun­que, cla­ro, pre­fe­ri­ría no se­pa­rar­se, y bien que dis­fru­ta­rá los días de fies­ta). de un ra­zo­na­mien­to, son con­duc­tas au­to­má­ti­cas, des­en­ca­de­na­das por una cau­sa con­cre­ta: por no­tar el es­tó­ma­go va­cío, o por no­tar que ma­má no es­tá a su la­do.

Tú, que­ri­da ma­má, tie­nes la mis­ma con­duc­ta y el mis­mo ins­tin­to: por na­da del mun­do aban­do­na­rías a tu hi­jo. Si no tu­vie­ras ca­sa ni mue­bles ni ro­pa ni fue­go, si vi­vie­ras en la sel­va con tu hi­jo, ja­más se te ocu­rri­ría de­jar­lo en el sue­lo, ir a bus­car co­mi­da o a pa­sear, y vol­ver a re­co­ger­lo al ca­bo de unas ho­ras.

Pe­ro, cla­ro, hoy en día las co­sas son muy dis­tin­tas. Tu hi­jo es­tá abri­ga­do, pro­te­gi­do, cui­da­do por otras per­so­nas. Te vas a com­prar, o a tra­ba­jar, o al ci­ne, y sa­bes cuán­do vol­ve­rás, y quién le cui­da­rá mien­tras, y es­tás se­gu­ra de que no le va a pa­sar na­da. Su ins­tin­to le si­gue di­cien­do que no te va­yas, y por eso se sien­te mal y se le par­te el al­ma cuan­do lo de­jas en la guar­de­ría. Mien­tras es­tás fue­ra pien­sa en él a me­nu­do, y te­le­fo­neas pa­ra pre­gun­tar có­mo es­tá..., pe­ro tu ra­zón te ase­gu­ra que no hay mo­ti­vo pa­ra preo­cu­par­se, que tu be­bé es­tá per­fec­ta­men­te.

gu­ra pri­ma­ria de ape­go, con la que le une una re­la­ción es­pe­cial. Cuan­do se se­pa­ra de su fi­gu­ra de ape­go ( que ca­si siem­pre es la ma­dre), el ni­ño ha­ce lo ne­ce­sa­rio ( llo­rar, lla­mar, sa­lir co­rrien­do de­trás...) pa­ra vol­ver a re­unir­se con ella. Con los me­ses y los años, el víncu­lo afec­ti­vo se va ex­ten­dien­do, y jun­to a la fi­gu­ra pri­ma­ria apa­re­cen fi­gu­ras se­cun­da­rias de ape­go: el pa­dre, los abue­los, los fa­mi­lia­res, los ami­gos, los pro­fe­so­res, los ve­ci­nos...

La ca­li­dad de la pri­me­ra re­la­ción pre­fi­gu­ra las que ven­drán lue­go. No te de­jes en­ga­ñar por quie­nes di­cen que el be­bé ha de ir a la guar­de­ría pa­ra « so­cia­bi­li­zar­se » y « re­la­cio­nar­se con otros ni- ños». Es jus­to lo con­tra­rio. Los ni­ños que tie­nen una re­la­ción in­ten­sa y satisfacto­ria con su ma­dre ten­drán se­gu­ri­dad y con­fian­za en sí mis­mos, sa­brán que son per­so­nas im­por­tan­tes y que me­re­cen aten­ción y res­pe­to, y dis­fru­ta­rán tam­bién de una re­la­ción in­ten­sa y satisfacto­ria con su pa­dre y de­más fa­mi­lia, con sus ami­gos y pro­fe­so­res, y con sus com­pa­ñe­ros de tra­ba­jo. Se­rán más fe­li­ces en su ma­tri­mo­nio, se lle­va­rán me­jor con sus pro­pios hi­jos. En cam­bio, los que han te­ni­do una re­la­ción in­su­fi­cien­te con su ma­dre, los que han si­do aban­do­na­dos o mal­tra­ta­dos, se con­vier­ten en se­res in­se­gu­ros y de­pen­dien­tes, que tie­nen ma­las re­la­cio­nes con los de­más.

An­tes de los tres o cua­tro años, el ni­ño no pue­de com­pren­der por qué se va su ma­dre, si se mar­cha pa­ra siem­pre o si pien­sa vol­ver, ni cuán­to du­ra una ho­ra o qué sig­ni­fi­ca «un ra­to»

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