Los mi­mos son fun­da­men­ta­les

Ser Padres - - 0-6 Años -

No tie­ne só­lo que ver con que tú seas de na­tu­ra­le­za ca­ri­ño­sa y que te sal­ga del al­ma co­mer­te a be­sos a tu be­bé, sino que, ade­más, es bueno que se­pas que to­das esas mues­tras de ca­ri­ño, ale­gría y efu­si­vi­dad son bue­nas pa­ra él.

El amor y los mi­mos son fun­da­men­ta­les en la cons­truc­ción de la au­to­es­ti­ma y la se­gu­ri­dad de tu hi­jo. Las ca­ri­cias, los be­sos, los abra­zos o el de­cir­le pa­la­bras bo­ni­tas le ayu­da­rá a sen­tir­se que­ri­do y acep­ta­do y de­ja­rá po­so en su sub­cons­cien­te pa­ra el res­to de su vi­da. Cuan­do co­ges a tu hi­jo en bra­zos, le me­ces, le su­su­rras y le cui­das se sien­te se­gu­ro, y le­jos de lo que se creía an­ti­gua­men­te, cual­quier ges­to ca­ri­ño­so cons­ti­tu­ye una ayu­da fun­da­men­tal pa­ra ven­cer los mie­dos de la in­fan­cia y desa­rro­llar la au­to­no­mía y la con­fian­za ha­cia el mun­do.

Los ni­ños más ama­dos en la in­fan­cia no son más de­pen­dien­tes en la vi­da adul­ta, al re­vés, los que han re­ci­bi­do me­nos ca­ri­ño arras­tra­rán pa­ra siem­pre unas ca­ren­cias im­po­si­bles de su­plir du­ran­te el res­to de su vi­da. Sin em­bar­go, los que han si­do muy abra­za­dos se­rán adul­tos con mu­cha más in­te­li­gen­cia emo­cio­nal por­que el ha­ber cre­ci­do en­tre mi­mos ayu­da a co­no­cer las emociones.

Una son­ri­sa, una ca­ri­cia cuan­do pa­sas a su la­do, una pa­la­bra que le dé con­fian­za, un abra­zo a tiem­po, un be­so... Y si es bueno pa­ra él, ya ve­rás pa­ra ti.

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