3-5 años

Pa­ra en­se­ñar a un ni­ño a mon­tar en bi­ci sin rue­di­nes hay que ar­mar­se de mu­cha pa­cien­cia y uti­li­zar cier­tos tru­cos que le fa­ci­li­ta­rán el apren­di­za­je.

Ser Padres - - Sumario - Por Pau­la Fer­nán­dez

Sin mie­do so­bre rue­das.

Los ni­ños es­tán pre­pa­ra­dos pa­ra mon­tar en bi­ci o en pa­ti­nes cuan­do ad­quie­ren cier­to ni­vel de equi­li­brio y coor­di­na­ción, al­go que no tie­ne tan­to que ver con la edad, co­mo con las ca­rac­te­rís­ti­cas de ca­da uno. Eso sí: los pe­dia­tras se­ña­lan que el gran desa­rro­llo mo­tor que se pro­du­ce a par­tir de los tres o cua­tro años ya ha­ce po­si­ble en mu­chos ca­sos la prác­ti­ca de am­bas ac­ti­vi­da­des. Sin em­bar­go, mon­tar en bi­ci sin rue­di­nes em­pie­za a ser una aspiración rea­lis­ta más ade­lan­te, a par­tir de los cin­co, seis o más. «Re­ga­la­mos a Mó­ni­ca una bi­ci el día que cum­plía cua­tro años», ex­pli­ca Ju­lio, «su pa­dre y yo es­tá­ba­mos con­ven­ci­dos de que mon­ta­ría sin pro­ble­mas, in­clu­so sin rue­di­tas de apo­yo, pe­ro con mi ayu­da. No fue así... La ni­ña se sin­tió muy in­se­gu­ra y no qui­so vol­ver a in­ten­tar­lo has­ta pa­sa­do mu­cho tiem­po». Se­gu­ra­men­te pa­ra aho­rrar trau­mas, los ex­per­tos su­gie­ren in­tro­du­cir a los pe­que­ños de mo­do gra­dual en el mun­do de los vehícu­los ro­dan­tes. Una idea es ofre­cer­les des­de que em­pie­zan a ca­mi­nar un tri­ci­clo, ca­mion­ci­to o ca­rri­to so­bre el que se sien­ten y pro­pul­sen con los pies. Así le van co­gien­do el tran­qui­llo. Más ade­lan­te, cuan­do ya se apro­xi­men a la edad de mon­tar en bi­ci, se les pue­de pro­po­ner em­pe­zar con una sin pedales. Es una no­ve­dad de los úl­ti­mos años, bi­cis di­se­ña­das pa­ra que los pe­que­ños apren­dan en fa­ses: co­mien­zan en­tre­nan­do su equi­li­brio mien­tras si­guen pro­pul­sán­do­se con las pier­nas.

Pe­ro in­clu­so los pa­dres de aque­llos pe­que­ños que nun­ca mos­tra­ron in­te­rés por los tri­ci­clos ni las mi­ni­bi­cis, no de­ben la­men­tar­se. «Mi hi­jo, de tres años y po­co, nun­ca qui­so su­bir­se a los ca­rri­tos, en cam­bio sí le gus­ta­ba dar­les la vuel­ta y ju­gar con sus rue­das. Le en­can­ta­ba ins­pec­cio­nar­los pe­ro no ro­dar so­bre ellos», cuen­ta Ber­ta. «Por eso, cuan­do a los tres años su pa­dre le re­ga­ló una bi­ci, yo su­pu­se que se que­da­ría apar­ca­da en la ca­sa acu­mu­lan­do pol­vo. Sin em­bar­go, Leo sí que se in­tere­só por ella y hoy la mon­ta muy fe­liz con sus rue­di­tas de apo­yo».

No exis­te un mé­to­do in­fa­li­ble

La es­tra­te­gia de la bi­ci sin pedales es un mé­to­do pa­ra apren­der. Pe­ro no es el úni­co. Otro, me­nos cos­to­so que com­prar dos bi­ci­cle­tas, es ha­cer­se con una ade­cua­da al ta­ma­ño del ni­ño, des­tor­ni­llar los pedales (no es di­fí­cil) y ba­jar el asien­to. Mu­chos usua­rios y ven­de­do­res son par­ti­da­rios de co­lo­car rue­das de apo­yo e ir le­van­tán­do­las po­co a po­co, pa­ra que el ni­ño ad­quie­ra el equi­li­brio ne­ce­sa­rio gra­dual­men­te has­ta no ne­ce­si­tar­las más. Tam­bién exis­te un apli­que que se co­lo­ca en la par­te tra­se­ra, un pa­lo me­tá­li­co, que los pa­dres co­gen pa­ra ayu­dar a su hi­jo a man­te­ner el equi­li­brio.

«La ima­gen en­tra­ña­ble y fa­ti­go­sa de ir co­rrien­do tras la bi­ci sos­te­nien­do el pa­lo no se me ol­vi­da», re­cuer­da Gua­da­lu­pe. «Se lo vi ha­cer a mu­chos pa­dres y ma­dres en los par­ques y me pre

gun­ta­ba si yo tam­bién pa­sa­ría por ese tran­ce. Y pa­sé. Con mis dos hi­jos, y con el es­tri­bi­llo “¡no me suel­tes, ma­mi!”, has­ta que lle­gó el mo­men­to en que ya no me ne­ce­si­ta­ban, co­sa que su­ce­dió más rá­pi­do de lo que pen­sa­ba». Tam­bién se pue­de co­lo­car un pa­lo de ma­de­ra (de es­co­ba, por ejem­plo), en la re­ji­lla de atrás.

Las bi­cis re­co­men­da­bles pa­ra los más pe­que­ños tie­nen, ade­más del freno de mano, el freno de los pedales, el que ha­ce que la bi­ci se de­ten­ga al dar mar­cha atrás, pues­to que en­tre los tres y cua­tro años el aga­rre de sus ma­ni­tas to­da­vía no fa­vo­re­ce un fre­na­do se­gu­ro.

En el ca­so de los pa­ti­nes, la Es­cue­la Ofi­cial de Pa­ti­na­je en Lí­nea de Barcelona su­gie­re co­mo edad de apren­di­za­je los cua­tro años, ya que an­tes la es­truc­tu­ra ósea y coor­di­na­ción es in­ma­du­ra. El pri­mer pa­so es ele­gir unos en lí­nea o en pa­ra­le­lo. «Son dis­tin­tos y re­quie­ren di­fe­ren­tes téc­ni­cas, pe­ro uno no es más di­fí­cil que el otro», se­ña­la Ma­no­lo Sa­las, ex­per­to pa­ti­na­dor. El pun­to de par­ti­da es lo­grar el equi­li­brio con los pa­ti­nes pues­tos, sin avan­zar. Sa­las des­mien­te la creen­cia de que los que rue­dan po­co son bue­nos pa­ra apren­der: «Al con­tra­rio», di­ce, «tie­nen que ro­dar bien». Una vez me­dio do­mi­na­do el equi­li­brio, el pa­so si­guien­te es avan­zar. Pa­ra des­li­zar­se con los de lí­nea lo me­jor es le­van­tar un po­co un pie, re­tra­sar­lo, gi­rar­lo 90 gra­dos, apo­yar­lo e im­pul­sar­se en T. El fre­na­do es una lec­ción más avan­za­da que se prac­ti­ca­rá una vez se sepa mar­char, por­que al prin­ci­pio se pier­de el equi­li­brio en el in­ten­to, tan­to con los pa­ti­nes en lí­nea co­mo los en pa­ra­le­lo. Con es­tos úl­ti­mos, una vez en­ten­di­do que pa­ti­nar es ca­si co­mo ca­mi­nar (un pie pri­me­ro y el otro des­pués) y tras prac­ti­car­lo en hier­ba o en una al­fom­bra, se les in­vi­ta a ha­cer­lo so­bre una su­per­fi­cie pla­na. La po­si­ción de par­ti­da es con los pies en uve, y a par­tir de ella avan­zar al­ter­nan­do los pies. El mie­do y la in­se­gu­ri­dad no son so­lo nor­ma­les, sino desea­bles en es­te ti­po de apren­di­za­je. Ser

cau­te­lo­sos es me­jor que ser ka­mi­ka­zes. Si el ni­ño se re­sis­te a apren­der, lo me­jor es no pre­sio­nar, dar­le to­da la se­gu­ri­dad que se pue­da (ha­cien­do én­fa­sis tam­bién en que las pro­tec­cio­nes son real­men­te efec­ti­vas) y no con­ver­tir­lo en una mi­sión que él pue­de sen­tir co­mo im­po­si­ble.

Si los pa­dres se sien­ten frus­tra­dos por la fal­ta de avan­ces y la so­bre­do­sis de ne­ga­ti­vas («no quie­ro, no quie­ro mon­tar más en bi­ci»), no es ma­la idea de­le­gar en otra per­so­na el pa­pel de pro­fe: un tío o pri­ma, al­guien con la pa­cien­cia y la dis­tan­cia emo­cio­nal ne­ce­sa­rias pa­ra que la aven­tu­ra so­bre rue­das sea eso, al­go di­ver­ti­do y no una fuen­te de ma­les­tar (pa­ra pa­dres e hi­jos).

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