LOS MIE­DOS Y DU­DAS DE RE­PE­TIR CA­RRE­RA

Trail Run - - UP & DOWN -

Me lo ad­vir­tió un vie­jo zo­rro de las ca­rre­ras: “Cui­da­do con las re­pe­ti­cio­nes. So­bre to­do, la se­gun­da vez. So­bre to­do, si has aca­ba­do la pri­me­ra. Si pue­des evi­tar­lo, no re­pi­tas. Bús­ca­te una ca­rre­ra nue­va”. No le en­ten­dí muy bien... has­ta que no re­pe­tí. Aca­bá­ba­mos de ter­mi­nar un ul­tra y ya sa­be­mos los trail­run­ners qué sig­ni­fi­ca eso: no hay me­jor anal­gé­si­co con­tra el do­lor que el ar­co de meta. Co­mo por ar­te de ma­gia, a los cin­co mi­nu­tos de ha­ber cru­za­do un ar­co de meta, se te ol­vi­da to­do lo ma­lo. La men­te es se­lec­ti­va y se que­da con lo bueno. Eso, a los cin­co mi­nu­tos. Si ade­más te dan una bebida fres­qui­ta, una bol­sa con fru­ta, un tro­feo y una ca­mi­se­ta, no es que se te pa­sen los do­lo­res. Es que vol­ve­rías a ha­cer el re­co­rri­do en sen­ti­do con­tra­rio. ¿A quién no le ha ocu­rri­do? ¿Quién no ha ido arras­trán­do­se cin­co ki­ló­me­tros an­tes de la lle­ga­da y ha bo­rra­do to­do ras­tro de su­fri­mien­to diez me­tros des­pués de cor­tar la cin­ta? Aho­ra en­tien­do por qué te ofre­cen pu­bli­ci­dad y fa­ci­li­da­des de ins­crip­ción en ca­rre­ras sal­va­jes o re­pe­tir edi­ción na­da más cru­zar la meta. Sim­ple­men­te, en los 10 mi­nu­tos pos­te­rio­res, el trail­run­ner se sien­te in­ven­ci­ble. Y con la eu­fo­ria, uno re­pi­te. El año que vie­ne, vuel­vo. Va­ya que si vuel­vo. Es du­rí­si­ma pe­ro me ha en­can­ta­do. Vol­ve­ré a re­ba­jar mar­ca o a dis­fru­tar. To­tal, ya co­noz­co el re­co­rri­do, ya sé de qué va es­to. No pue­de ser peor de lo que ha si­do es­te año. Con la ex­pe­rien­cia que ya ten­go… Y re­pi­tes. Y te es­tre­llas. Co­mo ya co­no­ces la ca­rre­ra, en­tre­nas de otra ma­ne­ra, qui­zá un po­qui­to me­nos que el año an­te­rior, cuan­do te­nías la meta en la ca­be­za en to­das y ca­da una de las se­sio­nes de en­tre­na­mien­to. De for­ma ob­se­si­va in­clu­so. No te das cuen­ta pe­ro, en esos mo­men­tos, le es­tás per­dien­do el res­pe­to a la ca­rre­ra, al des­ni­vel, a la dis­tan­cia, a los co­rre­do­res que, se­gu­ra­men­te de­bu­tan­tes, han en­tre­na­do y tie­nen más ilu­sión y sa­na am­bi­ción que tú. Ha­ber si­do “fi­nis­her” el año an­te­rior te da una su­pe­rio­ri­dad mo­ral que, en reali­dad, no exis­te. Las ca­rre­ras no tie­nen al­ma ni me­mo­ria. La tie­nen los co­rre­do­res. Pe­ro, por en­ci­ma de to­do, el ma­yor enemi­go es la mo­ti­va­ción. O la fal­ta de ella. Es muy di­fí­cil, en los ma­los mo­men­tos, en­con­trar la mo­ti­va­ción de la pri­me­ra vez. Esa co­sa que ti­ra de uno co­mo si no hu­bie­ra na­da más im­por­tan­te en la vi­da que cru­zar la mal­di­ta meta. To­tal, si uno ya tie­ne la me­da­lla del año pa­sa­do, si la ca­mi­se­ta de fi­nis­her ya cuel­ga en el ar­ma­rio, si es­to yo ya lo he he­cho… ¿Qué diablos ha­go yo aquí de nue­vo? En el si­guien­te avi­tua­lla­mien­to lo de­jo. Así nos fun­cio­na a al­gu­nos la men­te y el cuer­po. He re­pe­ti­do edi­cio­nes e in­clu­so ha­cién­do­lo me­jor que el año an­te­rior, no hay na­da co­mo la pri­me­ra vez. Ni en el pe­rio­do de pre­pa­ra­ción ni en la sen­sa­ción al cru­zar la meta. La meta del pri­mer ma­ra­tón no se ol­vi­da en la vi­da. Tal día, tal año y en tal ciu­dad. Llo­vía y lle­va­ba una go­rra ro­ja. La dé­ci­ma meta, sin em­bar­go, pue­des con­fun­dir­la con la oc­ta­va. Ni te acuer­das del si­tio. En­tien­do aho­ra al vie­jo zo­rro. Pre­fie­ro ser un eterno de­bu­tan­te y en­fren­tar­me a los mie­dos y du­das de una ca­rre­ra nue­va que re­pe­tir edi­ción. Só­lo re­pi­to “San­sil­ves­tres”. Si no hay más re­me­dio que vol­ver, es acon­se­ja­ble de ha­cer una lim­pie­za men­tal que nos pro­cu­re com­pa­re­cer en la sa­li­da co­mo si fue­ra la pri­me­ra vez. Na­dal lo ha­ce ca­da año en Ro­land Ga­rros. Por eso es tan gran­de .

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.