ALER­TA CO­BRA

Triatlón - - EDITORIAL - An­to­nio del Pino. DI­REC­TOR

Abo­rrez­co la mo­no­to­nía, pe­ro ado­ro mis ru­ti­nas. No ten­go que ex­pli­car­te la di­fe­ren­cia en­tre una co­sa y la otra. Si no an­do de ae­ro­puer­to en ae­ro­puer­to, an­tes de en­ce­rrar­me en la ofi­ci­na, me en­can­ta de­jar la mo­chi­la con el por­tá­til en la re­dac­ción y zig­za­gean­do en­tre las me­sas pa­ra que na­die me in­ter­cep­te, ba­jo pi­tan­do a la ca­fe­te­ría de al la­do pa­ra desa­yu­nar bien y em­pe­zar en con­di­cio­nes una jor­na­da que nun­ca ten­go se­gu­ro cuán­do aca­ba­rá. ¡Bue­nos días Ma­no­lo! Pa­so di­rec­to a una me­sa y sin te­ner que pe­dir na­da, en po­co más de un mi­nu­to ten­go un ca­fé a me­di­da al que le si­guen dos ge­ne­ro­sas tos­ta­das. Vis­ta­zo al pri­mer pe­rió­di­co que ande a mano y lle­ga el mo­men­to en el que en­tre las tos­ta­das, el ca­fé y el pe­rió­di­co, se me amon­to­na el tra­ba­jo. A ries­go de aca­bar co­mien­do pa­pel, cen­tro mi aten­ción en la ca­ja ton­ta, que por nor­ma siem­pre sin­to­ni­za el mis­mo ca­nal. A esas ho­ras sue­le em­pe­zar una se­rie de la que al fi­nal me he he­cho muy fan y que sor­pren­den­te­men­te so­bre­vi­ve año tras año: Aler­ta Co­bra. Es una se­rie cu­tre de ba­jo pre­su­pues­to, de es­té­ti­ca gris y esa gra­cia que ca­rac­te­ri­za a nues­tros ami­gos ale­ma­nes. Es un to­pi­ca­zo tras otro. Dos po­lis de la uni­dad de ca­rre­te­ras, el gua­pe­ras al­to un po­co más len­to en sus ra­zo­na­mien­tos que el ba­ji­to re­sul­tón, que es al­go más es­pa­bi­la­do. La di­ná­mi­ca es siem­pre la mis­ma, pe­ro han con­se­gui­do so­bre­vi­vir du­ran­te años, en­tien­do que pa­gan­do los suel­dos de to­do el mun­do, con un proyecto via­ble en el que ca­da ca­pí­tu­lo ha­cen vo­lar por los ai­res los co­ches más apa­ren­tes que en­cuen­tran por los des­gua­ces de la zo­na. Siem­pre es un gus­to ver una per­se­cu­ción, aun­que sea en­tre co­ches que no pa­sa­rían la ITV me­nos exi­gen­te, siem­pre en­tre­tie­ne ver có­mo un co­che se des­pe­da­za dan­do cua­ren­ta vuel­tas de cam­pa­na. Da igual que se no­te que el que se su­po­ne que era el ma­lo con­du­cien­do, cla­ra­men­te es un mu­ñe­co de tra­po...que lue­go re­co­bra vi­da y sa­le a ga­tas fin­gien­do do­lor pa­ra ser es­po­sa­do. Al fi­nal re­suel­ven el ca­so, el je­fe les pe­ga una se­ño­ra bron­ca por la zo­rre­ra que han mon­ta­do y ellos son­ríen mi­ran­do a cá­ma­ra. Yo me lim­pio la bo­ca con una ser­vi­lle­ta de esas que más que lim­piar ex­tien­den las mi­gas por la ca­ra, pa­go y me voy a tra­ba­jar. Por 2,50€ he co­gi­do fuer­zas y he pa­sa­do un ra­to muy agra­da­ble, la ver­dad.

Ha­ce po­co fue mi cum­ple y cua­tro años des­pués pu­de ir de nue­vo al ci­ne con mi es­po­sa. Sa­li­mos del tra­ba­jo y de­ja­mos a los ni­ños al cui­da­do de la familia. Co­rrien­do que no lle­ga­mos, en­gu­lli­mos la ce­na de ca­si 60€ y pi­tan­do pa­ra el ci­ne, otros 20€ pa­ra cru­zar el torno. La se­ma­na se ha he­cho lar­ga, los vier­nes lle­go en la re­ser­va, y la pe­li que he ele­gi­do con unas ex­plo­sio­nes sin igual no con­si­gue con­tra­rres­tar a la os­cu­ri­dad y el ca­lor­ci­to que me es­tá cau­san­do un so­por...que a la me­dia ho­ra de pe­li me de­ja fun­di­do en la bu­ta­ca. Se en­cien­den las lu­ces y mi mu­jer re­po­sa so­bre mí, ella tam­bién ha caí­do...qué pe­re­za vol­ver aho­ra a ca­sa. Nos ri­fa­mos por ver quién con­du­ce. El pró­xi­mo año, lo ce­le­bra­mos en el desa­yuno con Ma­no­lo, que con al­go más bá­si­co, al fi­nal nos lo aca­ba­mos pa­san­do me­jor.

¿Ha­bla­mos ya de triatlón? Ha­ce po­co lle­gó la noticia de que el triatlón olím­pi­co de Al­ca­traz su­pon­drá una cuo­ta de ins­crip­ción de unos 700 dó­la­res. En­ho­ra­bue­na por el que quie­ra ir y pue­da pa­gar­lo, igual que plan­tear­se cla­si­fi­car­se pa­ra Ko­na, que en­tre que con­si­gues los pun­tos y lue­go vas, pre­pa­ra al me­nos 7.000€. A mí no me los van sa­car y os ase­gu­ro que eso no me va a ha­cer me­nos triatle­ta ni evi­ta­rá que me lo pa­se muy bien yen­do a mu­chos otros triatlo­nes po­pu­la­res, que es mi ni­vel y el si­tio en el que más có­mo­do me en­cuen­tro. Qué que­réis que os di­ga, ca­da vez más pre­fie­ro una prue­ba or­ga­ni­za­da con ca­ri­ño, dor­sal he­cho a mano, de esas que ce­le­bran su vi­gé­si­mo quin­ta edi­ción en las fies­tas del pue­blo y que, aun­que ten­ga que lle­var­me yo los ge­les, pue­da co­rrer sie­te de es­tas al año por mu­chos años más...Que pa­gar una ins­crip­ción que en el ex­trac­to del ban­co la con­fun­do con la le­tra de la hi­po­te­ca y que por no po­der ofre­cer ser­vi­cio de ma­sa­je y ba­rri­tas pro­tei­cas de va­rios sa­bo­res ca­da ki­ló­me­tro del ma­ra­tón...al fi­nal se sus­pen­de. Es­tá muy bien que el triatlón crez­ca, que va­ya a más, que ha­ya prue­bas que nos ha­gan sen­tir co­mo pro­fe­sio­na­les, es­pe­cia­les al ni­vel de una estrella de Holly­wood, pe­ro hay que pen­sar que ni el triatlón ni no­so­tros per­du­ra­re­mos si só­lo pen­sa­mos o lle­ga­mos a creer­nos que ca­da triatlón de­be ser un es­pec­tácu­lo en el que tú eres lo más im­por­tan­te y ca­da capricho que se te ocu­rra es un de­re­cho cons­ti­tu­cio­nal. Por cier­to, la su­per­pro­duc­ción que fui a ver al ci­ne ha si­do una rui­na, sin em­bar­go Aler­ta Co­bra...ahí si­gue.

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