Día 1. Lár­na­ca Chi­pre se pre­sen­ta

Viajar - - LABRÚJULA -

Lár­na­ca aca­ba de es­tre­nar una ex­ce­len­te ter­mi­nal de pa­sa­je­ros, con lo que su ae­ro­puer­to internacional se con­vier­te en puer­ta prin­ci­pal de Chi­pre. Tam­bién es­tá me­jo­ran­do el puer­to y la ma­ri­na, pa­ra aco­ger a más cru­ce­ros. Así que la ciu­dad vie­ne a ser la tar­je­ta de pre­sen­ta­ción del país. Y sa­le ai­ro­sa, por­que, de en­tra­da, po­ne an­te los ojos el ras­go prin­ci­pal de la tie­rra, que es ser una en­sa­la­da de cul­tu­ras. Pa­ra em­pe­zar, de aquí era el fi­ló­so­fo es­toi­co Ze­nón. Las raí­ces cris­tia­nas y bi­zan­ti­nas se plas­man en la ba­sí­li­ca de San Lázaro (sí, el que fue re­su­ci­ta­do por Cris­to: vino a pre­di­car, fue obis­po y vol­vió a mo­rir­se; es­ta vez des­can­sa en paz en la crip­ta de su igle­sia). La he­ren­cia mu­sul­ma­na se con­cre­ta en la tek­ka (mez­qui­ta me­mo­rial) Ha­la Sul­tán, don­de es­tá en­te­rra­da la tía de Maho­ma. Pa­ra los cre­yen­tes, es el cuar­to lu­gar más sa­gra­do, tras La Me­ca, Medina y Je­ru­sa­lén. Tam­bién de­be ser­lo pa­ra los ga­tos, ya que los hay por do­ce­nas. La mez­qui­ta es­tá a una le­gua es­ca­sa, jun­to al ae­ro­puer­to y el la­go Sa­la­do. Es­te tie­ne su le­yen­da; di­cen que San Lázaro pi­dió de be­ber a un pai­sano, y co­mo és­te le ne­ga­ra el agua, el san­to con­vir­tió en sa­lo­bre la del la­go: con los san­tos hay que an­dar­se con ojo. En los fo­lle­tos se ven fla­men­cos y aves re­fres­cán­do­se, pe­ro eso so­lo ocu­rre pocos días al año, cuan­do es­tán de pa­so; el res­to del tiem­po el la­go es una lá­mi­na hos­til que re­fle­ja un sol de plo­mo.

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