Día 2. Li­mas­sol Cru­ce­ros y Cru­za­dos

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Li­mas­sol es la ciu­dad ma­yor y que más rá­pi­do cre­ce en la is­la (la po­bla­ción to­tal de és­ta no lle­ga a los 900.000 ha­bi­tan­tes). En el puer­to aún pue­de ver­se al­gún pes­ca­dor y al­gu­na red, pe­ro pron­to va a ser uno de los hubs del Me­di­te­rrá­neo pa­ra cru­ce­ros; su flo­ta mer­can­te fi­gu­ra en­tre las diez más po­ten­tes del mun­do (en cual­quier ca­so, to­do el PI B de Chi­pre equi­va­le al 2 por cien­to del de Es­pa­ña). Li­mas­sol es ciu­dad ale­gre y con­fia­da, cen­tro tu­rís­ti­co de pri­me­ra gra­cias a las pla­yas de su cá­li­da bahía. En su cas­ti­llo se ca­só el rey Ri­car­do Co­ra­zón de León (que, di­cen, era gay, véa­se El león de in­vierno) con Be­ren­ga­ria de Na­va­rra. A las afue­ras, las rui­nas de Amat­hus, aun­que dis­cre­tas, re­cuer­dan el pa­so de Te­seo y Ariad­na, y tam­bién el de San Pablo, que sol­tó allí al­gún que otro ser­món. Más le­jos, lo que abun­dan son las vi­ñas. Las plan­ta­ron los Cru­za­dos que en la Edad Me­dia uti­li­za­ban la is­la co­mo tram­po­lín (la lla­ma­ban Scala) pa­ra lle­gar a Tie­rra San­ta. De he­cho, la re­gión se lla­ma Ku­man­da­ria, lo mis­mo que un vino ge­ne­ro­so que en ella se pro­du­ce (vie­ne el nom­bre de las co­man­dan­cias de aque­llos ca­ba­lle­ros). El cas­ti­llo de Ko­los­si es la hue­lla más ní­ti­da de los Cru­za­dos; sus chi­me­neas lu­cen la flor de lis o sím­bo­los de sus amos. En Li­mas­sol, las fies­tas de la ven­di­mia al­can­zan el de­li­rio de un car­na­val de oto­ño.

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