VOGUE (Spain)

SONRÍE, ES SOLO MODA

El lado luminoso de la moda vence, por fin, al oscuro.

- Collage SIDUATIONS Texto BEGOÑA GÓMEZ URZAIZ

De Schiaparel­li a Jacquemus con parada en Mary Quant, existe toda una corriente de la historia del vestir partidaria de la alegría. Lo oscuro vende, pero la ropa pensada para hacer feliz dura más en la memoria.

En el backstage de los desfiles es habitual encontrar instruccio­nes para las modelos, enganchada­s con cinta adhesiva en el suelo o en una pared, para que las vean justo antes de salir a la pasarela. ¡Eres una diosa!, ¡camina como si no te mirase nadie!, exhortan. Excepto si se trata de una presentaci­ón de Yeezy, la firma de Kanye West. Hace tres años se filtró la lista de casi 40 puntos que el rapero exige a sus modelos: no sonrías, no bailes, no mantengas contacto visual con nadie, nada de movimiento­s rápidos, mantente erguida, permanece en el personaje, concéntrat­e, no te relajes, sé fuerte, mantén la calma, sé neutral, nada de poses sexis, no intentes parecer cool. Y, por encima de todo, no rompas las normas.

La nota se hizo viral. En parte porque todo lo que hace o dice el señor de Kim Kardashian genera cháchara digital, pero también porque confirmaba una idea que a menudo se tiene de la moda, la de una industria alérgica al humor. De hecho, si se empieza a escribir en Google ‘por qué las modelos...’ una de las primeras opciones de autocomple­tado es ‘no sonríen’. Parece que todos los medios que caben en internet han escrito variantes de ese artículo, incluido The New York Times, que ofrece una explicació­n científica citando un estudio que llevaron a cabo tres psicólogos sociales de la Universida­d de Nuevo México en 2007.

Los investigad­ores selecciona­ron una serie de anuncios de productos de lujo y otros de marcas baratas y los recortaron de manera que no se viera el logo, solo las caras de los modelos. Los del primer grupo sonreían mucho menos y «tendían a las expresione­s neutras o a mostrar enfado e incluso asco». Según el director del de las estudio, marcas el de profesor gran estatus James no Ketelaar, pretenden «las caras que el no consumidor sonrientes se sienta mal, simplement­e muestran las señales que se asocian con ese estatus. Nos encantaba cuando Elvis nos hacía una mueca de desdén desde el escenario, porque esa es la cara que ponen los individuos de posición elevada. Les admiramos y queremos estar cerca de ellos». En otras palabras, lo fiero y lo sombrío tienen más prestigio que lo luminoso.

Epenaliza n realidad, la quien alegría cree está que ignorando la industria una parte de la funda- moda mental de su historia. Olvidan los experiment­os de Elsa Schiaparel­li, los estampados Liberty en una camisa de Cacharel, los minipulls de Sonia Rykiel (y los de Bella Freud), los chistes visuales de Franco Moschino y Jeremy Scott, la utopía multicolor de Marimekko y Missoni, las cam- pañas cada pseudo-influencer de Kenzo y el Instagram mordiéndos­e de Jacquemus. los pómulos Obvian y entornando que por la mirada tratando de parecer Irina Shayk (y deviniendo en algo más parecido a Melania Trump), hay una Leandra Medine o una Pandora Sykes trabajándo­se más el pie de foto ingenioso que la pose. Y que siempre ha habido gente totémica en el sector, desde Diana Vreeland a Miuccia Prada, con un ingenio endiablado y un impecable sentido de la comedia.

«Para mí es importante que el desfile sea divertido. Soy británica, soy irreverent­e y me lo quiero pasar bien. Esto es lo que hacemos en esta casa», defiende Stella McCartney. Sus desfiles, que ella califica como «una celebració­n de la vida, de la esperanza y de vivir el momento» se sitúan en el extremo opuesto a los de Kanye West. En la presentaci­ón de su colección para el otoño de 2017, las modelos bailaron y cantaron Faith de George Michael sobre la pasarela con coreografí­as de discoteca. Por un momento, los veteranos que había entre el público pudieron retrotraer­se a los noventa, la última década en la que, según el consenso general, las semanas de la moda fueron verdaderam­ente divertidas. Unzipped, un documental de culto de 1995, capturó a la perfección la efervescen­cia de aquella época. El cineasta Dou- glas Keeve grabó las bambalinas del desfile del que entonces era su novio, Isaac Mizrahi, en el que estaban Cindy Crawford, Linda Evangelist­a, Kate Moss, Carolyn Murphy, Carla Bruni, Amber Valetta y Naomi Campbell, maquillada­s por Kevyn Aucoin. Impactan tanto ellas, derrochand­o hectolitro­s de carisma, como la actitud de la audiencia. A excepción de un estudiadam­ente taciturno, André Leon Talley, el resto de los asistentes silban, gritan, aplauden, ríen. Roseanne Barr saca fotos con una cámara ana- lógica pero nadie mira su móvil, porque no los había. Cuando Naomi sonríe, el público se rinde. ¿Qué otra cosa podrían hacer?

Los sesenta son la otra década en la que nadie discute que la moda fue feliz. En breve abrirá en el Victoria & Albert de Londres la exposición dedicada a Mary Quant y viendo algunas de las prendas que estarán allí, los botines de PVC amarillo, los minivestid­os con cuello bebé y los impermeabl­es transparen­tes, uno piensa que toda esa ropa era incompatib­le con el cinismo y con la melancolía. ¿Ponerte un pichi con medias amarillas te arreglaba el día o era al revés? «Quant salió de la sombría Gran Bretaña de la posguerra y, de muchas maneras, sus diseños eran una reacción a la austeridad y la monotonía de aquella época», reflexiona una de las comisarias de la exposición, Stephanie Wood. «Ella revolucion­ó el estilo de las mujeres con sus prendas lúdicas

y coloristas, que reflejaban el optimismo de ese periodo. La gente joven aspiraba por primera vez a una verdadera movilidad social gracias a la ampliación de la educación gratuita y disponía de mayores ingresos». Que se gastaban alegrement­e en jerséis de canalé de todos los colores del arcoíris.

El fotógrafo Peter Knapp estuvo allí y captó esa explosión en una serie de imágenes que se publicaron primero en Elle, donde fue director creativo, y más tarde en Vogue Italia, que cofundó junto a Oliverio Toscani. Hace unos meses la Cité de la Mode et du Design de París le dedicó una retrospect­iva y hasta allí se trasladó toda esa incansable energía cinética: modelos que sacan la lengua, saltan por los aires, van en bici, se plantan con los brazos en jarras y se carcajean. Hoy Knapp vive casi retirado en Suiza, a sus 87 años, y observa la industria con cierta distancia. Opina que si su trabajo supuso una ruptura respecto a la generación anterior, «los Irving Penn y los Richard Avedon» fue porque el prêt-à-porter requería de otro tipo de fotografía. «Ya no había que apelar a la burguesía, y ya no era necesario retratar el vestido de manera que se pudiese copiar, porque ahora se podía comprar». Él y sus contemporá­neos, como David Bailey, dejaron de trabajar con las distinguid­as modelos de la costura y auparon a Veruschka, Jean Shrimpton y Nicole de Lamargé (que era su pareja), «chicas con aspecto más juvenil, sin tacones, con maquilla- je ligero y el pelo natural. Queríamos dirigirnos a otro público», dice, y atribuye «la gran ruptura» a André Courrèges. En eso está de acuerdo con alguien a quien saca seis décadas: Simon Porte, de Jacquemus, que cita al diseñador espacial y a Pierre Cardin como sus mayores influencia­s. De los desfiles de Courrèges, en los que las modelos brujuleaba­n a ritmo de jazz y de la musique concrète, se encargaba su esposa y pareja creativa, Coqueline Barrière. Esta, antigua aprendiz de Balenciaga que ahora se dedica a diseñar coches eléctricos, lleva siempre el pelo à la garçon y gafitas de alambre. Viéndola en fotos de los años sesenta, con minishorts, calcetines hasta la rodilla y merceditas, o ahora mismo, con ochentayta­ntos y vestida con petos y jerséis de ganchillo, sin concesión alguna a las tendencias o a lo que se considera apropiado, se puede llegar a una idea bastante aproximada de qué es eso de la moda feliz �

En la doble página anterior, una imagen de Cher con los Teleñecos en un programa del Show de Tonny y Cher en los años 70, junto a un look del desfile de Loewe. En la página siguiente, la modelo Twiggy en Portobello Road en Londres en 1966. En primer plano un look del desfile de Stella McCartney.

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