VOGUE (Spain)

ENSAYO Y ERROR

La modelo Sasha Luss debuta en el cine como protagonis­ta de Anna, el nuevo filme de Luc Besson.

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Tras una década gloriosa en la moda, la modelo rusa Sasha Luss encuentra en el cine un nuevo rumbo hacia el éxito. En su debut como protagonis­ta de ‘Anna’, de Luc Besson, se asoma tan salvaje como la tendencia de estampado animal que encarna para Vogue.

Mi madre me dijo que debía casarme con un hombre rico y asentarme. Pero le contesté que ese hombre rico era yo misma». El alegato feminista que la cantante Cher espetó, en 1996, a la presentado­ra Jane Pauley da pistas sobre el carácter de Sasha Luss (Magadan, Rusia, 1992). La modelo lo publicó en su cuenta de Instagram a principios de año. Arrastrand­o el dedo, otra imagen muestra a Luss junto a su perro y un pie de foto que reza una cita animalista del escritor Dean Koontz. Otra captura revela el impagable mensaje que el profesor John Keating, encarnado por Robbin Williams, ofrece a sus alumnos en El club de los poetas muertos. La ausencia de cualquier tipo de contenido patrocinad­o en su perfil confirma la sospecha: esta belleza rusa incumple la mayoría de los tópicos que suelen acechar a la profesión de modelo. «Podría publicar mis pechos o mi trasero, pero venga ya, paso de esa mierda», despacha. La sesión de fotos en la que posa para Vogue España acaba de terminar, pero Sasha Luss ruega al periodista que no escatime en preguntas. «Olvidemos los tópicos: hablemos de lo que importa», reclama.

Lo que importa es, según Sasha Luss, mucho más que una impecable trayectori­a como modelo profesiona­l. A sus 26 años, lleva una década inmersa en un incansable periplo a través de las capitales del mundo. Su rostro se ha impreso en campañas de firmas como Dior, Oscar de la Renta y Moschino. En su mejor temporada, la de otoño/ invierno 2013-2014, llegó a desfilar para 58 diseñadore­s sumando las pasarelas de Milán, Londres, París y Nueva York. Sin embargo, el ritmo de su carrera era inversamen­te proporcion­al al de su felicidad, y ambos frenaron en seco una noche de 2014. «Tendría unos 20 años y estaba en Milán, comiendo un sándwich en el salón cuando una compañera llegó al piso que compartíam­os. Yo llevaba días obsesionad­a con el hecho de no conseguir perder peso, y sabía que, de no hacerlo, era bastante improbable que fuera a trabajar esa temporada. Ella, en cambio, corría a primera hora, hacía yoga y después iba al gimnasio, comía ensalada y se había ganado con creces que la llamaran para el casting de Prada. Por aquel entonces, ese desfile era uno de los logros más grandes que se podían conseguir como modelo, y no pude evitar romper a llorar por lo mal que me sentía al compararme con ella. Recuerdo su mirada, entre sorpresa y decepción, y la frase con la que me respondió: ‘¿Sabes por qué no estás desfilando? Porque no estás haciendo absolutame­nte nada. Si quieres lograr algo en este mundo, tienes que trabajárte­lo’. Me dio una lección y me mostró una realidad en mi gremio, que, más o menos justa, debía aceptar».

La experienci­a de Luss con la insegurida­d y competitiv­idad evidencia uno de los problemas que han acechado a la industria desde sus orígenes. Ya lo denunció la exmodelo Sara Ziff, cuando fundó, en 2012, la asociación Model Alliance por los derechos y el bienestar de las modelos. «Durante muchos años, este asunto fue algo secundario para las grandes figuras de la moda. Hasta hace poco, simplement­e, no se nos escuchaba», explicaba a Vogue España en 2017. Ese mismo año, el director de casting James Scully denunció públicamen­te el trato que recibieron decenas de modelos en un desfile, delatando también a aquellas firmas que contrataba­n a chicas menores de edad en Francia, donde la edad mínima está en los 16 años. «Es una profesión en la que eres juzgada constantem­ente por tu aspecto, y tienes que entenderlo desde el principio para no caer en una enfermedad. Cuando, en una prueba, el director de casting te mira de arriba abajo con desprecio, como me ha pasado tantas veces, no puedes creer que es algo perso- nal. Y tampoco que son así de imbéciles porque trabajen en moda: son solo imbéciles que han acabado en ella».

Una noche de 2016, cuando residía en Nueva York, Luss recibió una llamada de su agente que rompió el idilio en que se encontraba con una bolsa de papel cargada de Big Macs. «Pensé: otro vuelo relámpago a París para alguna prueba no, por favor». Acertó en la ciudad, pero se equivocaba en los motivos del asunto. El director y guionista francés Luc Besson ( Nikita, El quinto elemento, El gran azul) estaba preparando su nueva película de ciencia ficción, y quería conocerla. «Hice la maleta en unos 30 segundos, apenas dormí en el vuelo y, cuando llegué, lo único que pude hacer fue comportarm­e de forma absurda. Lo imaginas, ¿no? Hablando con un tono pijo y snob, diciendo cosas sin sentido e intentando parecer segura y altiva. Estuvo observándo­me como a un marciano hasta que me paró y me dijo: «‘¿Quieres saber algo? Mi padre falleció ayer’. Se me cayó el disfraz y empecé a hablar de familia, música y Dios sabe qué más, hasta que volvió a frenarme para decirme que prefería esa versión a la diva que había sido en la primera media hora. Entonces, me hizo la prueba». Aquel bofetón de realidad le valió a Luss una audición de cuatro horas en la que cantó, hizo equilibris­mo, se enfadó y hasta inventó un nombre para un taburete. Consiguió el papel y el 18 de agosto de 2017, su nombre aparecía en los carteles de estreno de Valerian y la ciudad de los mil planetas, junto a Rihanna, Cara Delevingne –«el mejor ejemplo de que una modelo puede ser una soberbia actriz», razona– y Dane DeHaan. La película, aunque con críticas dispares, recaudó 185 millones de euros en todo el mundo y pasó a la historia como la producción europea independie­nte más cara de la historia. En ella, Luss interpreta a la princesa adolescent­e Lïhio-Minaa, una criatura alienígena.

En una industria del cine tan caprichosa como la de la moda, Luss considera un milagro que Luc Besson quisiera contar con ella para su próximo proyecto. «Me llamó para decirme que preparaba un nuevo largometra­je, llamado Anna, y que no necesitaba hacer casting. Además, en esta ocasión mi cara no sería un híbrido generado por ordenador como en Valerian », bromea. Rodada en noviembre del pasado año y con fecha de estreno por confirmar, Anna es un «cruce de caminos entre dos de sus mejores historias, Nikita (1990) y El profesiona­l (1994). Narra qué habría ocurrido si los protagonis­tas de ambas cintas hubieran tenido un bebé. Es un film de acción bastante cercano a las cintas de los años noventa, en el que he tenido la suerte de trabajar con genios como Helen Mirren y Luke Evans». Precisamen­te es Mirren quien le ofreció, durante el rodaje, una lección que, a buen seguro, aprovechar­á en su carrera cinematogr­áfica: «Habiendo superado los 70 años, tiene una de las carreras más envidiable­s del mundo, y en una charla le pregunté si no echaba de menos la juventud de sus inicios. Me dijo: ‘Si mi edad tiene un privilegio, es el de saber quién eres, sentirte a gusto en tu piel y ni juzgar ni permitir que te juzguen’. Quiero que ese sea mi lema el resto de mi vida, al margen de mis años». A la mañana siguiente de esta charla, se ha prometido acudir al Museo del Prado a observar su cuadro favorito, Perro semihundid­o (1819) de Francisco de Goya. Después, acabará pidiendo un cochinillo en el restaurant­e Sobrino de Botín, donde Goya trabajó de friegaplat­os en 1765. No es la anécdota que algunos esperarían de una modelo con carrera actoral en ciernes, pero tampoco nadie esperaba la misma respuesta que Cher ofreció ante el machismo televisado con que topó en 1996. Cuestión de expectativ­as �

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