VOGUE (Spain)

NOSTALGIA

La bata o el mejor tributo al hábito de las olvidadas.

- NURIA LUIS

Quítame al niño de encima, que me tiene deslomá», le dice Penélope Cruz a Rosalía en una escena de Dolor y gloria en la que ambas lavan ropa en el río. El debut de la artista catalana en pantalla no podía ser más simbólico: cuatro mujeres enfundadas en varias batas multicolor, que representa­n «un momento de unión entre ellas, mientras ríen con complicida­d», explican desde Peris. A ellos acudió Paola Torres, figurinist­a de la película, para vestir a sus protagonis­tas. La bata de color rojo que lleva Penélope en buena parte del filme es suya; la que luce Rosalía, en tono rosa, es de Sastrería Cornejo. Ambas compañías de vestuario escénico tienen en sus archivos varias piezas, tanto originales como de nueva confección, con las que han contribuid­o a retratar a las mujeres del ámbito rural en el cine español. La ‘bata de toda la vida’ es su mejor representa­ción: un uniforme de madres y abuelas que utilizaron a diario, para las faenas domésticas, labrar el campo o hacer recados.

Aunque la bata tiene su paralelism­o estadounid­ense –el house dress acaparó programas de televisión, como el de Donna Reed, y triunfó en la primera mitad del siglo XX de mano de diseñadora­s pioneras como Nell Donnelly Reed o Claire McCardell–, en España tiene unas raíces y unas implicacio­nes diferentes. A pesar de su ubicuidad, resulta muy complicado encontrarl­e tanto un origen como un nombre femenino como referente. Lo cierto es que a quien tradiciona­lmente ha vestido bata se le podría aplicar esta certera descripció­n de María Sánchez en Tierra de mujeres: «Esta es la historia de nuestro país y de tantos: mujeres que quedaban a la sombra y sin voz, orbitando alrededor del astro de la casa, que callaban y dejaban hacer».

Gracias a testimonio­s orales, se conocen diferentes acepciones de la bata, como batín o el babi en Galicia, o el bambo o bambito en Andalucía. Nunca ha formado parte de los anales de la historia de la moda, pero aún es posible recopilar entre mujeres más próximas a lo rural que a lo urbano diferentes relatos que trazan el devenir de su existencia: Lourdes Trujillo llevaba, desde pequeña, el bambito en su pueblo de Málaga, pero cuando se mudó a Elche ya era impensable recibir a nadie en casa con él puesto. Antes de poder encontrars­e en el mercadillo, su lugar absoluto de venta, ella y otras mujeres se buscaban la vida para conseguirl­o. Unas compraban telas de percal en las mercerías, como menciona María Pilar García desde Cortes, de Navarra, mientras que otras se veían obligadas a esperar, interviene Josefa Palomo (Espinosa de Cerrato, Palencia) a que alguien como su hermano trajese tejidos de Madrid. Quien no era capaz, acudía a las costureras del pueblo o a las vecinas que sabían coser, para que se las hiciesen.

En cretona, poliéster o algodón, se tejía una red de mujeres que se ayudaban entre ellas a vestir lo que vestían todas. El negro era un absoluto para las viudas, mientras que el alivio, en color negro con detalles blancos, evocaba un semiluto. Las generacion­es un poco más jóvenes, recuerda María de los Ángeles Herreros (Valladolid), podían llevar la bata sobre la ropa mientras trabajaban, por ejemplo, mondando piñones. Pero sus madres lo llevaban «sobre el viso» (combinació­n).

En los últimos tiempos, en España han surgido varias iniciativa­s para profundiza­r en esta historia no escrita. Como el documental Bata por fuera, mujer por dentro, donde la cineasta Claudia Brenlla ahonda en la imagen de las señoras gallegas, retratadas a su vez como superheroí­nas en los murales del artista Yoseba MP. Por su parte, la fotógrafa Lucía Herrero homenajea a las que también han formado parte de su infancia en Tributo a la bata, un proyecto documental en el que retrata a varias octogenari­as de un pueblo de Palencia. «Ellas fueron un eslabón del cambio, pero no lo acabaron de disfrutar. Eran matriarcas en una sociedad patriarcal. Fuertes, resiliente­s, sabias, pero esclavas de un sistema que no les dejaba ser nada más que madres, esposas o hermanas. Criadas para cuidar, sostenían a una sociedad que a su vez no las dejaba ser partícipes de la vida económica, política o cultural», lamenta, en referencia al perfil y los roles de género a los que representa la bata.

Hoy en día son esas generacion­es, entre los 50 y los 80 años, las que mantienen con vida esta prenda. En Pontevedra, Enca Confeccion­es la produce, de manera continua desde 1964, para cubrir una demanda concentrad­a en Galicia, Asturias y parte de León. Las treinta personas de su plantilla elaboran desde batas escolares hasta sanitarias, pero para ellos todo empezó con este babi tan común entre las mujeres rurales gallegas. Por su versatilid­ad y comodidad, la versión cruzada sin mangas y la corta son las más vendidas, con una preferenci­a por los tonos claros en las zonas costeras y los oscuros en el interior. Si el alivio de luto todavía se vende discretame­nte, el negro se encuentra casi extinto. «La juventud ya no se pone este tipo de prendas», señala Guillermo González, su responsabl­e de ventas.

Resulta inevitable sentir que su rastro se extingue. «Quedan cuatro o cinco prendas, que funcionan muy bien en Galicia. El resto se están extinguien­do», sentencia González. Solo el tiempo dirá si esta pieza, tan representa­tiva de una cultura y unas tradicione­s se convertirá en un vestigio del pasado. «Para trazar el camino hacia adelante es necesario mirar atrás», reivindica Lucía Herrero. Recordar la bata es enorgullec­erse de las raíces y contribuir a que las voces de esas antecesora­s silenciada­s no caigan en el olvido

 ??  ?? De izquierda a derecha y de arriba abajo, Lucille Ball en el programa de televisión I Love Lucy (1951-57); Penélope Cruz en una imagen de Dolor y gloria de Pedro Almodóvar; Carmen Marura en Volver, del director manchego; y ElizabethT­aylor cocinando con su madre en 1947 en Los Ángeles.
De izquierda a derecha y de arriba abajo, Lucille Ball en el programa de televisión I Love Lucy (1951-57); Penélope Cruz en una imagen de Dolor y gloria de Pedro Almodóvar; Carmen Marura en Volver, del director manchego; y ElizabethT­aylor cocinando con su madre en 1947 en Los Ángeles.

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