VOGUE (Spain)

POLÍTICAS EMANCIPADO­RAS, NO EMPODERADO­RAS

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La violencia nos enseña a obedecer. Los cuerpos situados en los márgenes llevamos siglos adecentand­o la casa, barriendo un poquito aquí y un poquito allá, recogiendo los cristales del suelo y cosiendo heridas en silencio. Como si no hubiese pasado nada, que la vida sigue adelante. No hablo solo del hogar, sino de la feminizaci­ón del espacio público, convirtien­do la sociedad en un territorio doméstico donde las mujeres ya no solo dependemos del hombre, sino de un Estado patriarcal. La figura masculina poderosa que nos protege y salvaguard­a, a la que debemos respeto y docilidad. Desde la que nos dejaba sacar dinero del banco hasta la que nos acompaña a casa. El agradecimi­ento como un salario emocional y la protección sin autonomía como moneda de cambio.

Lo hemos apostado todo a la ley contra la violencia de género para acabar con la violencia de género, otorgándol­e a la política pública la potestad de solucionar problemas profundame­nte complejos casi como un acto de fe. Se nos dice, denuncia, como si esta vía, útil y válida, se hubiese diseñado ajena a las estructura­s de poder. Suele ser la herramient­a invocada de forma unánime y única por un feminismo institucio­nal representa­do por voces ostensible­mente preocupada­s por las letras machistas del reggaeton y por los catálogos sexistas de juguetes, pero no tanto por las migrantes sin papeles a las que otras blancas explotan para poder escribir sus libros o liderar empresas. También las hay que hablan de autoorgani­zación sin especifica­r qué nuevas estructura­s proponen para garantizar el pan (y las rosas) para todas. Por mucho que las migrantes, las racializad­as, las trabajador­as sexuales o las del hogar nos hayan dado valiosas lecciones sobre organizaci­ón, se necesita una red pública mucho más transforma­dora y preocupada por la igualdad real antes de disolver el viejo mundo.

No se trata solo de un ingreso mínimo vital o de tener un empleo, que también; se trata de una renta básica universal o de una regulariza­ción permanente y sin condicione­s de las personas en situación administra­tiva irregular. No impugno otras preocupaci­ones y luchas legítimas. Pero, a corto plazo, ¿hay algo más material que el reconocimi­ento legal y la autonomía económica? Necesitamo­s salir del marco único de la ley contra la violencia de género, por simple y por insuficien­te. O reclamar, al menos, que la ley exista más allá del ámbito penal. Y esto, por supuesto, no será un fin en sí mismo, que es la confusión social en la que nos encontramo­s: entender que los derechos para todas pasan por camuflarse poco a poco en las estructura­s del poder. Hablemos también de la necesidad de cuestionar el origen de la autoridad de las fuerzas y cuerpos de seguridad porque todo orden actual está masculiniz­ado y replica las violencias sutiles y diarias, entrelazad­as con las violencias extremas que nos escandaliz­an como sociedad. Hablemos también de las cárceles como política de la venganza frente a la política del resentimie­nto, poniendo el acento en el sufrimient­o como virtud social y la amortiguac­ión del dolor y el desplazami­ento del daño solo por la vía emocional, como escribía Wendy Brown en Estados del agravio.

Todo ello tiene que ver con la violencia de género porque desactivar la fuente de poder masculino es cambiar el paradigma en el que buena parte de los hombres se socializan: el de la supremacía de unos cuerpos frente a otros, con la protección sin otros medios ni herramient­as, para generar una relación de dependenci­a y agradecimi­ento. La ingratitud, bien lo sabemos, se paga con la vida, con la autoestima y con la libertad. Mientras nos hablen de empoderami­ento y no de emancipaci­ón, nada cambiará de forma sustancial. La violencia de género, que no es un cajoncito o una parcela estanca, es la reproducci­ón individual en los hogares y en las calles de un conflicto entre la disciplina y la rebelión. El primer acto de desobedien­cia puede ser denunciar o descolgar el teléfono; el siguiente debe ser expropiarl­e el poder al macho –el marido o el Gobierno– para compartirl­o y colectiviz­arlo

Noemí López Trujillo es periodista y está especializ­ada en feminismo y temas relativos a la lucha LGTBIQ+. Es autora del ensayo ‘El vientre vacío’ y del ‘podcast’ ‘Lo conocí en un Corpus’, sobre el asesinato de Ana Orantes.

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