VOGUE (Spain)

Rocío Saiz, hablar (y cantar) en plata

La cantante madrileña trabaja por la VISIBILIDA­D LÉSBICA dentro y fuera de los escenarios y lanza su primer disco en solitario. Fotografía DANIEL DE JORGE. Estilismo BERTA ÁLVAREZ. Por ALBERTO SISÍ.

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Después de haber recorrido carretera durante casi una década como frontwoman del grupo Las Chillers y del dúo electrónic­o Monterrosa, Rocío Saiz (Madrid, 1991) se atreve ahora a dar el salto en solitario. “La llegada de este EP me ha hecho sufrir muchísimo. Ha sido complicado y difícil, un trabajo de absoluta resilienci­a”, reconoce la artista pocos días antes de actuar en el Orgullo LGTBIQ+ de Madrid, el primero en formato normal después de dos años de restriccio­nes causadas por la pandemia. Saiz se sube al escenario en esta ocasión acompañada por una banda conformada por mujeres y un cuerpo de baile travesti para presentar Amor amargo, un trabajo compuesto por seis canciones.“Todo el mundo me preguntó cómo se me ocurría hacer un disco siendo mujer, lesbiana y mayor de 30”, cuenta. Hay un giro evidente en el sonido de Saiz, ahora puramente pop, en este trabajo.“Quería hacerlo lo más comercial posible porque quiero dejar de ser pobre”, reconoce entre seria y divertida. “Como de la música independie­nte no se puede vivir y yo quiero vivir, voy a intentar ser mainstream”.

La vocación musical de Saiz, traducida en incontable­s actuacione­s y sets de DJ que la llevarán durante el verano por festivales como el FIB, en Benicàssim, o Sonorama, en

Aranda de Duero, gana a unas condicione­s no siempre favorables para los artistas. La precarieda­d aparece en varias ocasiones a lo largo de su conversaci­ón con Vogue España. “El problema de la música es que hay gente que cobra mucho dinero y quien cobra muy poco. La desigualda­d es muy tocha”, expone. “Los de arriba ganan mucho y los de abajo casi pagan por tocar, ni siquiera hay un punto intermedio”. Situada en un lugar a medio camino entre el undergound y lo más comercial, la artista es habitual de macrofesti­vales y escenarios de pequeño tamaño. “Hay que empezar a regulariza­r los cachés, las horas de trabajo, que no se pueda viajar de una ciudad a otra si implica siete horas de conducción, como los camiones. Para ajustar esto queda muchísimo”, denuncia. “El principal escollo es que lo que tiene que ver con la música no se considera un trabajo”, apostilla.

Quizá no un trabajo al uso, pero sí el más importante para Saiz, quien combina su música con el activismo LGTBIQ+. El pasado 28 de abril fue invitada al Congreso de los Diputados para participar como ponente durante el Día de la Visibilida­d Lésbica. “Me llamó LesWorking, una asociación que se esfuerza para ayudar a las lesbianas que trabajan en empresas”, explica. “Aboga por conseguir que en las compañías se vea mucha más diversidad y sobre todo a las mujeres. Hay un mundo muy duro que es el de las multinacio­nales, donde hay lesbianas que se juegan su puesto por serlo”. Acostumbra­da a ser una habitual en espacios de debate y reivindica­ción –participa en diferentes podcasts y espacios radiofónic­os–, no descarta incorporar­se algún día a la política de manera activa tras su experienci­a en las Cortes. “Sí, me encantaría estar en política. Me han ofrecido pasarme y he dicho que no porque se trataba de un partido que no era afín a mis ideales”, explica.

Su primera incursión en el cine también ha llegado en 2022. La amiga de mi amiga, dirigida por Zaida Carmona, es una cinta con ecos a las mejores películas de Eric Rohmer en clave queer y se verá en diferentes proyeccion­es por España durante el año antes de aterrizar en Filmin. “Hago de mí. Zaida decidió hacer una película de nuestra relación que es cción, pero Zaida hace de Zaida y yo hago de Rocío”, cuenta. “Durante años nos hemos agarrado muy fuerte a La vida de Adele y es una vergüenza. Es una fantasía heterosexu­al pornográ ca”. En su película no hay espacio para el sexo gratuito. “No hace falta que haya una escena de veinte minutos para que sepas que las lesbianas tienen relaciones sexuales. Eso es algo que no veo en las películas heterosexu­ales”. La ausencia de referentes en el cine ha sido una constante a lo largo de los años –con honrosas excepcione­s como Chica busca chica (Sonia Sebastián, 2015)–, algo que pretenden cambiar estas casi pioneras. “La amiga de mi amiga se va a convertir en el estandarte bollero que necesitamo­s”.

Saiz, al igual que otros artistas que desarrolla­n su carrera alejados de la heteronorm­a, se ha encontrado con problemas. “Me pasa muchísima factura decir lo que pienso. Solo es fácil ser una persona incómoda si sabes cómo”, explica. Eso implica ser agradable, educada y de fácil trato en el trabajo, en palabras de la propia artista. “La última vez que lo pasé fatal fue en San Isidro [ estas patronales de Madrid], me tiraron piedras. Saqué todo el arsenal LGTBIQ+, me llevé travestis, globos en los que se leía maricón y bollera, empecé a poner banderas allí por donde pasaba y mientras cantaba tenía que esquivar los vasos”, denuncia. No ha sido la única ocasión en la que ha tenido altercados durante una actuación: “En el ayuntamien­to de Gandía me dijeron que no me quitara la camiseta porque había niños. Cogí y me fui del escenario”.

“Quiero hablar sobre el amor entre lesbianas sin tener que utilizar todo el rato la palabra mujer”, explica mirando al futuro. Antes de despedirse, lanza un mensaje: “Las lesbianas estamos muy hartas de que nos llamen compañeras o libreras –que es el término que se utilizaba para reconocern­os durante la dictadura–. Por fin vamos a vivir con nuestra bandera bien alta”.

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En la página anterior, abajo a la izda., camisa de SANDRO; camiseta de DEUS EX MACHINA; ‘shorts’ de CARLOTA BARRERA; calcetines de VICTORIA; y botas de BLUNDSTONE. Arriba a la izda., camiseta de VANS y gafas de GUCCI. En esta página, chaqueta y falda de LEVI’S; camiseta de DEUS EX MACHINA; calcetines de VICTORIA; y zuecos de BIRKENSTOC­K.

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