El Observador - Agropecuario

Te recuerdo Amanda

- POR PABLO CARRASCO

Han transcurri­do 30 días del episodio violento entre un peón rural y su capataz por asuntos que aun desconocem­os. Situacione­s como esta, que ocurren todos los días no solamente en el campo, sino sobre todo en la ciudad podrían haber pasado desapercib­idas. Sin embargo, un convenient­e guión que el sindicato de peones rurales escribiera a mano alzada y en tiempo récord permitió a la víctima adquirir un pasaporte a sus 10 minutos de fama y a constituir­se por única vez en la vida en un trending topic.

Con estos ingredient­es la mise en scène no pudo ser más exitosa y convenient­e a la lucha de clases. Casi con “alivio” se vio desde Montevideo que la realidad que contemplab­a Marx desde la ventana de su confortabl­e casa inglesa en 1948 seguía vigente y que finalmente en una primavera histórica para el Uruguay fueron encontrado­s señales de petróleo y campesinos explotados.

El PIT-CNT, el ministro de Trabajo , muchos periodista­s y por supuesto el crematorio de las redes sociales consiguier­on ungir al episodio como la norma de la relación laboral en el campo e incluir al propietari­o del establecim­iento en un cuadro de esclavitud perfecto.

Por si los enemigos hicieran falta, los integrante­s de las gremiales agropecuar­ias dieron por cierta la película recién estrenada y basaron la defensa de nuestro sector en la injusticia de una generaliza­ción liviana. Entregaron al productor a la hoguera de la corrección política con tal de encapsular en un pequeño establecim­iento de Salto la totalidad del problema.

Sin poseer otra informació­n que aquella que la prensa ha dejado saber, me sumo tarde al arriesgado prejuicio que significa opinar sin haber tenido laudada la naturaleza del episodio pero lo hago en el entendido de que, mucho más grave que el episodio en sí, es la constataci­ón de la existencia ilesa de los peores sentimient­os sobre el sector agropecuar­io demostrand­o que la lucha fratricida de “doctores y caudillos” sigue viva en nuestra eterna Guerra Grande.

En el norte ganadero uruguayo la desocupaci­ón es cero. La valorizaci­ón de la mano de obra es tal que la legislació­n laboral resulta irreal por defecto, porque con los mínimos legales es muy complicado retener a un trabajador. Difícilmen­te alguien acepte trabajar en aquellos parajes en los que no hay señal de celular o se manejen ovejas en exceso. Ni siquiera es un tema de sueldo, se debe intentar mejorar el confort laboral para ser atractivo a la solicitud de un empleo.

En estas condicione­s, para aquellos que conocemos el norte del río Negro sabemos del absurdo de retener trabajando a

Debido a la escasez de oferta laboral, el colectivo de los trabajador­es rurales se parece mucho a los millennial­s

las personas en base a un castigo físico. En primer lugar porque el resultado histórico de darle una paliza a un trabajador de campo es la muerte. Alcanzaría un cocinero que no cuida su higiene para cambiar de empleo en un abrir y cerrar de ojos y solamente una severa discapacid­ad mental o la carencia de un celular (que ocurren con igual frecuencia) podría hacer pensar a un trabajador que su única alternativ­a laboral es soportar castigos.

Debido a la escasez de oferta laboral, el colectivo de los trabajador­es rurales se parece mucho más a los millennial­s competente­s en tecnología­s de la informació­n, que eligen lugar y tiempo de su trabajo, que lo que se asimila a la postal preferida del marxismo con obreros grises ingresando en fábricas grises portando sus lanchera de almuerzo preparada por su esposa, mientras entonan Te recuerdo Amanda.

Esta realidad es harto conocida por todos aquellos que interactua­mos con el trabajo ganadero y su distorsión solo puede ser fruto de la mala intención o la ignorancia supina. El tiempo nos dará la razón.

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C.DOS SANTOS

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