La cul­tu­ra del Es­ta­do

En el Mu­seo Bla­nes

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nas, mu­chos nos de­cían que no les da­ba la se­ma­na pa­ra leer to­do. Ahí co­no­cí a mu­cha gente, pe­ro so­lo dos eran del Par­ti­do Co­lo­ra­do: Ma­no­lo y Die­go Mar­tí­nez. El res­to era gente del más am­plio es­pec­tro po­lí­ti­co: blan­cos, so­cia­lis­tas, co­mu­nis­tas, anar­quis­tas, del PDC… Ma­no­lo te­nía el man­da­to fa­mi­liar de ha­cer po­lí­ti­ca y fun­dó la CBI. Tan­to yo co­mo to­dos los de­más nos sen­ti­mos muy có­mo­dos. Na­die nos pu­so un tex­to por de­lan­te ni nin­gu­na obli­ga­ción de cumplir con ri­tos. Tam­po­co nos die­ron ex­pli­ca­cio­nes glo­ba­li­zan­tes so­bre la reali­dad. De Ja­que sa­lie­ron va­rios mi­nis­tros. En al­gún mo­men­to se ha­cía el chis­te con la “Agen­cia Ma­no­lo”, por­que ha­bía co­lo­ca­do a mu­chas per­so­nas en el Es­ta­do. Pe­ro en reali­dad to­dos nos ga­na­mos un lu­gar por las pro­pues­tas y na­die nos pre­gun­tó de dón­de éra­mos ni qué an­te­ce­den­tes te­nía­mos.

— ¿Có­mo fue el pro­ce­so de crear de ce­ro la Di­rec­ción de Cul­tu­ra de la IMM?

— La propuesta fue del in­ten­den­te Aqui­les Lan­za. Yo ha­bía ma­ni­fes­ta­do en va­rias oportunidades que ha­bía que te­ner una po­lí­ti­ca cul­tu­ral, con pro­gra­mas, eva­lua­cio­nes y for­ma­ción de pro­fe­sio­na­les. En­ton­ces, Lan­za un día me lla­mó y me di­jo: “Bueno, ha­ce­lo”. Y cuan­do te di­cen eso, o lo ha­cés o nun­ca más abrís la bo­ca. En ese mo­men­to no ha­bía po­lí­ti­cas cul­tu­ra­les ni acá ni en otros paí­ses. En 1988 me in­vi­ta­ron de Pa­rís al Ins­ti­tu­to de Ad­mi­nis­tra­ción Pú­bli­ca, de al­ta for­ma­ción pa­ra di­rec­ti­vos de co­mu­nas. Era ab­so­lu­ta­men­te nue­vo ad­mi­nis­trar cul­tu­ra. En­ton­ces me in­vi­ta­ron a tras­la­dar al­go que no te­nía an­te­ce­den­tes. En ese cur­so de mes y me­dio apren­dí mu­chí­si­mo. Siem­pre me pa­re­ció que mi fun­ción era es­tar por de­trás de lo que su­ce­día y ge­ne­rar ám­bi­tos pa­ra que su­ce­die­ra de la for­ma más li­bre e in­con­ta­mi­na­da. No hay dudas de que cuan­do es­tás di­ri­gien­do al­go to­que­teás y nun­ca sos ab­so­lu­ta­men­te im­par­cial, ni inocen­te ni vir­gen. Pe­ro es importante que uno lo di­ga: “Sé que es­toy sien­do par­cial y lo ha­go por es­to y es­to”.

— Des­pués vino la Di­rec­ción del MEC y su proyecto fue exi­to­so en el in­te­rior ¿Tu­vo apoyo de to­dos los par­ti­dos?

—Tra­ba­ja­mos j un­tos los tres par­ti­dos. Se pe­gó un sal­to importante. Ten­go muy pre­sen­te por qué di­cen que fui exi­to­so. Co­mo fui el pri­me­ro en crear una Di­rec­ción de Cul­tu­ra en la IMM y en el MEC, eso ge­ne­ró una no­ve­dad. Mu­chos pen­sa­ron que el Par­ti­do Co­lo­ra­do iba a ser un za­fa­rran­cho, po­bre cua­li­ta­ti­va­men­te y ca­pri­cho­so en sus de­ci­sio­nes. Pe­ro re­sul­tó lo con­tra­rio. Aho­ra, tam­po- co soy in­ge­nuo, cuan­do di­cen Tomy Lowy era bár­ba­ro, por ele­va­ción es­tán di­cien­do que el otro no es bár­ba­ro, le quie­ren pe­gar al di­rec­tor de Cul­tu­ra de turno. El asun­to es me­dir re­sul­ta­dos. Hoy en día, por suerte, en to­do el in­te­rior hay di­rec­cio­nes de Cul­tu­ra y na­die las dis­cu­te. Ta­ba­ré Váz­quez, en su pri­mer go­bierno co­mo in­ten­den­te, ba­jó de ran­go a la Di­rec­ción de Cul­tu­ra, la pa­só a Di­rec­ción de Di­vi­sión. Creí que iba a ser un es­cán­da­lo pú­bli­co, pe­ro no lo fue. Des­pués Ara­na la vol­vió a ubi­car don­de es­ta­ba y le dio una je­rar­quía importante en pre­su­pues­to y apo­yó con fuer­za a Gon­za­lo Ca­rám­bu­la. Trein­ta años des­pués na­die pien­sa que ha­ya que aho­rrar en las di­rec­cio­nes de Cul­tu­ra.

— Ac­tual­men­te in­te­gra la di­rec­ti­va del MAPI. ¿Có­mo ve la ges­tión de los mu­seos?

— Si mi­ro el pro­ce­so, ha cam­bia­do mu­cho. Hay pro­fe­sio­nes que an­tes no exis­tían al ser­vi­cio de los mu­seos con in­quie­tu­des por sal­va­guar­dar el acer­vo y mos­trar­lo. Des­pués po­de­mos ha­blar de si el di­ne­ro es su­fi­cien­te o de si las es­tra­te­gias po­drían ser más atrac­ti­vas. Des­de ha­ce un tiem­po, ca­da dos años via­jo a Eu­ro­pa a vi­si­tar a mi hi­jo y me gus­ta ir a ver ar­te con­tem­po­rá­neo. Ten­go al­gu­na gente co­no­ci­da en los mu­seos y les he pre­gun­ta­do có­mo se sos­tie­nen esas tre­men­das in­ver­sio­nes, por­que nun­ca veo a na­die vi- si­tan­do las ex­po­si­cio­nes. Pa­sa eso en el Mu­seo de Ar­te Con­tem­po­rá­neo de Ro­ma, que es una co­sa im­pre­sio­nan­te y no hay na­die que lo vi­si­te. En­ton­ces me pre­gun­to: ¿qué les pa­sa a las ar­tes plás­ti­cas en ge­ne­ral? La gente se siente con de­re­cho a de­cir que no le in­tere­san o no las en­tien­den, mien­tras que en li­te­ra­tu­ra o en música no pa­sa eso.

— ¿El ar­te con­cep­tual no tra­jo apa­re­ja­do que la gente se cues­tio­ne qué es ar­te o quién es artista?

— Hay gente muy enoja­da frente al ar­te con­cep­tual. Pe­ro yo me ani­mo a de­cir que cuan­do la gente ve La ronda noc­tur­na es­tán las mis­mas pre­gun­tas y mis­te­rios que en una obra con­cep­tual. Lo sub­je­ti­vo, lo no di­cho, lo que ha­ce a esa obra ex­cep­cio­nal es tan os­cu­ro co­mo en otras. Por su­pues­to que la son­ri­sa de La Mo­na Li­sa no es fa­mo­sa por­que sí, sino por có­mo Da Vin­ci cap­tó la luz, el mo­men­to, esa ma­ra­vi­lla en­tre el an­tes y des­pués del ges­to que es úni­co. Pe­ro lo sus­tan­ti­vo pue­de ser tan os­cu­ro co­mo en otras ma­ni­fes­ta­cio­nes. Lo que pa­sa es que hay es­té­ti­cas que he­mos apren­di­do a ver, co­mo su­ce­de con To­rres Gar­cía. Es­tá tan pre­sen­te que de pronto nos li­be­ra­mos de que­rer en­con­trar­le un sig­ni­fi­ca­do, po­si­ble­men­te por­que apren­di­mos a leer ese len­gua­je sin tan­ta ex­pli­ca­ción. Las rup­tu­ras nun­ca son sa­lu­da­das por to­do el mun­do, por­que quie­ren mo­les­tar, bus­car ca­mi­nos al­ter­na­ti­vos a los que exis­ten. Hoy el ar­te con­cep­tual tie­ne una bo­rra­che­ra de po­si­bi­li­da­des y lle­va­rá su tiem­po que se de­can­te. En lo que me es per­so­nal as­pi­ro a que la pin­tu­ra que se cuelga en las pa­re­des vuel­va a te­ner un lu­gar. En mi ca­sa es­tas ven­ta­ni­tas ( mues­tra los cua­dros a su al­re­de­dor) me fun­cio­nan. Algunas co­mo ese cua­dro de Hu­go Sar­to­re, que era de mi pa­dre, for­ma par­te de un cli­ma que me tra­je de la ca­sa de mi in­fan­cia. El nues­tro es un país que tie­ne mu­chí­si­mos ar­tis­tas plás­ti­cos y muy bue­nos. Pe­ro eso no se re­fle­ja en el cui­da­do de nues­tro en­torno ur­bano, en la es­té­ti­ca de la ciu­dad. Tam­po­co en las pa­re­des de las ca­sas de la gente, que en ge­ne­ral tie­nen po­ca co­sa col­ga­da. Y no ha­blo so­lo de cua­dros, sino de al­go que los re­pre­sen­te, con lo que di­bu­jan su ho­gar.

— ¿Es el mo­men­to de crear un Mi­nis­te­rio de Cul­tu­ra?

— En el ba­ru­llo electoral, es una ma­te­ria par­ti­cu­lar­men­te in­tere­san­te pa­ra me­dir a los can­di­da­tos. Pe­ro si quie­ren ha­blar de Cul­tu­ra, se tie­nen que afi­lar un po­co las uñas. No so­lo pa­ra com­pren­der, sino pa­ra trans­mi­tir. Si se lo­gra de­fi­nir qué es lo que hay que im­pul­sar por el mi­nis­te­rio, hay que ha­cer­lo con ur­gen­cia. Aun­que la ma­ne­ra en que al­gu­nos en­tien­den que de­bie­ra ser ese mi­nis­te­rio me sue­na ajeno. No tie­ne sen­ti­do si la gente no se apro­pia de la idea. La gente tie­ne que en­ten­der que es bueno que exis­ta un Mi­nis­te­rio de Cul­tu­ra. Una de las co­sas que me preo­cu­pan es que los más ex­clui­dos, que no son so­lo los po­bres, se ma­ne­jan con 250 pa­la­bras, y en el otro ex­tre­mo, una per­so­na me­dia­na­men­te educada se ma­ne­ja con 5.000. En el me­dio que­dan una can­ti­dad de co­sas no di­chas. Quien se ma­ne­ja con esa li­mi­ta­ción, tie­ne las mis­mas in­quie­tu­des que los de­más: quién soy, a dón­de voy, qué ha­go acá. Pe­ro no pue­de ex­pli­cár­se­las. Acer­car­le he­rra­mien­tas pa­ra que ten­ga la chan­ce de ca­na­li­zar sus pre­gun­tas esen­cia­les y ayu­dar­lo a vo­ca­li­zar­las son co­sas que no se re­suel­ven en un go­bierno. Hay una can­ti­dad de nue­vas pro­fe­sio­nes que hay que ir es­ti­mu­lan­do y con­fron­tan­do pa­ra que ha­ya gente ca­da vez más idó­nea al frente de las ins­ti­tu­cio­nes.

— ¿Vol­ve­ría a di­ri­gir Cul­tu­ra si se lo pi­die­ran?

— Cuan­do yo aga­rré, creía que las sa­bía to­das. Que era un fiel in­tér­pre­te del in­cons­cien­te co­lec­ti­vo. Ob­via­men­te que no lo era, pe­ro me lo creía, y ese creer me da­ba fuer­za, crea­ti­vi­dad, ma­ne­jo con los de­más. Hoy soy de­ma­sia­do cons­cien­te de to­do lo que no sé, y hay co­sas que no en­tien­do. Y si no en­tien­do lo que ha­ce la ma­yo­ría de la gente, no creo que pue­da ser un buen di­rec­tor. No po­dría po­ner­le ni la fres­cu­ra ni el te­són que le po­nía cuan­do ejer­cí. Pue­do ayudar en el MAPI, ha­cer de mono sa­bio con al­gu­na co­sa, ser ju­ra­do de vez en cuan­do y has­ta opi­nar so­bre la Ley de Cul­tu­ra. Pe­ro pa­ra di­ri­gir se ne­ce­si­ta en el me­jor de los sen­ti­dos creér­se­la. Y hoy ten­go más pre­gun­tas que res­pues­tas.

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