La no­ve­la de

Que se pre­sen­ta­rá en el Salón

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tu­ral, pe­ro la de­ci­sión de ser pe­rio­dis­ta en el pri­mer es­ca­lón, que es el pe­rio­dis­mo po­li­cial, la to­mé des­pués de co­men­zar a es­cri­bir. Cuan­do lle­ga un pe­rio­dis­ta nue­vo y se lo quie­re fo­guear, se lo man­da a ha­cer po­li­cia­les. Esa es la pri­me­ra es­cue­la en cual­quier me­dio. El pun­to es que en el cri­men hay un nu­do de cues­tio­nes hu­ma­nas que son atra­yen­tes. Ahí es don­de pa­sa ab­so­lu­ta­men­te to­do, don­de los se­res hu­ma­nos son lle­va­dos al lí­mi­te. En to­do sen­ti­do: de sus po­si­bi­li­da­des, de su con­duc­ta, de su re­la­ción con el mun­do, de su re­la­ción con l os de­más. En­ton­ces es un buen lu­gar pa­ra mi­rar. Lo que sí pue­do de­cir que es­tá pre­via­men­te, es una preo­cu­pa­ción por lo so­cial, que me vie­ne de la época de mi­li­tan­te, que to­dos he­mos te­ni­do en al­gún mo­men­to. Lo que ocu­rre es que en ese te­rreno, que es po­co ilu­mi­na­do, a es­pal­das de to­dos, pa­san co­sas muy fuer­tes, muy ver­da­de­ras. Y ho­rri­bles.

— En tu no­ve­la te con­cen­trás en lo cri­mi­nal, pe­ro el mar­co so­cial, el ins­tan­te his­tó­ri­co que ele­gís, año 2004, cuan­do se au­gu­ra un triunfo de la iz­quier­da por pri­me­ra vez, no pa­re­ce ca­sual. ¿Es una elec­ción me­di­ta­da?

— Creo que ese fue un mo­men­to bi­sa­gra. Un po­co ar­bi­tra­rio, es ver­dad, por­que el ver­da­de­ro mo­men­to bi­sa­gra fue la cri­sis del 2002, que fue de­mo­le­do­ra, a to­dos nos im­pac­tó. Pe­ro en 2004 tam­bién pa­sa­ron co­sas. Ob­via­men­te, ahí hay un cam­bio po­lí­ti­co. Y ojo, la no­ve­la po­li­cial siem­pre es po­lí­ti­ca. No en el sen­ti­do de lo po­lí­ti­co par­ti­da­rio. Acá se en­tien­de po­lí­ti­ca co­mo “sos fa­cho, sos zur­do” y ahí siem­pre per­de­mos. Yo di­go po­lí­ti­ca en el sen­ti­do más so­cial. Creo que 2004 fue un año bi­sa­gra en el sen­ti­do de que ter­mi­ná­ba­mos de en­ju­gar una cri­sis muy du­ra, tal vez la peor de la his­to­ria mo­der­na de es­te país, y ha­bía cam­bios en cier­nes. Y esos cam­bios, que me pa­re­cía in­tere­san­tes ver en una no­ve­la ne­gra, tam­bién se pro­du­cían en ese mun­do que es­tá fue­ra de la vis­ta de to­dos. Por­que es­ta­mos ha­blan­do del po­der, en de­fi­ni­ti­va. Y el re­par­to de la ba­ra­ja del po­der, se da de ma­ne­ra muy si­mi­lar, aun­que más in­tem­pes­ti­va, en el ham­pa.

— De ma­ne­ra más cru­da y ex­plí­ci­ta…

—Ab­so­lu­ta­men­te, ahí no hay pro­ce­sos de­mo­crá­ti­cos ni ga­ran­tías de nin­gún ti­po. Una vez más, lo que pa­sa ahí, pa­sa con un gra­do de in­ten­si­dad que no exis­te en otros es­tra­tos de la reali­dad. Ade­más, ahí ob­je­ti­va­men­te pa­sa­ron co­sas que de­ja­ron he­ri­das y se­cue­las que per­sis­ten hoy. Esas co­sas que si­guen pasando no ocu­rren so­lo por erro­res de po­lí­ti­ca, que tam­bién los hay. Son par­te de un pro­ce­so que vie­ne des­de ha­ce mu­chí­si­mo tiem­po y del que no se ha­bla­ba. Por ejem­plo, el trá­fi­co de dro­gas. En 2002 acá en­tró la pas­ta ba­se. Con ella tu­vi­mos, por pri­me­ra vez en nues­tra his­to­ria, yon­quis, adic­tos a un ni­vel ma­si­vo. Con la co­caí­na es­ta­ban muy fo­ca­li­za­dos y eran de sec­to­res me­dios y me­dios al­tos. Pe­ro con la pas­ta ba­se, eso cam­bia. Fue una rup­tu­ra, cam­bió to­do, en­tre otras co­sas el trá­fi­co. Cuan­do ibas a comprar un po­rro, no pa­sa­ba na­da, era un dea­ler del ba­rrio, un co­no­ci­do. Pe­ro cuan­do en­tra la pas­ta ba­se, cam­bia la red. Y con los márgenes de ga­nan­cia que te­nía la pas­ta ba­se, las bo­cas que ven­dían ma­rihua­na pa­sa­ron a ven­der ca­si en ex­clu­si­va pas­ta ba­se. En­ton­ces, cam­bió el con­su­mo y la red del nar­co­trá­fi­co. Au­men­tó la vio­len­cia. No es que an­tes no hu­bie­ra vio­len­cia, ve­nía­mos de unos años de ban­das or­ga­ni­za­das sú­per­vio­len­tas, don­de ha­bía po­li­cías, ex­po­licías, ex­tu­pa­ma­ros y de­lin­cuen­tes co­mu­nes. Pe­ro es­ta vio­len­cia es con otros có­di­gos, se ter­mi­na aque­llo de no de­lin­quir en el ba­rrio.

— Al­go de es­to sa­le en la pe­lí­cu­la don­de l os nue­vos ma­lan­dras cho­can con los vie­jos ma­lan­dras y se pu­dre to­do.

— En mi ba­rrio vos sabías quié­nes eran los cho­rros. Los sa­lu­da­bas y ellos te sa­lu­da­ban a vos. Y no pa­sa­ba na­da. En el ba­rrio, cla­ro.

— En tu no­ve­la no te con­cen­trás en ello pe­ro lo plan­teás: más allá del de­li­to que ocu­rre so­bre el te­rri­to­rio, en es­te ca­so Ce­rro Nor­te, ese de­li­to se so­la­pa, va de la mano de otro ti­po de cri­men y de com­pli­ci­da­des me­nos vi­si­bles. Ese de­li­to con­cre­to cuen­ta con el aval, con la vis­ta gor­da de gen­te que se su­po­ne no es­tá en el de­li­to.

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