Los có­di­gos ro­tos

Do­ra­do de la IM es­te vier­nes a las 21

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— No­so­tros tu­vi­mos lo que los por­te­ños lla­man pun­te­ros, los ca­ci­ques de ba­rrio que mue­ven los hi­los de to­dos los ne­go­cios ne­gros. Pe­ro ade­más tam­bién de los blan­cos. En­ton­ces mu­chas ve­ces esos ti­pos te­nían conexiones a ni­vel po­lí­ti­co, por­que los po­lí­ti­cos los ne­ce­si­ta­ban, por­que ne­ce­si­tan pe­ne­trar en de­ter­mi­na­dos ba­rrios y es­tra­tos y cap­tar vo­tos. Al fi­nal to­do eso son vo­tos, lo que im­pli­ca acuer­dos o li­sa y lla­na­men­te la in­cor­po­ra­ción de esa gen­te a la es­truc­tu­ra par­ti­da­ria. Hay in­fi­ni­dad de ca­sos. Hay uno muy co­no­ci­do que res­pon­de a uno de esos mo­de­los, que es di­vino pa­ra tra­tar­lo en la ficción y que aho­ra es­tá pró­fu­go, que es el Pa­to Ce­les­te. Y eso es un po­co lo que qui­se re­fle­jar en el li­bro. En la no­ve­la apa­re­ce es­te personaje, Fran­co Mac­chia , que tie­ne nom­bre tano no pa­ra pa­ro­diar a la ma­fia o al­go pa­re­ci­do, sino por­que en ese personaje hay ele­men­tos de ti­pos reales. Usé tro­zos de bio­gra­fías de po­li­cías y de­lin­cuen­tes que co­no­cí y cons­truí con ellos la ficción. Pe­ro exis­tió una fi­gu­ri­ta así, con nom­bre ita­liano, que con­tro­ló los hi­los en Ce­rro Nor­te. No co­noz­co a fon­do su bio­gra­fía real, pe­ro sí to­mé co­sas de su his­to­ria. De he­cho, en la his­to­ria del Ce­rro hay mu­cha de la his­to­ria de los in­mi­gran­tes, de gen­te que lle­gó de to­das par­tes de Eu­ro­pa.

—Tam­bién hay una idio­sin­cra­sia de ba­rrio. La Teja te­nía al­go pa­re­ci­do, una suer­te de or­gu­llo ba­rrial.

— To­tal­men­te, son ba­rrios que te­nían una i den­ti­dad muy f uer­te. Cre­cí en Bel­ve­de­re y co­noz­co el ai­re que se res­pi­ra­ba en esos ba­rrios don­de yo sa­lía, don­de es­ta­ban mis ami­gos, mis no­vias. No ha­bía na­da mar­gi­nal en ese am­bien­te. Sí ha­bía de­lin­cuen­tes, pe­ro en los ba­rrios se res­pi­ra­ba una iden­ti­dad y un sen­ti­do de per­te­nen­cia muy cla­ros. Pe­ro nos fui­mos por las ra­mas. De­cía que esos per­so­na­jes co­mo Mac­chia sur­gen de una reali­dad ca­da vez más de­gra­da­da a ins­tan­cias de un ne­go­cio que fue ca­da vez más tur­bio, co­mo el de la pas­ta ba­se. Esa reali­dad que re­cor­dá­ba­mos an­tes, cam­bió vio­len­ta­men­te. Te voy a con­tar una his­to­ria ilus­tra­ti­va al res­pec­to. Ha­ce mu­chos años, en l a Se­ma­na San­ta de 1996, se pro­du­jo un mo­tín en el Com­car. Los pre­sos lle­ga­ron a con­tro­lar dos mó­du­los. No ha­bía un policía en cien me­tros a la re­don­da. El lí­der de ese mo­tín se lla­ma­ba Gus­ta­vo de Ar­mas y te­nía una his­to­ria. El ti­po era asal­tan­te, es­tu­vo en Mi­lán, des­pués en Ma­drid y en Bar­ce­lo­na y an­du­vo me­tien­do el ca­ño allá. Ca­yó pre­so y lo man­da­ron pa­ra acá. Y acá em­pe­zó a re­con­ver­tir­se al in­ci­pien­te ne­go­cio del trá­fi­co de dro­gas. De Ar­mas se trans­for­mó en el lí­der de la re­vuel­ta y, no re­cuer­do có­mo, en­tré en con­tac­to con él. Ahí me di­jo: “¿ No que­rés ver qué bien nos or­ga­ni­za­mos cuan­do no te­ne­mos a la ca­na en­ci­ma? ¿Por qué no te ve­nís y te mues­tro?”. Yo es­ta­ba en El Ob­ser­va­dor y le di­je que cla­ro, que iba, pe­ro que no sa­bía có­mo en­trar. Me di­jo que fue­ra en ho­ra­rio de vi­si­ta y di­je­ra que iba a ver a otro, por­que si de­cía que lo iba a ver a él, no me de­ja­rían en­trar. El que se su­po­nía que iba a ver es­ta­ba pre­so por dro­gas, así que cuan­do en­tré me re­vi­sa­ron has­ta las pes­ta­ñas. Pe­ro una vez aden­tro, lle­gué so­li­to y De Ar­mas me mostró có­mo es­ta­ban or­ga­ni­za­dos. Los pre­sos iban por li­bre, ha­bían or­ga­ni­za­do una cel­da co­mo pe­lu­que­ría y co­mo cen­tro de reunión; los que eran no­vios iban abra­za­dos sin el me­nor ti­po de pro­ble- mas. Veías una li­ber­tad real. Al tiem­po, al­re­de­dor del año 2000, Gust avo ya te­nía sa­li­das tran­si­to­rias. En la sa­li­da de Reyes, cuan­do iba a ver a los hi­jos, lo es­pe­ra­ron dos gu­ri­ses cer­ca de su ca­sa, en el Ce­rro Nor­te, y le me­tie­ron 16 ti­ros. Un nue­vo lí­der, de ape­lli­do tano y que que­ría que­dar­se con el ne­go­cio de la dro­ga en el ba­rrio, ha­bía con­tra­ta­do a es­tos dos pi­bes. Es­to lo cuen­to en la no­ve­la, no co­mo pa­só, ya que la no­ve­la tie­ne sus pro­pias ne­ce­si­da­des. Pe­ro el modelo o la ins­pi­ra­ción es­tá en esos crí­me­nes.

— La no­ve­la ne­gra se re­no­vó de la mano de quie­nes la sa­ca­ron de su geo­gra­fía ur­ba­na ha­bi­tual. Jim Thom­pson la lle­vó a los pue­blos mi­se­ra­bles de Te­xas; Char­les Williams a un bar­qui­to en el Ca­ri­be. Ha­ce no tan­to, la ex­plo­sión del po­li­cial es­can­di­na­vo. ¿Sen­tís que con­tri­buís a des­lo­ca­li­zar la no­ve­la po­li­cial y a pen­sar­la des­de Uru­guay?

— Creo en la no­ve­la ne­gra por­que es rea­lis­ta. No en una me­di­da fo­to­grá­fi­ca, eso se­ría una ilu­sión, una ton­te­ría. Uso el rea­lis­mo co­mo he­rra­mien­ta pa­ra re­gis­trar la reali­dad. Aun­que, dan­do mar­cha atrás, en el fon­do tam­bién he te­ni­do un con­flic­to con el rea­lis­mo. Creo que es una fór­mu­la que a ve­ces re­sul­ta muy men­ti­ro­sa. Nos pue­de ha­cer creer que la reali­dad tie­ne un es­ta­tus de­ter­mi­na­do y que es eso y na­da más. Por eso in­ten­té en al­gún mo­men­to sa­lir­me de ahí, con la cien­cia ficción, en Las fu­rias, que era una his­to­ria más bien dis­tó­pi­ca. En­ton­ces, rea­lis­mo sí, pe­ro un rea­lis­mo crí­ti­co. Co­mo una suer­te de len­te que cap­ta frag­men­tos de reali­dad pe­ro des­de cier­to án­gu­lo crí­ti­co. Por­que si al mis­mo tiem­po no pre­sen­tás tó­pi­cos que de­ben ser re­pen­sa­dos, tu vi­da, tu víncu­lo con los de­más, en­ton­ces el pro­duc­to es ar­ti­fi­cial. Y ter­mi­na sien­do so­lo entretenimiento. Ojo, un buen li­bro tie­ne que ser en­tre­te­ni­do, pe­ro creo que no de­be ser so­lo eso. Cuan­do Chand­ler re­cla­ma­ba sa­car la no­ve­la del “ja­rrón ve­ne­ciano” lo de­cía en es­te sen­ti­do, por­que creía en una li­te­ra­tu­ra com­pro­me­ti­da. No en la li­te­ra­tu­ra mi­li­tan­te de los 60, pe­ro sí en una li­te­ra­tu­ra crí­ti­ca.

— ¿En el po­li­cial hay siem­pre un des­me­nu­za­mien­to del po­der?

— La no­ve­la po­li­cial es una no­ve­la de po­der, siem­pre. Por eso es po­lí­ti­ca, por­que siem­pre es­tá ha­blan­do del po­der. En El sim­ple ar­te de caer pon­go el fo­co so­bre un po­der chi­co, una par­te, un te­rri­to­rio. Pe­ro al mis­mo tiem­po po­dés in­tuir que hay un po­der más gran­de, uno que tien­de sus hi­los, que maneja lo que vos ves en ese es­pa­cio más pe­que­ño. Eso es pa­ra mí la no­ve­la ne­gra.

Ren­zo Ro­se­llo

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