Jue­go de va­ni­dad”

45 años de ca­rre­ra

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ofi­cio, de­mos­tra­do en la pa­sión ju­ga­da en la pura ac­ción, en la pro­vo­ca­ción en el me­jor sen­ti­do. En mi ca­so, en la exi­gen­cia de con­te­ner, con­te­ner y con­te­ner. Ella es­ti­mu­ló la bús­que­da del mis­te­rio, el re­cha­zo y el en­can­ta­mien­to que Tar­tu­fo pro­vo­ca. Los cla­ros ob­je­ti­vos de la di­rec­ción, su es­tu­dio y su com­pren­sión de la obra determinó una cla­ra in­di­vi­dua­ción de los per­so­na­jes, co­sa por la que yo lu­cho y tra­ba­jo día a día con los es­tu­dian­tes de la EMAD. A lo lar­go de la vi­da uno va re­co­gien­do re­fe­ren­cias y sé que fí­si­ca­men­te pue­do trans­mi­tir al­go, pe­ro siem­pre bus­co una for­ma ex­pre­si­va nue­va por­que es muy peligroso me­ca­ni­zar. Salgo co­rrien­do de ahí.

— Es un apa­sio­na­do por la do­cen­cia…

— Me gus­ta cuan­do me es­tán en­se­ñan­do y com­par­tir mi ex­pe­rien­cia. La pa­sión tie­ne que es­tar siem­pre, en ca­da cla­se o en­sa­yo. No pue­do sa­lir in­dem­ne. Ten­go que lle­var­me ele­men­tos nuevos. De furia, de do­lor o de pla­cer. No pue­do per­der un en­sa­yo. El tea­tro es emo­ción, dis­po­si­ción y con­fian­za. Más allá de que tam­bién exis­te la dis­cu­sión, por­que un ac­tor no es un ser pa­si­vo. Pone su car­ne y sus sen­ti­dos en la es­ce­na. Uno cre­ce acá y de­be cui­dar al­go fun­da­men­tal, que es la sa­lud, y no ha­blo de gri­pes sino de con­fian­za. Ese estado que te per­mi­te re­sis­tir em­ba­tes amo­ro­sos o de cual­quier co­sa. De­be­mos cui­dar­nos, por­que so­mos muy de­li­ca­dos, más de lo que cree­mos. En los en­sa­yos pue­de ha­ber una mi­ra­da, un co­men­ta­rio… A ve­ces so­mos muy du­ros con no­so­tros mis­mos. Es­te es un ofi­cio que hie­re si uno se deja he­rir. Pe­ro ten­go que es­tar agra­de­ci­do por es­tar en es­ta ins­ti­tu­ción. ¡ Por fa­vor! Veo ar­tis­tas for­mi­da­bles afue­ra, rom­pién­do­se el al­ma.

— ¿Có­mo ve el víncu­lo en­tre los es­ce­na­rios y las pan­ta­llas en Uru­guay?

— De­be­ría cre­cer por­que es lo que su­ce­de en el mun­do. Héc­tor Ma­nuel Vidal de­cía: “Con los in­tér­pre­tes y téc­ni­cos que te­ne­mos nos he­mos sal­tea­do el ci­ne”. Hay mu­chos ac­to­res de tea­tro apa­sio­na­dos del ci­ne. Al­gu­nos han po­di­do ha- cer­lo, pe­ro hay que te­ner gus­to y mu­cha pa­cien­cia pa­ra ha­cer ci­ne. Una vez me lla­mó Ál­va­ro Bue­la y no nos pu­di­mos po­ner de acuer­do por los ho­ra­rios. En reali­dad nun­ca es­tu­vo en­tre mis ob­je­ti­vos. Siem­pre es­tu­ve muy com­pro­me­ti­do con la Co­me­dia y la EMAD, que son muy ab­sor­ben­tes, dos ma­dres te­rri­bles.

— ¿ Cuá­les son sus ído­los del ci­ne?

— Siem­pre me gus­tó Mont­go­mery Cliff, una vi­da te­rri­ble la su­ya. Esa gen­te vi­vía en una exa­cer­ba­ción cons­tan­te de su vi­da, al bor­de de la vio­len­cia. Sal­vo Paul New­man, que se cui­dó muy bien. Un día leí que Cliff se sa­bía to­do Ham­let de me­mo­ria. Des­pués tu­vo un ac­ci­den­te tre­men­do en el que se de­for­mó su ca­ra. Mar­lon Bran­do, Ja­mes Dean, ufff… vi­das muy in­ten­sas y pro­vo­ca­do­ras. Otro que me fas­ci­na es Har­vey Kei­tel en Un mal­di­to po­li­cía, Los due­lis­tas y La lec­ción de piano. Ad­mi­ro esa ca­pa­ci­dad de lle­gar a los in­fier­nos y sa­lir in­dem­ne, co­mo el viaje de Or­feo. Me pa­re­ce (pien­sa)… im­pre­sio­nan­te.

— Vie­ne de es­tre­nar La ron­da, de Art­hur Sch­nitz­ler, que lo­gra lle­var el ero­tis­mo a la es­ce­na con ele­gan­cia, lo que no es na­da fá­cil...

— Es una obra que pi­de cui­dar los rit­mos y dis­ten­sio­nes. Es di­fí­cil esa in­ti­mi­dad. La te­nía en men­te des­de los 70, cuan­do Eduar­do Schin­ca la tra­du­jo, to­ca­do por la fa­mo­sa pe­lí­cu­la. Es la tra­duc­ción que usé. Tie­ne par­tes de un ero­tis­mo des­bor­dan­te y el desafío era no apa­gar las lu­ces. ¿Có­mo ir a los in­fier­nos y que se vea dis­tin­to? Pu­se los es­pe­jos no so­lo pa­ra que se re­fle­ja­ra la ac­ción des­de dis­tin­tos pla­nos, sino pa­ra que el es­pec­ta­dor ca­da tan­to se sor­pren­die­ra vién­do­se en ese lu­gar, en la in­ti­mi­dad. El tul me per­mi­tió po­ner un po­co de dis­tan­cia. Por­que es­tá to­do muy ex­pues­to en esa cer­ca­nía.

— Hay o b r a s q u e mar­can su ca­rre­ra co­mo Kas­par o Cuar­te­to, a dúo con Es­te­la Me­di­na..

—To­dos mis tra­ba­jos me lle­van a los di­rec­to­res. Esos son los gran­des ar­tí­fi­ces. En Los ca­ba­llos fue Jor­ge Cu­ri, que se arries­gó con al­guien que re­cién em­pe­za­ba. En Kas­par se plas­mó to­do el po­der de Nelly Goi­ti­ño, con el len­gua­je de Pe­ter Hand­ke. En Cuar­te­to es­tá la vi­sión de Hei­ner Mü­ller que pro­pu­so Eduar­do Schin­ca. O aho­ra Me­nén­dez con Tar­tu­fo. Son cua­tro tra­ba­jos dis­tin­tos, des­de el abor­da­je, el tra­ba­jo fí­si­co, la voz, los tiem­pos, los jue­gos de per­ver­sión que a ve­ces nos ha­cía ju­gar Schin­ca con Es­te­la. Kas­par fue una evis­ce­ra­ción de emo­cio­nes. ( Re­ci­ta) He apren­di­do lo que era la nie­ve/ lle­gué a to­car la nie­ve/ cuan­do vi que la nie­ve era blan­ca. Hay co­sas de Kas­par que son i ncreí­bles: El do­lor ha bo­rra­do de mí la con­fu­sión. Hand­ke es for­mi­da­ble: Yo soy… ca­sual­men­te yo. Y Nelly lo ju­ga­ba a pleno. Eso es­tá muy pre­sen­te en mí. Uno de los más di­ver­ti­dos de ha­cer fue Fals­taff en la unión de En­ri­que IV y En­ri­que

de Sha­kes­pea­re, con la

VEs al­guien muy cer­cano a Me­di­na y vie­ne de di­ri­gir­la en Poe­ta en Nue­va York. ¿Cuál es el se­cre­to de su vi­gen­cia, con dos obras en car­tel a los 86 años?

—¿86 o 23? A eso me re­fie­ro con la sa­lud. De­be ser du­ro man­te­ner una tra­yec­to­ria así. Co­mo to­dos los gran­des, tie­ne un gran cos­to per­so­nal. Es­tar a flor de piel im­pli­ca re­nun­cia­mien­tos po­co co­no­ci­dos. Goi­ti­ño ha- bla­ba de ser mi­li­tan­tes en el ar­te. Al­go de eso hay. Pien­so en Nelly An­tú­nez, que tam­bién es­tá en ac­ti­vi­dad, o Ade­mar Rub­bo. Pe­ro lo de Es­te­la es la pa­sión. Siem­pre di­ce: “Bueno, aún ten­go voz y el cuer­po me res­pon­de”. Tam­bién, se rom­pe el al­ma en­tre­nan­do. Ha­ce gim­na­sia y ballet. Aho­ra, son he­re­de­ros de una ra­za muy par­ti­cu­lar. Yo no la co­no­cí a Mar­ga­ri­ta Xir­gú, pe­ro ha­ber so­bre­vi­vi­do a esa se­ño­ra los tie­ne que ha­ber mar­ca­do a san­gre y fue­go.

— ¿Có­mo ve a la Co­me­dia ha­cia el fu­tu­ro?

— La veo fuer­te. En el 2012 en­tra­ron mu­chos com­pa­ñe­ros, hu­bo una gran re­no­va­ción. Exis­te un com­pro­mi­so fuer­te en lo gru­pal. An­tes eran muy fuer­tes los di­rec­to­res. No eran más que cua­tro o cin­co. Hoy to­dos tie­nen po­si­bi­li­dad de di­ri­gir y eso pro­vo­ca que to­dos es­tu­dien, se pre­pa­ren y se com­pro­me­tan. Pe­ro hay que for­ti­fi­car la in­di­vi­dua­ción. An­tes es­ta­ban muy de­fi­ni­das las ca­rac­te­rís­ti­cas de ca­da ac­tor y qué ti­po de per­so­na­jes eran pa­ra ca­da quien. Hoy no tan­to. Yo me edu­qué en el tea­tro con la pre­sen­cia de maestros, les de­bo to­do por­que son re­fe­ren­tes cons­tan­tes en to­do sen­ti­do y creo que hoy nos es­tán fal­tan­do.

— Pe­ro to­dos di­cen que us­ted es hoy el re­fe­ren­te…

— No creo. Pe­ro bueno, l a Co­me­dia si­gue bus­can­do su iden­ti­dad, pa­ra evi­tar el arra­sa­mien­to que to­do lo igua­la. Se­gui­mos bus­can­do y en­con­tran­do. Y cuan­do es­té afue­ra es­ta­ré al fir­me en la pla­tea vien­do to­do lo que ha­gan.

Le­vón ac­túa en el So­lís y di­ri­ge en El Gal­pón

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