És­te es el mar, una fan­ta­sía ma­ca­bra y pu­ro rock and roll

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Siem­pre son ellas. Y no­so­tros no nos en­te­ra­mos, por­que no po­de­mos ver­las. Se dis­fra­zan de asis­ten­tes, de grou­pies, de fun­cio­na­rias, de ami­gas y los ma­tan. Se ha­cen lla­mar Lu­mi­no­sas, y son una ra­za so­bre­na­tu­ral e in­vi­si­ble que se en­car­gan de con­ver­tir a los mú­si­cos de rock en Le­yen­das. Así co­mo en Sym­pathy for the de­vil, de los Ro­lling Sto­nes, el dia­blo se en­car­ga de enu­me­rar sus proezas y sus víc­ti­mas, en És­te es el mar des­cu­bri­mos que las Lu­mi­no­sas fue­ron las que lle­va­ron a la muer­te a Jim Mo­rri­son, John Len­non, Brian Jo­nes, Kurt Co­bain y Sid Vi­cious. Se acer­can a ellos, ge­ne­ran con­fian­za y los ma­ni­pu­lan pa­ra que se con­vier­tan en íco­nos inmortales lue­go de te­ner vi­das trá­gi­cas y muer­tes mis­te­rio­sas.

La je­rar­quía es cla­ra: las Lu­mi­no­sas so­lo se en­car­gan de hom­bres mú­si­cos; des­pués hay otros gru­pos que se en­car­gan de ha­cer Le­yen­da a las mu­je­res ar­tis­tas, a las es­tre­llas de ci­ne, o a quien to­que. Por en­ci­ma de ellas es­tán las vie­jas dio­sas pre­cris­tia­nas, por de­ba­jo el En­jam­bre, un gru­po de en­ti­da­des que se ca­mu­flan co­mo fans y ge­ne­ran el cul­to ha­cia esos mú­si­cos, has­ta que ge­ne­ran la ex­pe­rien­cia y la ha­bi­li­dad su­fi­cien­te pa­ra ser Lu­mi­no­sas.

Una de esas es He­le­na, a quien le asig­nan la mi­sión de con­ver­tir en es­tre­lla in­mor­tal a Ja­mes Evans, el can­tan­te de una ban­da que se lla­ma Fa­llen y que pa­re­ce ser el úl­ti­mo mo­vi­mien­to ma­si­vo del rock an­tes de su ce­sión del trono an­te otros gé­ne­ros mu­si­ca­les, ca­paz de lle­nar es­ta­dios en cual­quier pun­to del mun­do, a pe­sar de no te­ner can­cio­nes de­ma­sia­do me­mo­ra­bles.

La no­ve­la es breve y no da de­ma­sia­das vuel­tas. He­le­na tie­ne que cum­plir su mi­sión, pe­ro en el ca­mino se ob­se­sio­na­rá con su es­tre­lla asig­na­da y su ta­rea co­rre­rá peligro en el ca­so de que ella se enamo­re y quie­ra que­dar­se con él, al­go ca­si im­po­si­ble por­que hu­ma­nos y Lu­mi­no­sas no son com­pa­ti­bles y las in­te­rac­cio­nes en­tre am­bos es­tán des­ti­na­das a no ser re­cor­da­das.

És­te es el mar va del pun­to A al pun­to B sin des­víos, pe­ro el via­je se dis­fru­ta pá­gi­na a pá­gi­na. La ma­gia som­bría que Ma­ria­na Enríquez de­mues­tra en sus cuen­tos pu­bli­ca­dos en las re­co­pi­la­cio­nes Los pe­li­gros de fu­mar en la ca­ma y Las co­sas que

per­di­mos en el fue­go se man­tie­ne en es­te for­ma­to más ex­ten­so, y la his­to­ria flu­ye con una mez­cla de reali­dad, sue­ño y fan­ta­sía que se con­fun­de y se mez­cla con una na­tu­ra­li­dad in­que­bran­ta­ble.

La cua­li­dad oní­ri­ca e irreal de las Lu­mi­no­sas se trans­mi­te a to­do el tex­to por­que es He­le­na su pro­ta­go­nis­ta, pe­ro el mun­do real es­tá pre­sen­te to­do el tiem­po, des­de el ini­cio en el que la por en­ton­ces miem­bro del en­jam­bre cuen­ta co­mo su la­bor dia­ria es ob­se­sio­nar po­co a po­co a las fans. Apa­re­cen fí­si­ca­men­te an­te ellas y las guían. Les con­si­guen au­tó­gra­fos, fa­veos en las re­des so­cia­les o has­ta un en­cuen­tro ca­ra a ca­ra con sus ído­los. Y las pre­pa­ran pa­ra ha­cer sa­cri­fi­cios a fa­vor de esas es­tre­llas. ¿Se sui­ci­da una fan? Fue­ron ellas. ¿El show de los Ro­lling Sto­nes en Al­ta­mont? Tam­bién. El fa­na­tis­mo exis­te, pe­ro el en­jam­bre lo real­za.

La ma­gia es­tá en que al­go co­ti­diano, y re­co­no­ci­ble co­mo el mun­do del rock o la his­to­ria de los íco­nos de la música to­me un ma­tiz fan­tás­ti­co. Que esa cua­li­dad mis­te­rio­sa y has­ta má­gi­ca de los rocks­tars se de­ba a una fuer­za so­bre­na­tu­ral que es in­vi­si­ble a los ojos.

Di­cen que lo bueno, si es breve, es dos ve­ces bueno. Y És­te es el mar cum­ple con el cri­te­rio. En 130 pá­gi­nas es­tá to­do, y el ta­len­to de Enríquez, así co­mo la au­sen­cia de di­vi­sión en ca­pí­tu­los, ha­ce que per­fec­ta­men­te pue­da leer­se en una tar­de, de un ti­rón. La ca­li­dad es­tá y el gan­cho que­da co­lo­ca­do des­de las pri­me­ras pá­gi­nas en la men­te, los ojos y el co­ra­zón del lec­tor.

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