Barry, otra dark-co­medy de HBO

HBO pe­gó fuer­te con Barry, una de las co­me­dias más os­cu­ras del año; Bill Ha­der es un sicario que en­cuen­tra su ver­da­de­ra pa­sión en el tea­tro de Los Án­ge­les

El Observador Fin de Semana - Luces - - Portada - EMA­NUEL BREMERMANN twit­ter.com/ema­bre­mer­mann

To­do gi­ra en torno al pro­pó­si­to. Cuan­do es­tá, la vi­da se ha­ce más fá­cil, se con­vier­te en un ca­mino de ida sin de­ma­sia­das cur­vas y con un des­tino pun­tual. Se pue­de de­mo­rar más o me­nos en lle­gar, pe­ro se lle­ga. Cuan­do el pro­pó­si­to no es­tá, cuan­do el des­ca­rri­la­mien­to es­tá la­ten­te y la con­ten­ción al cos­ta­do del ca­mino no es lo su­fi­cien­te­men­te fuer­te, es pro­ba­ble que el via­je ten­ga tur­bu­len­cias. Es­tas de­pen­de­rán de ca­da via­je­ro, de ca­da per­so­na, pe­ro se­gu­ra­men­te sa­cu­di­rán un tra­yec­to que no tie­ne me­ta ni por qué. Si no hay pro­pó­si­to, ca­si que no hay na­da por lo que val­ga la pe­na le­van­tar­se ca­da día. Y Barry no tie­ne pro­pó­si­to.

En su mo­men­to pue­de que ha­ya si­do ma­tar a la ma­yor can­ti­dad de in­sur­gen­tes te­rro­ris­tas en Af­ga­nis­tán o Irak o don­de sea que ha­ya he­cho el ser­vi­cio con los ma­ri­nes. En aque­llos mo­men­tos, su pro­pó­si­to po­dría ha­ber si­do ser­vir a su país. Pe­ro ahora es­tá per­di­do. Des­ca­rri­la­do emo­cio­nal­men­te. O anes­te­sia­do, en stand by. No es un pro­ble­ma de pla­ta, tam­po­co es que no ten­ga na­da que ha­cer. De he­cho, siem­pre tie­ne al­go que ha­cer. Un ob­je­ti­vo nue­vo, un ac­ti­vo que tie­ne que eliminar.

Barry, ahora, es un sicario. Va adon­de su em­plea­dor le di­ga, car­ga el ar­ma, apun­ta y ma­ta. Pe­ro eso no es un pro­pó­si­to. No, no lo es. Barry ma­ta per­so­nas con el mis­mo in­te­rés con el que jue­ga al pla­ys­ta­tion. Lim­pia ca­dá­ve­res con el mis­mo re­pa­ro con el que jun­ta sus cal­zon­ci­llos del sue­lo. Su cuer­po pa­re­ce ser una cás­ca­ra va­cía que se mue­ve al rit­mo de un ti­ti­ri­te­ro in­vi­si­ble, que lo em­pu­ña co­mo un ar­ma in­fa­li­ble a fa­vor del que le pa­gue me­jor. Es efec­ti­vo, sa­be dis­pa­rar y no de­ja ras­tros. Es, tal vez, el me­jor ase­sino a suel­do que hay en la vuel­ta de Cle­ve­land. Pe­ro na­da de aque­llo lo emo­cio­na. Na­da le da un mo­ti­vo pa­ra le­van­tar­se al otro día.

Un tra­ba­jo dis­tin­to lo lle­va a Los Án­ge­les. Tie­ne que ma­tar a un ti­po nor­mal que se me­tió con la ma­fia che­che­na. La co­sa es di­fe­ren­te; aquel ob­je­ti­vo no es un ma­fio­so, ni un de­lin­cuen­te, ni un in­sur­gen­te, ni na­da pa­re­ci­do a to­do lo que ha muer­to ba­jo su ca­ñón humean­te. Pe­ro si­gue. Es su tra­ba­jo. No lo cues­tio­na.

Re­sul­ta que el hom­bre es un ac­tor de tea­tro ama­teur. Y sin en­ten­der muy bien có­mo, Barry pa­sa de per­se­guir­lo con el ar­ma car­ga­da, a au­di­cio­nar an­te un es­tra­fa­la­rio gru­po de ac­to­res fra­ca­sa­dos, di­ri- gi­dos por un to­da­vía más fra­ca­sa­do di­rec­tor. Y mien­tras re­pi­te las lí­neas de un guion que le po­nen en las ma­nos, mien­tras re­ci­be con­se­jos so­bre có­mo res­pi­rar y me­mo­ri­zar y al mis­mo tiem­po que sien­te los tí­mi­dos aplau­sos de sus ahora nue­vos com­pa­ñe­ros de elen­co, Barry co­mien­za a sen­tir al­go nue­vo en el pe­cho. Es una pre­sión dis­tin­ta, no due­le, no lo in­co­mo­da. Lo re­con­for­ta. No re­cuer­da la úl­ti­ma vez que se sin­tió así. Y su bo­ca, des­acos­tum­bra­da a son­reír, co­mien­za a es­ti­rar­se. Lo en­con­tró. Es su pro­pó­si­to. Al fin. Su vi­da es­tá allí, en el tea­tro.

De lo me­jor del año

Barry es otra prue­ba de que HBO tam­bién rin­de a to­da máquina cuan­do tie­ne so­lo me­dia ho­ra pa­ra desa­rro­llar una se­rie. Ya pro­bó an­tes con las co­me­dias Veep y Si­li­con Va­lley, y ahora con Barry des­pe­ja cual­quier du­da. La se­rie –que tie­ne ocho ca­pí­tu­los y que se pue­den ver to­dos en la pla­ta­for­ma HBO Go y va­rias de las de los ope­ra­do­res de ca­ble– es una nue­va pro­duc­ción de Alec Berg, es­cri­tor y pro­duc­tor que de co­me­dia sa­be mu­cho: es­tu­vo de­trás de se­ries co­mo Sein­feld, el show de Larry Da­vid y la men­cio­na­da Si­li­con Va­lley. Pe­ro la rea­li­za­ción tam­bién tie­ne otro nom­bre clave de­trás y de­lan­te de cá­ma­ras: Bill Ha­der.

Co­no­ci­do prin­ci­pal­men­te por sus sket­ches en Sa­tur­day Night Li­ve, Ha­der se en­car­ga de dar vi­da al per­so­na­je de Barry, de la pro­duc­ción, de la es­cri­tu­ra de sus epi­so­dios y de la di­rec­ción de tres de ellos. En re­su­men, es el to­do­te­rreno que im­pul­sa a la fic­ción.

Pe­ro ade­más, des­de el pun­to de vis­ta ac­to­ral, Ha­der des­ta­ca co­mo nun­ca lo hi­zo. La can­ti­dad de ro­les –en ge­ne­ral, se­cun­da­rios– en los que se ha me­ti­do a lo lar­go de su ca­rre­ra di­fi­cul­tan la si­guien­te ase­ve­ra­ción, pe­ro es­te rol se­gu­ra­men­te ter­mi­ne sien­do uno de los me­jo­res de su ca­rre­ra.

Al­to, tris­tón y tor­pe pa­ra re­la­cio­nar­se, Barry es un hom­bre que no pue­de op­tar en­tre ma­tar y ac­tuar por­que su con­tex­to le re­cuer­da per­ma­nen­te­men­te que él es un ase­sino y na­da más, pe­ro tam­po­co pue­de con­ti­nuar vi­vien­do la vi­da en­tre dos mun­dos in­com­pa­ti­bles que se re­cha­zan y re­pe­len. Las du­das, la pe­na y la cul­pa lo car­co­men cuan­do es­tos dos uni­ver­sos cho­can y las se­cue­las co­mien­zan a des­ple­gar­se. Y allí es cuan­do sur­ge lo me­jor de Ha­der y la se­rie. En la dua­li­dad en­tre el ase­sino y el ac­tor. En­tre el mons­truo sin san­gre y el hom­bre de car­ne y hue­so. En la tris­te lu­cha in­ter­na de un al­ma ca­si per­di­da.

Ha­der –que tie­ne 40 años y que es­ta­rá en la se­cue­la de It– li­de­ra, en­ton­ces, una his­to­ria os­cu­ra y lle­na de ma­ti­ces, con un per­so­na­je to­da­vía más os­cu­ro y pro­fun­do, pe­ro que se ba­lan­cea a la per­fec­ción con to­ques de co­me­dia áci­da y cer­te­ra. Es­tos mo­men­tos más sa­tí­ri­cos em­par­dan el dra­ma­tis­mo del res­to de la se­rie, que no es­ca­ti­ma en ac­ción, ti­ro­teos y muer­tos.

Las son­ri­sas, en­ton­ces, es­tán; al fin y al ca­bo, es una co­me­dia. La ma­yo­ría de ellas –con­ta­das pe­ro sig­ni­fi­ca­ti­vas– apa­re­cen so­bre to­do por el per­so­na­je de NoHo Hank (Anthony Ca­rri­gan) –un ma­fio­so che­cheno que se ro­ba ca­da una de sus es­ce­nas–, y en los in­ten­tos del per­so­na­je de Barry de pa­re­cer un ti­po co­rrien­te.

Tal vez lo más in­tere­san­te de Barry es la trans­for­ma­ción de sus per­so­na­jes a me­di­da que avanza la se­rie y que es­ca­pa a to­dos los cli­chés ca­rac­te­rís­ti­cos de es­te ti­po de pro­duc­cio­nes. No los hay en la his­to­ria ro­mán­ti­ca que tie­ne Barry con una pa­sio­nal ac­triz de tea­tro; tam­po­co es­tán en la in­ves­ti­ga­ción po­li­cial que atra­vie­sa a la tra­ma; me­nos aún, apa­re­cen en el ar­co del per­so­na­je de Ha­der.

Con un rit­mo que avanza sin pau­sa y un elen­co don­de to­dos bri­llan aun­que sea unos mi­nu­tos, Barry apa­re­ció a prin­ci­pios de año co­mo una de las apues­tas de HBO pa­ra 2018. Con la mi­tad del año ter­mi­na­da, si­gue sien­do de los es­tre­nos más des­ta­ca­dos en ma­te­ria de se­ries y una de las me­jo­res co­me­dias que ha­yan sa­li­do de la pan­ta­lla de HBO en los úl­ti­mos años. El nom­bre de Ha­der ya em­pe­zó a so­nar fuer­te en­tre los can­di­da­tos al Emmy, y quien es­cri­be desea de to­do co­ra­zón que eso pa­se. Se­ría un pre­mio jus­to pa­ra al­guien que en­con­tró su pro­pó­si­to en la co­me­dia ha­ce tiem­po y que re­ga­ló una de las me­jo­res pro­duc­cio­nes de la te­le­vi­sión de 2018. •

Newspapers in Spanish

Newspapers from Uruguay

© PressReader. All rights reserved.