“No es más gra­ve ma­tar a una mu­jer que a un ni­ño”

La es­cri­to­ra pre­sen­tó Cuan­do seas mayor y se­pas guar­dar el se­cre­to, una no­ve­la so­bre mujeres lu­cha­do­ras con el que da el sal­to a la li­te­ra­tu­ra pa­ra adul­tos

El Observador Fin de Semana - Luces - - Libros Magdalena Helguera - ANDRÉS RICCIARDULLI Es­pe­cial pa­ra

Con más de 40 li­bros pu­bli­ca­dos en Uru­guay y el ex­tran­je­ro, Mag­da­le­na Hel­gue­ra es uno de los prin­ci­pa­les re­fe­ren­tes del país en li­te­ra­tu­ra in­fan­til y ju­ve­nil. Pio­ne­ra del gé­ne­ro, fue tam­bién de las pri­me­ras en pre­sen­tar per­so­na­jes creí­bles y com­ple­jos, ale­ja­dos del es­te­reo­ti­po po­pu­lar. Es­tá ca­sa­da ha­ce 35 años, vi­ve en La­go­mar y tie­ne dos hi­jas. De sus mu­chos años co­mo maes­tra de es­cue­la tie­ne los me­jo­res re­cuer­dos, pe­ro no así de su épo­ca de es­tu­dian­te, cuan­do, di­ce, la dic­ta­du­ra se me­tía en ca­da au­la. Qui­zás por eso odia el abu­so, es­pe­cial­men­te, ha­cia los niños. Le gus­ta te­jer, an­dar en bi­ci­cle­ta y re­leer Mu­jer­ci­tas, de Loui­sa May Al­cott, ca­da vez que pue­de.

¿Por qué de­ci­dió pu­bli­car aho­ra una no­ve­la pa­ra adul­tos?

Es una no­ve­la que yo em­pe­cé ha­ce 20 años, en una épo­ca don­de es­ta­ba bus­can­do ca­mi­nos y me po­nía desafíos. La em­pe­cé, la aban­do­né y la vol­ví a re­to­mar va­rias ve­ces. Lo que ver­da­de­ra­men­te me im­pul­só fue la anéc­do­ta que aparece al prin­ci­pio del li­bro, la del re­ci­tal de Carlos Gar­del y Raz­zano, que yo calcu­lo que fue por 1925. No re­cuer­do quién me con­tó la his­to­ria, pe­ro pa­re­ce que un bi­sa­bue­lo, que era un se­ñor es­pa­ñol que ha­bía ve­ni­do a Uru­guay a los 14 años con un ja­món aba­jo del bra­zo, fue el que al en­te­rar­se del show de los tan­gue­ros, di­jo: “Yo no voy a nin­gún la­do a ver a esos dos gua­ran­gos”. Cuan­do de la edi­to­rial me pi­die­ron ma­te­ria­les nue­vos, les man­dé es­ta no­ve­la y les gus­tó.

En el li­bro las gran­des pro­ta­go­nis­tas son las mujeres, que a tra­vés de va­rias ge­ne­ra­cio­nes lu­chan por con­ser­var su dig­ni­dad. ¿Qué la mo­ti­vó a ele­gir ese te­ma? Co­mo la es­cri­bí ha­ce mu­cho tiem­po no sé bien por qué pu­se es­to y aque­llo. Por otro la­do, eso de bus­car qué qui­so de­cir el au­tor, no lo com­par­to. El au­tor mu­chas ve­ces di­ce cosas sin que­rer­las de­cir o lo que quie­re de­cir no lo di­ce o los per­so­na­jes lo van lle­van­do, co­mo a mí me pa­sa. Yo no po­dría es­cri­bir nun­ca, por ejem­plo, co­mo lo ha­cía To­más de Mattos, que de­cía que has­ta no te­ner to­do el es­que­le­to com­ple­to de una no­ve­la, los per­so­na­jes, la tra­ma, to­do, no em­pe­za­ba a es­cri­bir. Yo soy lo con­tra­rio. Con ese mé­to­do no hu­bie­ra es­cri­to na­da. Yo par­to de una pun­ta y veo que pa­sa des­pués.

El hi­lo con­duc­tor del texto vie­ne da­do por los su­ce­si­vos na­ci­mien­tos. ¿Có­mo cree que cam­bió la ma­ter­ni­dad a lo lar­go del si­glo XX y co­mien­zos del XXI?

La ma­ter­ni­dad es un te­ma que, si bien ya he tra­ta­do en li­bros in­fan­ti­les y ju­ve­ni­les, ca­da vez me in­tere­sa más. Por­que la ma­ter­ni­dad en nues­tra so­cie­dad pa­só de ser una co­sa idea­li­za­da, aque­llo de que las ma­dres son sa­gra­das, a ser un pe­ca­do. Hoy veo que pa­ra los jóvenes, pe­ro tam­bién pa­ra mu­cha gen­te de mi edad, la ma­ter­ni­dad es al­go a com­ba­tir; se ha de­mo­ni­za­do. Si una chi­ca jo­ven que­da em­ba­ra­za­da se la se­ña­la con el de­do. En vez de ha­blar­le de lo po­si­ti­vo y fe­li­ci­tar­la, se le ha­bla so­lo de lo ne­ga­ti­vo. De quién se lo va a cui­dar, del pro­ble­ma de los es­tu­dios o el tra­ba­jo. La mi­ra­da es muy du­ra, so­bre to­do con las ma­dres jóvenes de po­cos re­cur­sos. Es co­mo si los po­bres no tu­vie­ran de­re­cho a te­ner hi­jos.

El pe­so del pa­triar­ca­do tam­bién es una cons­tan­te en la no­ve­la…. Su­ce­de que el pa­triar­ca­do aún per­sis­te. To­da­vía hay pa­dres que, que­rien­do mu­cho a sus hi­jas, son au­to­ri­ta­rios, co­mo pa­sa en la no­ve­la. Y es que has­ta no ha­ce mu­cho tiem­po, si no lo eran, eran mal vis­tos por el res­to de la so­cie­dad y tra­ta­dos de irres­pon­sa­bles por criar mal. El pa­dre de la no­ve­la, pa­ra sal­var a su hi­ja del es­tig­ma de es­tar em­ba­ra­za­da sin ma­ri­do, lle­ga a sa­cri­fi­car a su nie­to, lo que tam­bién nos lle­va al te­ma de la des­pro­tec­ción de la in­fan­cia. Por­que has­ta no ha­ce tan­tas dé­ca­das so­lo los adul­tos te­nían de­re­chos, los niños no. Y to­da­vía te­ne­mos re­sa­bios de eso. La ley de fe­mi­ci­dio, por ejem­plo, no es que yo es­té en desacuer­do, pe­ro me pa­re­ce que no es más gra­ve ma­tar a una mu­jer que a un ni­ño.

En­tre los li­bros, el tra­ba­jo co­mo maes­tra y sus hi­jas, le ha de­di­ca­do mu­cho tiem­po a la in­fan­cia. ¿Có­mo son los niños de aho­ra? En ge­ne­ral, creo que la in­fan­cia se achi­có. Ha­blo de la in­fan­cia de los Re­yes Ma­gos, de ju­gar con ju­gue­tes o a la pa­ya­na, eso se ter­mi­na ca­da vez an­tes o di­rec­ta­men­te no su­ce­de. Hoy la ado­les­cen­cia arran­ca a los 10 años. No es ca­sua­li­dad. Me sor­pren­de, por ejem­plo, que los pa­dres ha­gan fiestas de cum­plea­ños pa­ra niños de 8 años con re­gue­tón a to­do tra­po, que es una mú­si­ca pa­ra adul­tos des­de to­do pun­to de vis­ta. El mundo cam­bia cons­tan­te­men­te y ellos con él, lo que no siem­pre es bueno. Yo, por ejem­plo, es­toy tra­ba­jan­do pa­ra que no se eli­mi­ne el li­bro de pa­pel, por­que los niños no so­lo leen, sien­ten los li­bros. Los cla­si­fi­can, los or­de­nan, co­sa que no pa­sa con los tex­tos di­gi­ta­les. No di­go que la bi­blio­te­ca Cei­bal es­té mal, es­tá bue­ní­si­ma, pe­ro es­toy vien­do que se usa po­co. Creo que a los niños no los sa­tis­fa­ce. Es co­mo si en vez de ju­gar al fút­bol ju­ga­ran a la PlayS­ta­tion. O sea, no es lo mis­mo te­ner un oso de pe­lu­che pa­ra abra­zar al mo­men­to de dor­mir que abra­zar a una mas­co­ta vir­tual en una pan­ta­lla.

“La ma­ter­ni­dad en nues­tra so­cie­dad pa­só de ser una co­sa idea­li­za­da, aque­llo de que las ma­dres son sa­gra­das, a ser un pe­ca­do. Hoy veo que pa­ra los jóvenes, pe­ro tam­bién pa­ra mu­cha gen­te de mi edad, la ma­ter­ni­dad es al­go a com­ba­tir; se ha de­mo­ni­za­do”

La se­gun­da par­te del li­bro es­tá mar­ca­da por la dic­ta­du­ra. ¿Por qué in­clu­yó el te­ma?

Su­pon­go que ade­más de por un te­ma de cronología, que ha­cía que los per­so­na­jes tran­si­ta­ran por ese pe­río­do de la his­to­ria, la dic­ta­du­ra es­tá por­que yo ver­tí al pa­pel cosas que me pa­sa­ron y me mar­ca­ron. Yo hi­ce la ca­rre­ra de ma­gis­te­rio en dic­ta­du­ra con un pie en la nu­ca. Siem­pre ha­bía que ba­jar la ca­be­za y ha­cer lo que te de­cían. Re­cuer­do a una pro­fe­so­ra que me di­jo di­rec­ta­men­te, por­que yo pre­gun­ta­ba mu­cho en cla­se, “Hel­gue­ra, acá las es­tu­dian­tes que pre­gun­tan mu­cho pue­de ser que se re­ci­ban, pe­ro tra­ba­jar, es­toy se­gu­ra de que no”. El año pa­sa­do, sin em­bar­go, me ju­bi­lé de maes­tra des­pués de ejer­cer du­ran­te mu­chos años. •

C. DOS SAN­TOS

Newspapers in Spanish

Newspapers from Uruguay

© PressReader. All rights reserved.